Últimas noticias:

¡Hosanna, bendito el que viene en nombre del Señor!. De gritos y silencios de cristianos

Pocas son las veces, creo yo, que al escuchar la proclamación litúrgica del evangelio, o al leerlo en privado, nos hacemos una imagen mental de la escena descrita en el texto sagrado. Tendemos más bien a permanecer en el nivel conceptual del mensaje que se nos transmite. Será porque es difícil imaginar detalles topográficos o costumbristas de la realidad que rodeaba físicamente al Jesús histórico.


Litúrgia del evangelio


"¿De qué tamaño era el gentío que recibió a Jesús a su entrada a Jerusalén?", por ejemplo, es una pregunta que probablemente aparezca en nuestra cabeza el próximo Domingo de Ramos. San Juan menciona una "numerosa muchedumbre". Mateo describe: "La gente, muy numerosa". Para nuestros estándares modernos, una muchedumbre "numerosa" podría ser, quizás, una de las que asisten a los eventos en los que está presente el Papa. Pero tal estimación no correspondería evidentemente a las cifras poblacionales de aquel tiempo. La cifra probable, entonces, queda como tarea de arqueólogos y otros especialistas del ramo. Lo que es innegable es que las personas que cortaron ramas y tendieron sus mantos en el camino para recibir a Maestro de Nazareth sumaron un número bastante considerable. No hay que olvidar que ese día estaba por dar comienzo la fiesta de los ázimos, que tradicionalmente atraía hacia Jerusalén a muchos judíos de la provincia. Fue precisamente en una de estas visitas pascuales de la Sagrada Familia a Jerusalén que el Jesús adolescente se les perdió a sus padres en el Templo. Además, sus milagros y palabras lo habían convertido en una atracción mayúscula para un pueblo pobre y dominado por reyezuelos y ejércitos extranjeros como era el pueblo judío en esa época. El acontecimiento de la multiplicación de panes y peces así lo testimonia. A eso le agregamos el interés que había suscitado la resurrección de Lázaro, a partir de la cual, dice Juan, muchos judíos andaban detrás de Jesús con objeto de echarle mano. Estos enemigos de Jesús, con seguridad, andaban por ahí entre la muchedumbre a la caza de cualquier palabra o gesto que les diese motivo para prenderlo. Como si eso no bastara, el plan de las autoridades judías para eliminar al Rabi galileo ya ni siquiera era secreto, de modo que no faltó tampoco quien se uniera a la muchedumbre por puro morbo.

Pero es precisamente este dato sobre el tamaño del gentío que a gritos recibió a Jesús reconociéndolo como el que llegaba en nombre del Señor -el Adonai, Dios- lo que desconcierta al lector del evangelio. Ser el enviado del Señor significa o ser uno de los profetas, o ser el Mesías, y parece que es esta última interpretación la que privaba en la muchedumbre en aquellos instantes. La acusación presentada por las autoridades hebreas consistía precisamente en que Jesús se proclamaba a sí mismo como el Cristo, el Mesías. Tal parece haber sido el rumor más extendido entre la muchedumbre acerca de Jesús. Una gran parte de ese gentío parece haber reconocido en Él al Mesías esperado. Mas unos cuantos días después, cuando Jesús es arrestado y condenado a muerte, nadie de entre esa misma numerosa muchedumbre se atrevió a alzar la voz para refutar la acusación presentada por los sacerdotes; para defender al Mesías. Al contrario, los que hablaron lo hicieron para pedir su crucifixión.

"¡Cobardes! ¡Miedosos!", son algunas de las palabras que le hubiera gritado yo a esa muchedumbre -me digo para mis adentros al releer esos versículos-. Pero ¿de verdad les hubiera yo gritado? ¿Hubiera levantado la voz para defender a Jesús? ¿No hubiera yo también mantenido mi boca cerrada, por miedo o por vergüenza? Cuando echo la vista atrás hacia mi pasado lo que veo no son muchos actos de valentía, plantándole cara a quienes golpeaban a Jesús con la injusticia, con la mentira y la corrupción, con burlas a la Iglesia; enfrentando a quienes lo sentenciaban a muerte en los abortorios y en los millones de hogares con hambre. Más bien el silencio es mi norma en esas circunstancias. Pero es que así le hace todo mundo, me digo para paliar el dolor de mi conciencia, como se han de haber dicho a sí mismos algunos a los que sí les dolía ver al Mesías convertido en criminal en aquel día fatídico. Y sí, estoy seguro que somos muchos los que hemos optado por callar. México no estaría como está -por si me piden pruebas de lo que digo- si los ochenta-y-pico por ciento de mexicanos católicos, esa enorme, numerosísima muchedumbre, los que aclamamos al Papa cuando viene, no hubiéramos guardado silencio durante años.

¿Qué hizo que los hosannas se convirtieran en gritos de muerte? ¿Qué hizo que los que reconocían en Jesús al Mesías se callaran ante el tribunal romano y las mentiras de los sumos sacerdotes? ¿Qué nos calla a nosotros los católicos? ¿Simple miedo? ¿Falta de fe en que el Cristo nos protegerá de cualquier peligro?

Semana Santa. Un buen momento para pensar en eso.

 

@yoinfluyo

redaccion@yoinfluyo.com

 

* Las opiniones expresadas en esta columna son de exclusiva responsabilidad del autor y no constituyen de manera alguna la posición oficial de yoinfluyo.com

Síguenos en nuestras redes sociales

Yoinfluyo Yoinfluyo Yoinfluyo Yoinfluyo