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A la muerte de Stephen Hawking, un par de reflexiones a la muerte de un científico que no pudo encontrar a Dios

Apenas hace unos días reflexionaba yo en este blog acerca de la tragedia que estaba encerrada en las últimas palabras que pronunció el Stephen Hawking de la biografía cinematográfica -"La teoría del todo"- del famoso astrofísico británico. "Mientras hay vida hay esperanza" pronunció en dicha cinta el científico para responder a una pregunta sobre lo que lo movía a investigar sobre el sentido del cosmos cuando él negaba la existencia de Dios. La esperanza de alcanzar a ver un mundo mejor, uno en el que quizás se llegase incluso a curar la enfermedad que lo atenazó durante gran parte de su vida, y a garantizarle más años de trabajo fructífero, parecía ser lo que lo mantenía investigando a pesar de sus enormes limitaciones corporales. Era, a todas luces, una esperanza hueca, vacía, y trágica porque a su muerte todo su trabajo dejaría de tener sentido para él. Si Dios no existe, luego de la muerte sólo queda el lodo de la tumba.


Muere Stephen Hawking


Stephen Hawking murió el martes 13 de marzo de 2018.

No hay manera de saber, desde nuestra dimensión espacio-temporal, si a su muerte el célebre científico corroboró su negación de Dios, desapareciendo en la nada, o si el Dios al que siempre negó -misericordioso Padre al fin y al cabo- le abrió los brazos para acogerlo junto a sí, en tierna refutación de su ateísmo.

Hawking, por su parte, dedicó una buena parte de su trabajo a negar la existencia de Dios, y si bien eso no lo convirtió necesariamente en un enemigo de Dios o en un pecador, probablemente sí apagó en él cualquier deseo de encontrar a ese ser a quien con tanta enjundia negaba, terminando por ubicar su esperanza exclusivamente en los logros científicos que pudiera acumular en los años que le quedaban de vida. Dios, sin embargo, omnisciente e infinitamente misericordioso como es, de seguro que siempre estuvo al tanto de los esfuerzos del físico inglés por desentrañar los secretos del cosmos y del tiempo, cuya clave sólo Él tiene, y cuando lo consideró oportuno lo llamó a su lado. ¿Qué mejor punto de observación del universo, para un científico de la talla de Stephen Hawking, que el trono de Dios, a cuyo lado afirma la Biblia que se sienta la sabiduría?

Ha muerto un inigualable hombre de ciencia, cuyo trabajo ha arrojado luz sobre muchos recovecos, antes oscuros, del mundo en que vivimos. Su perseverancia y fidelidad a su vocación científica, pasando por encima de la severidad de su enfermedad y de las consecuencias de la misma, es un ejemplo poderoso para esta generación caracterizada por su pavor hacia el dolor y el sacrificio. Es con una mezcla de agradecimiento y tristeza que el mundo contempla hoy su cátedra vacía.

Pidamos a Dios, que conoce los corazones, que le colme en el cielo a Stephen Hawking la esperanza que este creyó que únicamente se podría colmar aquí en la Tierra.

 

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* Las opiniones expresadas en esta columna son de exclusiva responsabilidad del autor y no constituyen de manera alguna la posición oficial de yoinfluyo.com

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