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20 de Noviembre: El otro festejo

La Revolución Mexicana –que fue un movimiento que se nos presenta como la acción de todo un pueblo unido contra la injusticia– ha fracasado: la inseguridad, la pobreza y la violencia que vivimos hoy en día nos lo demuestran.


Recordando a un gran Beato como es Anacleto González Flores


Mientras los medios oficiales festejan este acontecimiento, la Iglesia en México dedica este día a Anacleto González Flores –conocido en su época como “El Maestro” – y sus compañeros mártires, por lo que comparto esta semblanza de un personaje extraordinariamente interesante, por su pensamiento que contiene ideas de una actualidad sorprendente, y su acción en todos los campos sociales, como un gran ejemplo para todos los mexicanos y en especial para los laicos cristianos.

El 13 de julio de 1888 nació Anacleto González Flores, en Tepatitlán, Jalisco, en una muy pobre casa donde se tejían rebozos para apenas ir subsistiendo, por lo que estudió en la escuela oficial y por ello pensaba que “Dios está aparte”.

De gran temple, pronto se convirtió en el líder de los jóvenes de su barrio, con un sentido (desde muy pequeño) de que las causas justas hay que defenderlas. Así que estuvo siempre dispuesto a vengar las ofensas que se hacían sobre los más débiles, pues el miedo nunca fue uno de sus defectos.

Así, sin un destino muy claro, descubrió también que entre sus talentos estaba el ser un orador con mucha facilidad de palabra, pero sin mucho qué decir, por su falta de formación.

También disfrutaba de la música, tocando una guitarra para llevar románticas serenatas a las muchachas bonitas del pueblo y a todos encantaba su buen humor.

Sucedió, sin embargo, que providencialmente apareció por el pueblo un sacerdote que impartió una misión y Anacleto escuchó con verdadera pasión cómo Jesús ofreció su vida por todos. Desde entonces, empezó una gran transformación interior que lo acercó a la Iglesia, a conocer más a Jesús y a pensar que la vida nos había sido dada para algo más que para llenar el estómago y divertirnos.

Notando el cambio, fue ayudado a irse al Seminario de San Juan de los Lagos para estudiar, y ahí se destapó el brillante estudiante que pronto empezó a destacar en las diferentes materias, robando horas al sueño para devorar todos los libros disponibles sobre todos los temas, incluyendo la historia, la filosofía, la literatura y las nuevas corrientes de pensamiento de su época.

Inclusive, se le empezó a pedir que sustituyera a maestros cuando alguno faltaba. Y así, primero en broma, pero después en serio, empezó a ser apodado por sus mismos compañeros como “El maestro”, título con el que sería conocido hasta el fin de su vida.

Le ofrecieron la gran oportunidad de ir a Roma para seguir sus estudios, pero consciente de que su vocación no sería la religiosa, no aceptó, porque en su corazón había nacido una segunda pasión: México, que se reflejaría principalmente en ese deseo de ayudar a los más pobres y necesitados.

Tuvo la oportunidad de ir a la capital ante el presidente Madero, acompañando a un compañero a exponer una extraña teoría que decía haber descubierto del movimiento continuo. Así se le presentó la ocasión de conocer personalmente al personaje que encarnaba los ideales de la democracia; y si bien la dicha teoría científica fracasó, este viaje le significó buscar nuevos horizontes, y encontró algo que sería para él una pasión que ya no abandonaría nunca: el interés por las cuestiones sociales.

Él había sufrido en carne propia las grandes injusticias y la miseria en las que vivía la mayor parte de la población, y le pareció que las nuevas corrientes socialistas no eran la solución, sino, al contrario, eran un mal, pues el socialismo no sólo no resolvería la situación social, sino que, además, a los obreros los llevaría a perder la libertad; y a aquellos que se afiliaran a sindicatos comunistas y socialistas –que eran antirreligiosos– y les haría perder el sentido de la vida. Aunque Anacleto González Flores consideraba una necesidad la existencia de los mismos, pero fuera del ámbito izquierdista.

Por todo lo anterior, decidió estudiar leyes para ponerse al servicio de los más necesitados, demostrando que el verdadero sentido del cristianismo es conexión inmediata con la realidad, lo que le significó buscar nuevos horizontes. Se interesó en todos los aspectos de la vida social: la política, la enseñanza, la comunicación masiva (en ese entonces representada por la prensa y los libros) y por la educación y la formación de la juventud.

El pensamiento luminoso y casi desconocido de Anacleto González Flores, de cuya beatificación en el estadio Jalisco se cumplen el 20 de noviembre de 2014 nueve años, me ha hecho reflexionar en que necesitamos “un viraje de ruta” que nos englobe a todos, pero no sólo con un enfoque exterior, sino desde lo más profundo de la conciencia.

Empecemos hablando de la libertad, tan supuestamente buscada por el movimiento revolucionario, y hoy confundida con el libertinaje en todos los órdenes –personal y social–, con las siguientes citas del Lic. González Flores:

“La libertad considerada como poder psicológico, como fuerza efectiva, como libre albedrío, es intangible, no puede padecer ni caer jamás; pero considerada como cristalización de la justicia y del derecho en nosotros mismos y en las relaciones sociales y políticas, es casi siempre obra de la prueba… la prueba y la libertad tienen estrechísima relación, de tal manera que rendirse ante la prueba es caer en la esclavitud; crecer, agigantarse, erguirse serenamente ante ella, pasar sobre ella elevando el estandarte de la victoria es ser libre de hecho, libre de verdad y no de nombre solamente”.

Anacleto González Flores no pensará nunca que la sociedad se puede transformar, si el hombre no se transforma primero, desde su interior, con verdadero compromiso y autenticidad; por eso, continuará diciendo: “Quien no ha sabido triunfar de sí mismo ni de sus pasiones y ha dejado que sobre su espíritu se extienda el imperio de la carne y de la sangre con todas sus efervescencias y sus estragos, no puede ser más que esclavo, o tirano; no se da el medio… Los pueblos y los hombres tienen, pues, que comprar y conservar la libertad a un precio muy subido, exorbitante si se quiere, pero inexorable: la virtud, la inmolación constante, implacable, de los malos deseos en aras de la verdad convertida en norma moral para la actividad individual y colectiva, y la lucha franca y abierta consigo mismos”.

¡Qué visión tan contrastante con lo que vemos día a día que impulsan los medios de comunicación acerca del individualismo personal basado en el egoísmo, el culto al dinero y la falta de control de todos los impulsos, que lanzan a la juventud –entre otras cosas– a un libertinaje sexual que acaba destruyéndola psicológicamente, mermando su capacidad de entrega y compromiso, lo que disminuirá sus posibilidades de hacer aportaciones positivas a la sociedad!

Pero sigamos escuchando al maestro: “Conquistemos, pues, la libertad, pero no nos engañemos acerca de los medios de que hemos de servirnos… Y es que el amor a la libertad se halla en relación directa del amor a la virtud, que es lo único que eleva y dignifica. Es que, quien sabe ser virtuoso de hecho y no en apariencia, sabe sacrificarse, y sólo puede ser libre el que afronta el sacrificio serenamente y sin titubear”.

El concepto de que la Libertad esté en relación directa con la virtud, escandalizaría a más de uno, porque significa para algunos un reconocimiento a las verdades trascendentales que en nuestra cultura ha dejado el cristianismo, y compromiso personal. Pero, por lo tanto, seguramente esta forma de pensar y actuar nos daría por efecto hombres y mujeres que buscan realmente –con lealtad y verdad– el beneficio de todos.

Pero, para esto, necesitaríamos empezar por cambiar el enfoque de nuestro sistema educativo, donde, desde kínder hasta profesional, la educación debería dar importancia primordial a la transmisión de valores personales, sociales y cívicos, que no están en contra del verdadero progreso, sino que, al contrario, lo favorecen.

Anacleto González Flores desarrolló su acción social en medio de la más severa persecución religiosa que ha padecido México, de la que casi ya nadie se acuerda, o no quiere acordarse, Sin embargo, su lucha no se concentra tan sólo en la resolución del problema puntual, sino que siempre ve como necesario un cambio en las personas; siempre plantea un sentido universal en su convocatoria, y cuando todos esperan un discurso eminentemente religioso, sorprende diciendo: “ Voy a hablar del ideal más noble y más santo entre todos los que existen, a saber: la civilización”, y más adelante confirma: “Civilizar es influir poderosa y fuertemente en el género humano para que se desarrolle armoniosa y convenientemente”; y cierra sus ideas con un concepto verdaderamente profundo: “Alentada y sostenida por el amor a Dios, a la justicia y a la libertad, buscará, a lo largo de su peregrinación dolorosa y difícil, un sistema que conozca las verdaderas aspiraciones de los pueblos, que conozca profundamente la estructura de las sociedades, que esté en posesión del verdadero concepto de la igualdad”.

Anacleto mira a la humanidad entera, formando parte de un plan integral de Dios que busca para todos una superación que se refleje en hechos de una vida mejor en todos los sentidos. “Si luego fijamos la mirada en los tiempos del cristianismo intenso y fuerte, hallaremos magníficamente realizada la obra de la libertad sin ruido, sin sangre, sin revoluciones, sin ninguna de las enormes y profundas agitaciones provocadas en los últimos tres siglos, sin otro resultado que la creación de las más detestables tiranías”.

Pero Anacleto González Flores no quiere una masa que sea conducida sólo con fines de partido o electorales, como lo ha sido hasta ahora fomentada por los políticos, los líderes sindicales, y ahora los medios de comunicación, sin más conocimientos que los que se manejan a nivel popular.

Él dice que: “La ignorancia hace imposible la libertad; el criterio es una condición indispensable para que los pueblos sean libres”. Y por eso pide “un estudio concienzudo y profundo de nuestros problemas” y ordenar nuestras ideas. “De este modo se van acumulando en el espíritu las ideas históricas, religiosas, sociológicas y filosóficas, que pueden hacernos gozar, hasta donde sea posible, de la independencia intelectual que nos concede el orden y que es necesario para el desarrollo armónico de las energías individuales y las de las colectividades”.

Y resalta que “la época en la que vivimos reviste (recordemos que escribe entre 1919 y 1926, pero parece que es hoy), como nota que la caracteriza, una tendencia grandemente marcada a acabar con el desequilibrio social, sobre todo en lo que ve al orden económico, y son muchas las teorías formuladas para procurar el mejoramiento material de los débiles, de los pobres, de los trabajadores, que siempre y en todas partes han formado el mayor número”. Pero recomienda que, antes que todo “los gobiernos ante todo necesitan prevenir y echar en las regiones del pensamiento y de las costumbres los cimientos sólidos del orden y de la paz”, que es todo lo contrario de lo que actualmente se hace.

Concluyamos este artículo con palabras del mismo Anacleto:

“No creemos haber hecho una exposición magistral ni haber señalado de un modo infalible y genial la solución de  la cuestión que nos ocupa, pues más bien hemos querido llamar fuertemente la atención hacia el aspecto social de nuestras dolencias, para que, convencidos todos nuestros compatriotas de que nuestro mal radica en el fondo y no en la superficie, consagren todas sus energías a tener una visión clara del desequilibrio que nos trabaja, a adquirir los conocimientos necesarios para orientar a las masas, a difundir, a infiltrar en el ambiente en que vivimos las ideas que lentamente penetrarán los espíritus, se convertirán en aspiración, en deseo, en anhelo, en esperanza y preparación de todas las fuerzas de la colectividad para la cristalización soberbiamente magnífica y esplendorosa de la Sociología Cristiana en la organización de todas las clases sociales”.

Teniendo en mente, como siempre, que el cristianismo es una doctrina de lucha y de triunfo, y con el impulso de las ideas del padre Bergoënd, fundador de la ACJM, transformó el Comité de Defensa Religiosa en la “Unión Popular”, organismo que se convirtió en el centro de vida de una gran parte de la sociedad de Jalisco y otros estados, que sintió por primera vez que podía ser un factor decisivo de cambio sin tener que recurrir a las armas, sin necesitar ser conducida por algún caudillo, de ésos que una vez terminada la contienda dejan el estado de cosas igual o peor que antes de iniciar la lucha, siendo ellos y sus allegados los únicos beneficiarios del sacrificio de los demás.

“Cualquiera podía ingresar a la UP, que no ponía otra condición que la de estar ‘dispuestos a escucharnos’. En la cima había un directorio de cinco miembros. El estado y las localidades se hallaban divididos en sectores y organizados en manzanas, zonas y parroquias, cada una dirigida por un jefe en estrecho contacto con sus subordinados y su superior inmediato. No había ceremonias, ni solemnidad, ni protocolo. Tampoco había administración (de aquí la falta de archivos del historiador); el contacto personal y la transmisión oral de miembro a miembro reemplazan a la burocracia. Una hoja suelta, Gladium, tiraba más de 100,000 ejemplares a fines de 1925, y de mano en mano llegaba al rincón más apartado del estado. Agustín Yañez, el futuro Secretario de Educación y autor famoso, fue uno de sus artífices”.

La clave del éxito se fundaba en la toma de conciencia de la propia responsabilidad y de las consecuencias positivas y negativas de los propios actos, tanto en los que ejercían la autoridad como en las que la obedecían, para así evitar en lo posible que fuera la ambición personal la que moviera las voluntades, sino más bien el saber que se cumplía con una misión superior, estando el jefe sujeto a la ley del honor.

Anacleto, por el contrario, claramente les decía a los señores revolucionarios: ustedes han venido a robar en nuestra propia casa y nosotros sólo la estamos defendiendo. Este fue en verdad el sentido profundo de aquel milagroso movimiento, sólo hizo comprender al pueblo que sus valores eran los característicos de la nación y que organizados eran capaces de vencer a la tiranía, porque la revolución sólo había cambiado a los amos, pero la condición del pueblo era la misma, sólo que ahora no se le concedía ni siquiera la libertad de expresar sus creencias. Se lanzó una triple cruzada basada en la idea de que el problema de fondo de México era un problema de cultura: catecismo, escuela y prensa, formar un ejército, no de acero, sino de papel, porque Anacleto pensaba que la prensa siempre ha podido matar y enterrar tiranos. Así, “Gladium”, el pequeño gigante de la comunicación, era una espada, no de acero, sino de ideas. Se multiplicó en forma milagrosa y en sólo año y medio ya tiraba 150 mil ejemplares. Toda su pasión y todos sus ideales se vertían ahí para despertar a los hombres, para que dejaran de ser esclavos, como un viento refrescante soplaba sobre las conciencias y las llenaba de oxígeno y vida, no se podía permanecer indiferente ante el clamor del alma del maestro. Hablaba en todos los tonos, desde los más elevados, hasta los cuentos más sencillos que pudieran llevar su mensaje a todos.

Anacleto no concebía el cristianismo sin una verdadera acción social, y llega a decir inclusive una frase impactante, aun para algunos que se consideran de avanzada: “Si no se quiere llegar por los humildes, por los desheredados, por los que padecen olvido inmenso, hasta beber la hiel del sacrificio interior, de seguro habrá que pensar que la redención nunca pasará de ser un ideal brillante, una bella esperanza”.

El Maestro trató desesperadamente de que no se llegara a una lucha armada, pero el pueblo, impaciente ante los atropellos del gobierno, se lanzó a los campos y a las montañas a defender su libertad; y entones se vio precisado a apoyar al pueblo, aunque él nunca tomó una arma y aun así fue acusado injustamente y asesinado después de ser torturado en una farsa de juicio exprés, pero no sin antes perdonar a sus verdugos, y animó a sus compañeros que lo acompañaron al martirio, que lo aceptaron con el mismo valor que su maestro.

Por eso es que se nos hace fácil entender porqué, en la misa de beatificación, en un Estadio Jalisco pletórico y emocionado, el prefecto de la Congregación de los Santos, el Cardenal José Saraiva Martins, dijo de él lo siguiente:

“La lista de los beatos está encabezada por Anacleto González Flores que derramó su sangre junto con los hermanos Jorge y Ramón Vargas González, al igual que con Luis Padilla Gómez en esta ciudad… Entregaba su vida al Creador, después de una vida de intensa piedad y un fecundo y audaz apostolado. Durante su vida, después de recibir una sólida formación humana y cristiana, se dedicó a luchar por los derechos de los más desprotegidos. Conocedor fiel de la Doctrina Social de la Iglesia, buscó, a la luz del Evangelio, defender los derechos elementales de los cristianos en una época de persecución”.

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