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AMLO, Rey de Felicidonia

El 20 de noviembre, plenamente poseso por el espíritu de la Revolución Mexicana, Andrés Manuel López Obrador anunció los Lineamientos Básicos del Proyecto Alternativo de Nación 2018-2024, incluyendo las fantasías de costumbre, como regalar dinero a manos llenas, acabar con los problemas o cancelar el nuevo aeropuerto.



Sin embargo, eso no es lo peor. De hecho, lo más grave del planteamiento lopezobradorista no está en los 50 puntos que propone, sino en el objetivo que los orienta. Dice AMLO que con su proyecto no sólo se logrará el bienestar material como deliran normalmente los programas partidistas, sino que alcanzará el bienestar del alma para la felicidad de todos.

Por supuesto, cuando hablamos de felicidad institucionalizada, lo primero que nos viene a la mente es el trágicamente famoso Viceministerio para la Suprema Felicidad Social del Pueblo, que creó el presidente de Venezuela, Nicolás Maduro, para "atender lo más sublime, lo más sensible, lo más delicado, lo más amado para un ser que se dice revolucionario, que se asume como cristiano, revolucionario y chavista". Esas ocurrencias y otras más, han llevado a Venezuela a ser el país con más homicidios a nivel mundial, a enfrentar los niveles de inflación más altos de su historia (que alcanzarán un 700% durante el 2017), a sumirse en un estado de escasez permanente y a colapsar en una monstruosa recesión económica.

Sin embargo, mi sincera preocupación ante el compromiso de AMLO con la “felicidad de todos” va más allá de una mera comparación con Venezuela. Para decirlo claro, el ordenar que todos sean felices por decreto no es condenable sólo por ser una artimaña de los izquierdistas, sino porque es un acto de opresión, algo malo en sí mismo; es la puerta a una grotesca y terrible tiranía que trasciende las necedades de Nicolás Maduro o de López Obrador, y que nos acecha tanto desde la izquierda como desde la derecha.

Vamos por partes, van 3 preguntas:

¿Por qué es malo que el gobierno decrete y garantice la felicidad de los ciudadanos?

Por dos razones: La primera, es que la felicidad es algo absolutamente subjetivo; lo que a mí me hace feliz no tiene por qué hacer felices a los demás. Un ejemplo sencillo: Para mi vecino la felicidad puede consistir en poner cumbias a todo volumen a las 3 de la mañana, pero a todos los demás nos traería bastante infelicidad. Cuando el gobierno intenta cumplir todas esas felicidades y convertirlas en derechos, lo único que logra es un amasijo ininteligible de rotundas necedades, como lo ejemplifica el caso de la Constitución de la Ciudad de México, que supuestamente debe estar lista a fines de enero del 2017, pero no tiene para cuándo terminarse, porque cada grupito de presión quiere que el gobierno le garantice su felicidad a costa del bolsillo y las libertades de los demás.

La segunda, es que la acción misma del gobierno se corrompe cuando va más allá de su ámbito natural, aquel que, como bien explica Fréderic Bastiat, consiste en la organización colectiva del derecho individual a la legítima defensa, entendiendo que el derecho colectivo tiene su principio, su razón de ser y su legitimidad, en el derecho individual. Por tanto, la fuerza común no puede, racionalmente, tener otra misión u objetivo que aquella de las fuerzas individuales (personas) a las que representa.

La tarea de los gobernantes no es la de garantizar la felicidad del mundo, sino la de proteger los derechos a la vida, la libertad y la propiedad de aquellos a quienes representan, y ésta es en sí misma lo suficientemente monumental como para que cualquier persona decente lo piense más de dos veces antes de asumir además la tarea de convertirse en el maguito de la felicidad.

¿De dónde proviene esta amenaza?

Las raíces del peligro no sólo se traducen en ramas de populismo al estilo López Obrador, sino que, con mayor sutileza, se entreveran en todos los colores y pretextos del espectro político y jurídico. Cuando, por ejemplo, la antigua ministro de la SCJN, Olga Sánchez, proclama que “el derecho no sólo refleja la sociedad a quien regula, sino que también la cambia, la orienta, la transforma”, de lo que en realidad está hablando es del uso de la violencia del Estado, justificada en el artificio de las leyes, como instrumento para amaestrar personas, a las que obliga, en sus propias palabras a modernizarse, a tomar actitudes diferentes. 

Básicamente es la actitud de considerar a las relaciones entre la humanidad y el legislador como si fueran semejantes a las que existen entre el barro y el artesano, como también lo denuncia Bastiat. Es la llamada “ingeniería social”, que asume a las personas como entes cuya voluntad y felicidad están sujetas al genio del gobernante, un “papá gobierno” con la atribución de decidir por los ciudadanos lo que éstos pueden o no desear, comer, fumar y, en términos generales, hacer con sus vidas.

Una vez más, no sólo es López Obrador, es una tentación de control y de manipulación que puede estar presente tanto en la derecha como en la izquierda, un veneno que nos adormece en el estatus quo para arrebatarnos la libertad. Por ello, quizá hoy más que nunca vienen al caso las reflexiones que C.S. Lewis escribió en 1949, como parte de su ensayo “The Humanitarian Theory of Punishment”, y que les comparto a continuación:

… De todas las tiranías, una tiranía ejercida por el bien de sus víctimas puede ser la más opresiva. Tal vez sea mejor vivir bajo el dominio de ladrones que bajo el de omnipotentes entrometidos morales. La crueldad del ladrón puede a veces sosegarse, su avaricia puede en algún momento ser saciada; pero aquellos que nos atormentan por nuestro propio bien, nos atormentarán sin fin, pues lo hacen con la aprobación de su propia conciencia.

… Ellos pueden ser más propensos a ir al cielo, pero al mismo tiempo son más proclives a hacer un infierno de la tierra. Su mera amabilidad nos aguijonea como un insulto intolerable. Ser “curados” en contra de nuestra voluntad y curados de algo a lo que podemos no considerar como una enfermedad es ser colocado en el nivel de aquellos que no han alcanzado aún la edad de la razón o aquellos que nunca la alcanzarán; ser categorizado junto a los infantes, los imbéciles, y los animales domésticos.

¿Qué podemos hacer al respecto?

Lo primero es estar conscientes de que nuestra felicidad es una búsqueda radical, profunda, inevitable e ineludiblemente personal, que no podemos poner en manos de ningún otro ser humano, y mucho menos de Andrés Manuel López Obrador.

Lo segundo es entender que, en todo caso, los gobiernos pueden proteger las condiciones para esa búsqueda de la felicidad a la que se refiere, por ejemplo, la Declaración de Independencia de Estados Unidos, a través de la protección de los derechos a la vida, la libertad y la propiedad, que se traduzca en un Estado de Derecho eficiente y en condiciones de certeza. Pero hasta ahí llega el espacio del gobierno. El resto del edificio de nuestra propia felicidad debemos construirlo nosotros mismos, sin licitación de por medio.

Lo tercero es tener bien claro que cuando un caudillo nos ofrece alcanzar la felicidad de todos, o es un tirano mentiroso, y nos está viendo la cara, para hacernos quedar como tontos; o es un tirano sincero, y nos atormentará sin fin, convirtiéndonos en niños indefensos, o en el peor de los casos, en mascotas incapaces, arrojadas a la inmisericorde veleidad de sus caprichos.

En cualquiera de los casos, yo paso. ¿Y usted?

Por cierto…

Los jóvenes estadounidenses de la década de 1940 se enfrentaron a las balas en la Segunda Guerra Mundial; los del 2016 tienen que cancelar clases porque les dio tristeza que ganó Trump. …Y vendrán cosas peores, dice el sentido común.

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* Las opiniones expresadas en esta columna son de exclusiva responsabilidad del autor y no constituyen de manera alguna la posición oficial de yoinfluyo.com


 

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