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Edith Stein de filósofa judía a mártir cristiana - Cap X Un cambio definitivo en el rumbo de su vida

Edith partió para Beuron para pasar la Semana Santa, pero en el camino, al pasar por Colonia, sintió el deseo de entrar a una capilla del Carmelo. Ahí, en el silencio, y después durante la misa, pidió mucho por su pueblo que pronto sería una de las víctimas del fanatismo hitleriano, y ella misma se ofreció a llevar la Cruz de Cristo por el camino del sacrificio, si era necesario.


La vida de una santa


Al día siguiente llegó a Beuron con enormes deseos de platicar con el padre Walzer sobre todos sus temores; y además, ella que siempre había estado en contra de la violencia, ahora la sentía más cercana que nunca.

Al reunirse con el padre, le dijo que sentía la necesidad de acudir con el Papa; el padre le explicó que en las circunstancias por las que estaba pasando Europa, era casi imposible ir a Roma a reunirse con el pontífice, por lo que se decidió a escribirle una carta. Algún tiempo después le llegó la contestación con una bendición del Papa para ella y su familia.

Cuando regresaba a Münster, leyó en los periódicos que había nuevas normas para la educación, que desde luego no eran nada favorables para las escuelas católicas; además, al llegar al colegio se enteró que las autoridades habían exigido a la escuela su renuncia por ser judía, y aprovechando que el padre Steffes que era el rector estaba de viaje en el extranjero.

Cuando llegó el Padre y se enteró de lo sucedido, se apresuró a expresar sus disculpas a Edith; ella le respondió con una sonrisa, entre dulce y triste, que no se preocupara por ella, pero que se preparara, porque seguramente él seguiría por el mismo camino; y así fue, cuando un año después los bárbaros nazis clausuraron la escuela por el simple hecho de ser católica.

Edith, sin embargo, recordando siempre que Jesús había perdonado a sus enemigos, no llenó su corazón de odio ni de resentimiento; al contrario, buscó refugiarse aún más en el amor de Jesús.

El 30 de abril de 1933, Edith estaba en misa y casi segura de que su vocación era hacerse religiosa. Recordaba los momentos que había pasado en la capilla del Carmelo en Colonia, y sobre todo, que su conversión se debía a que había leído el libro de la vida de Santa Teresa de Ávila, la gran reformadora de la Orden. De pronto, se sintió envuelta por un aroma de perfume que emanaba de unas flores en el altar.

Por otra parte, sus amigos y directores espirituales siempre le decían que su misión estaba en las universidades y en los círculos de intelectuales, donde hacía falta la presencia de filósofos católicos de su altura. Estando en esa lucha entre el sí y el no, vio cómo un rayo de luz se filtraba e iluminaba al Cristo que tenía enfrente, y sintió que era la aprobación que le daba Jesús para que lo siguiera dentro de la orden religiosa.

Para llegar a presentar su solicitud en la Orden del Carmelo, buscó a una amiga que tenía muchos contactos, le platicó sus planes y sus temores, debido a que, para ingresar a una orden a sus cuarenta y dos años, se consideraban demasiados y además no sabía cómo iban a tomar las monjas el hecho de que ella fuera una conversa judía. Así, llena de confianza en Dios, pero, como contraparte, de temores humanos, se presentó ante las madres Guiseppa del Sagrado Sacramento y Teresa Renata del Espíritu Santo.

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