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Edith Stein de filósofa judía a mártir cristiana - Cap XI Alegrías y preocupaciones

“La vida del hombre no es más que un camino hacia Dios”, había dicho Husserl, el antiguo maestro de Edith Stein, y así lo sentía ella mientras estaba en la capilla del Carmelo esperando la respuesta de las madres abadesas con las que se había entrevistado. Ella había sido muy precisa cuando les había dado sus motivos y la claridad que tenía sobre que en la clausura el alma está más libre para dirigirse a Dios y que era el Carmelo el lugar donde ella sentía ese llamado.


La vida de una santa


Regresó a Münster con el corazón lleno de esperanza y el 18 de junio regresó para una entrevista con Monseñor Lenne, vicario del monasterio, que le informó que tendría un mes para arreglar sus cosas y luego regresaría como huésped otro mes, se marcharía nuevamente para despedirse de todos y el 15 de agosto, día de la fiesta de Santa Teresa, ingresaría al Carmelo.

Edith pudo platicar ampliamente también con la priora sor Giuseppa, con quien se identificó plenamente y pudo recorrer la construcción que constaba de varios edificios muy antiguos con un pequeño jardín ubicado en los suburbios de Colonia, muy lejos del mundanal ruido de la ciudad.

Estando en el convento le fue anunciada la visita del Padre Walzer, que la bendijo y la felicitó. Fue como una especie de ceremonia donde Edith se despedía de su apostolado laico para mirar su nuevo camino como religiosa entregada totalmente a Dios.

Pero llegó el temido momento de regresar a casa para comunicar la noticia a su familia judía. Así que al llegar y ser recibida por su hermana Rosa, aquella con la que había compartido lo mejor de su infancia, al grado que las llamaban las gemelas, se sintió muy agradecida, pues sabía que, aunque no era en forma oficial, su hermana compartía ya con ella la misma fe. Así que le confesó que pronto sería monja y esperó su reacción, que fue de lo más natural, porque Rosa, en lo interno de su corazón, ya desde hacía mucho tiempo pensaba que la delicada alma de su hermana estaba hecha para esa vocación.

En la casa se respiraba una atmósfera muy pesada. Su anciana madre estaba muy preocupada por la suerte de la familia y de todos los judíos en general; además, su hermana Erna, que era doctora y casada, que había vivido un tiempo con ella, se acababa de trasladar a otra casa y su ausencia y la de los niños le había afectado.

Cuando Edith apareció en la puerta, el rostro triste de su mamá se iluminó, olvidando así por un momento la reciente partida de su otra hija, y pensó que al menos por un tiempo recuperaba a una hija. Edith le pidió a su mamá que le hablara de sus abuelos, de la historia de su familia, de los recuerdos de su juventud y de cuando ella era pequeña. La señora Stein estaba muy contenta, pero, pese a todo, había algo en lo interno de su corazón que le decía que todo cambiaría muy poco, Edith por su parte le pedía a Dios que pusiera en su boca las palabras correctas para evitarle hacer sufrir a su mamá con la noticia de su ingreso al Carmelo.

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