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Edith Stein de filósofa judía a mártir cristiana - Cap VIII Aparece Santo Tomás de Aquino en su vida

La vida de Edith Stein había cambiado notablemente: aparentemente vivía una vida casi oscura, pero en su interior se intensificaba cada vez más su amor a Dios. Dedicaba mucho tiempo a la oración, pero también se lo daba para continuar estudiando. Así llegó a su vida Santo Tomás de Aquino, que había unido la razón y la fe, y se hizo una experta en su teología.


Vida de una santa


El padre jesuita Erich Przywara sabía de la gran capacidad de Edith, y de alguna manera se enteró de su interés por Santo Tomás de Aquino, así que la buscó y le propuso que tradujera algunas de las obras del santo al alemán; la profesora aceptó el reto, que además le resultó encantador, porque, entre más avanzaba en su trabajo, más le parecía que la filosofía y la religión eran enteramente compatibles, porque las dos buscaban encontrar la verdad.

En la ciudad de Beuron, en el Danubio, había un centro de espiritualidad muy importante que dirigía el padre  Raphael Walzer, muy conocido por su gran talento y conocimientos, de tal manera que era frecuentado por muchos intelectuales.

Edith llegó ahí para pasar una Semana Santa de 1928. Practicó un ayuno el viernes y profundizó sobre la Pasión del Señor para prepararse a festejar su Resurrección. Fue tan profundo lo que le inspiró esa semana y ese lugar, que varias veces regresó en las mismas fechas.

En octubre de 1928, Monseñor Pacelli, futuro Papa Pío XII, visitó la escuela donde Edith daba clases, y ella fue la encargada de recibirlo. Así tuvo la oportunidad de conocer a quien sería uno de los Papas más importante de la Iglesia.

La joven profesora seguía trabajando en las traducciones de Santo Tomás de Aquino, trabajo que tenía grandes dificultades y para lo que no tenía suficiente tiempo; y tomó una decisión inesperada: renunciar a la escuela de las religiosas. Todas lamentaron mucho esta noticia, pero Edith les dijo que Santo Tomás de Aquino era muy exigente y le reclamaba todo su tiempo. Así que regresó a su casa, y nunca se imaginó que extrañaría tanto el convento de las religiosas, y le costó trabajo adaptarse nuevamente a la vida familiar. Pero, al mismo tiempo, disponía de mucho mayor tiempo para la obra a la que se había comprometido.

Rosa, la hermana de Edith, se veía muy triste. Al fin le abrió el corazón a su hermana y le dijo que sufría porque ella también quería hacerse católica, pero temía la reacción de la familia y en especial de su madre. Pronto, la familia empezó a sospechar lo que pasaba y tomaron actitudes agresivas contra ambas hermanas. Sin embargo, Edith estaba cada vez más convencida que hacerse católica era lo más bello que le había sucedido.

La fama de la sabiduría de Edith llegaba ya a muchas ciudades y en varias de ellas el interés por conocerla crecía, así que empezó a recibir invitaciones para hablar de la vocación de la mujer cristiana y sobre Santo Tomás de Aquino. Edith hubiera preferido dedicarse exclusivamente a la oración y las traducciones de Santo Tomás, ya que no le gustaban los aplausos, pero vio en estas invitaciones una oportunidad de hacer un apostolado para reforzar la fe de muchos y atraer a otros tantos al camino de la Iglesia de Cristo, para que, como ella, pudieran disfrutar de la cercanía del Señor y acercarse a los Sacramentos, sobre todo a la Eucaristía, que es la máxima demostración de amor de Dios hacia nosotros que inmerecidamente lo recibimos, y participar del misterio de la Redención en la Santa Misa.

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