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Los exiliados de Dios - Cap XLIX Recuerdo de un protagonista

Tomaremos algunas de las narraciones y frases del padre Alegre, según él recuerda, sobre los amargos momentos de esta expulsión tan salvaje y arbitraria que tanto dañaría a la Nueva España y cuyas consecuencias negativas llegarían hasta el México independiente.


Último capítulo de la Compañía de Jesús


Los jesuitas caminaban de cuatro en cuatro, rezando el itinerario, el rosario y otras letanías de Nuestra Señora, en voz baja; la gente que los rodeaba los llamaba: justos, santos, sabios, benditos de la fe, se hincaban pidiendo su bendición y encomendándose a sus oraciones. Todos lloraban, incluyendo algunos de los soldados.

Fueron tan grandes las manifestaciones de dolor, que podemos conjeturar que así serían en las otras ciudades. De todos los sujetos, sólo quedaron en la Profesa el padre Ignacio Calderón, por enfermo y muy anciano, y el hermano Pedro Arenas, que a los pocos días murió.

Pocos sufrieron tanto como los padres de Puebla, conducidos por el capitán don Francisco de Echegaray. El domingo 28 no permitió que dijesen ni oyesen Misa. Al día siguiente, festejo de San Pedro y San Pablo, solicitó un clérigo seglar que la dijese. Condujo a los jesuitas al cementerio de la Iglesia, donde cercados por la tropa, tuvieron que esperar hasta que salió el sacerdote. Entonces les permitió entrar con los centinelas, con gravísimo escándalo de todo el pueblo, atónito de ver la serenidad y mansedumbre de los padres, y la dignidad y el orgullo con la que eran tratados por un triste oficial tantos hombres venerables por sus canas, por su doctrina, por su virtud.

En el camino no permitía que un coche se apartase de otro, en las posadas ponía un guardia para cada dos padres, en el camino a Jalapa por descompostura de uno de los coches hizo detener a todos en medio de la lluvia, aun a los padres que iban a caballo, y en los poblados les prohibían comunicación con toda persona.

Por los malos tratos, desde el día 7 de agosto comenzaron a morir uno a uno hasta que murieron 35.

En Veracruz fueron embarcados entre malhechores rumbo a La Habana y entregados a los mismos custodios; sin embargo, la navegación fue bastante aceptable.

En La Habana fueron tratados en forma por demás humillante y murieron otros ocho. Sometidos a interrogatorios y registros bochornosos, ofrecieron todos sus sufrimientos al Señor, aunque el obispo y personas distinguidas de la ciudad trataron de ayudarlos en lo más posible.

Al llegar a España, al menos el Rey ordenó que se les diera ropa y algunas cosas que necesitaren, orden que se cumplió a medias, pues muchos de los encargados se quedaban con la ropa. Sin embargo, también dio la orden de que salieran de todos los territorios de España bajo la amenaza de pena de muerte o prisión perpetua.

Después de un peregrinaje exhaustivo y de continuas expulsiones, los exiliados de Dios llegaron por fin a Bolonia, donde pudieron radicar.

Los enemigos de la Iglesia gozaron enormemente con todas estas desgracias; y así parecía terminar el sueño de San Ignacio de una orden al servido de la Iglesia y de la evangelización; pero los planes de Dios eran diferentes, y hoy la compañía de Jesús se encuentra extendida por todo el mundo y uno de su miembros es el actual sucesor de San Pedro y padre de más de 1,100 millones de católicos de todo el mundo.

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