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Edith Stein: De filósofa judía a mártir cristiana - Cap II Formación escolar y religiosa

Desde pequeña, Edith demostraba su gran carácter y defendía sus ideas; con frecuencia decía que ella quería ser profesora cuando fuera mayor. Pese a esto, ella era bastante obediente y se dominaba cuando algo la molestaba; de mayor decía que tal vez esto se debía a que le parecía ridículo ver las reacciones de las personas que se encolerizaban y reaccionaban con violencia, y después se veían obligadas casi siempre a pedir perdón, lo que le parecía humillante.


Las enseñanzas de una santa


Para ser tan pequeña, era muy responsable; nunca salía a jugar si antes no había cumplido sus tareas, las cuales hacía con mucha dedicación. Al final del año casi siempre era el primer lugar, y así se le mencionaba siempre a la hora de integrar los premios académicos, cosa que a ella nunca le gustó, ya que no estudiaba por competir con nadie, sino por el gusto de aprender.

Su familia era judía ortodoxa, y su mamá era muy practicante y hasta cierto punto intransigente en todo lo referente a la fe, así que una de sus mayores preocupaciones era transmitir esa fe a sus hijos. En su casa se asistía en forma regular a la sinagoga y se respetaban todas las fiestas religiosas, pero además la mamá era una persona muy generosa y ayudaba a todos los pobres que podía. Pese a sus esfuerzos –como suele suceder– no todos sus hijos siguieron este espíritu religioso.

Su cumpleaños era el 12 de octubre, en el que celebraban una fiesta llamada el día de la Expiación y se encendían dos velas blancas para recordar a los difuntos y algunos ayunaban, cosa que Edith hacía sin mucho esfuerzo.

Llegó la adolescencia y Edith, como todas las jóvenes de esa etapa, sentía dudas sobre el futuro y sobre su misma vida; y entonces sucedió algo que dejó estupefactos a todos: Edith decidió abandonar la escuela, y aunque su mamá sufrió mucho, no le dijo nada, ya que la salud de la joven era un tanto frágil.

La hermana mayor de Edith le llevaba quince años y vivía en Hamburgo, su esposo era dermatólogo y estaba esperando su segundo hijo y se sentía muy nostálgica por estar lejos de la familia. Entonces, Edith se decidió a ir a ayudar a su hermana; pasó varios meses con ella, lo que les sirvió a ambas hermanas; ella se reencontró y se sintió nuevamente segura de sí, por lo que decidió regresar a la casa materna.

Su mamá estaba a la expectativa de lo que sucedería con su hija menor, y cuando Edith le comunicó que quería regresar al bachillerato para luego asistir a la universidad, sintió un enorme gozo. Retomó los estudios con gran concentración y, dada su extraordinaria inteligencia, se dedicó a recuperar el tiempo perdido y al llegar la graduación nuevamente recibió grandes reconocimientos.

Por otro lado, los negocios de la familia –muy bien dirigidos por su mamá– estaban dando frutos, lo que les permitió adquirir una muy bonita casa de piedra en el centro de la ciudad junto a la Iglesia de San Miguel. Así, toda la familia se sentía más contenta y este sentimiento también estaba en el corazón de Edith. La noche de la adolescencia había pasado y ahora había que mirar al futuro.

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