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Edith Stein de filósofa Judía a Mártir Cristiana - Cap VII Sufrimiento de una madre y realización de una hija

A veces la vida nos lleva a momentos difíciles de enfrentar y podemos causar dolor sin querer a nuestros seres más queridos, aun por situaciones que son fruto no de la maldad ni de la mala intención, sino, al contrario, de un enfoque que es bueno para nuestra vida. En este sentido, Edith sabía que la noticia de su conversión al catolicismo sería un golpe terrible para su madre que toda la vida la había educado en las tradiciones judías y que ni siquiera tenía la más leve sospecha de lo que Edith le iba a comunicar.


La vida de una santa


Después de tomada la decisión de que se bautizaría, Edith pensó que no había que dejar las cosas para después y que lo mejor sería ir de inmediato con su madre y comunicárselo; y en cuanto pudo se puso en marcha hacia la casa materna. Durante todo el trayecto, Edith se estuvo imaginando cuál sería la actitud de su madre, esperando que reaccionara con ira y violencia y tratara de disuadirla; deben haber sido días de terrible angustia para la muchacha que adoraba a su madre y sabía que ella la adoraba también.

Se produjo al fin el encuentro. Edith a la primera oportunidad se arrodilló frente a ella y con determinación le dijo que se había hecho católica; la miró a los ojos y sucedió tal vez lo que menos había esperado: no hubo una sola palabra de reproche ni de reflexión, simplemente un torrente de lágrimas incontenible llenó el rostro de la madre y en seguida también el de la hija que por ningún motivo hubiese querido causarle una pena tan grande. Pero el amor a Jesús era mayor que ese sentimiento, y por eso Edith ni siquiera dudó de que la decisión que acababa de tomar era la que la conduciría a la meta que había buscado toda su vida: Conocer la verdad.

Edith pasó los siguientes días con su mamá, respetó todas las tradiciones de su casa como si no hubiera pasado nada, aunque en la relación con su mamá se produjo un cierto distanciamiento que ya nunca se pudo acortar.

El primero de enero de 1922 la filósofa de treinta años de edad parecía una niña que corría feliz para llegar a la iglesia a recibir el bautismo y también su primera comunión. Edith quiso añadir a su nombre los de Teresa en honor a la santa que la había conducido al encuentro con Jesús y el de Hedwig, su amiga que además fue su madrina. Durante la ceremonia Edith se veía radiante de felicidad. Si el bautismo fue para ella maravilloso, la comunión la llenaría del tal gozo, que desde ese día la recibiría todos los días.

Edith no dejó de sentirse nunca orgullosa de su origen por la razón de que Jesús fue también judío. Así que ella estaba feliz de pertenecer al mismo pueblo al que perteneció el Salvador y haber podido descubrir que en Jesús se cumplían todas las promesas que Dios había hecho a su pueblo.

Edith tenía una gran ansia de entregar su vida a Dios, además era una alma de profunda oración y trataba de encontrar cómo combinar su idea de compartir todos sus conocimientos y al mismo tiempo tener el lugar y el tiempo para dedicarse lo más posible al Señor. Esto se solucionó de la mejor manera cuando el padre Schwin la contactó con las hermanas dominicas de Espira, en cuyo monasterio se dedicó durante ocho años a ser profesora de la lengua y literatura alemana.

Fue una gran maestra, sencilla y humilde. Pese a su grandes conocimientos estaba siempre atenta y era muy paciente con sus alumnas y las animaba constantemente; escuchaba sus opiniones y las ayudaba a desarrollarse como personas. La mayor parte de su tiempo libre la dedicaba a la oración y cada vez su corazón se inflamaba más del amor a Jesús, que después trataba de compartir y de transmitir con todos los que la rodeaban.

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