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La derecha marcha, y la izquierda cierra los ojos

Antes que nada, 3 aclaraciones: Primera, no apoyo los argumentos del Frente Nacional por la Familia (FNF), especialmente en lo que corresponde al matrimonio igualitario, por los motivos que he comentado en artículos previos. Segunda, siendo libertario creo que, como toda empresa privada, los medios de comunicación tienen el derecho de definir su línea editorial y expresarse con plena libertad, pero esto no implica que dichas decisiones editoriales sean inmunes a la crítica. Tercera, aunque la posición del FNF respecto al matrimonio es, a mi punto de vista, débil, su rechazo a la imposición de la ideología de género en los contenidos educativos y al control monopólico de éstos por parte del gobierno es una demanda más que válida. El hecho de que el gobierno tenga un control absoluto de estos programas y los ponga al servicio de una ideología (la que sea) me parece un acto tiránico y muy peligroso.



Dicho esto, vamos al asunto del día. Este sábado se llevó a cabo la Marcha Nacional del Frente por la Familia reuniendo a decenas de miles de personas en las cercanías del Ángel de la Independencia. Al mismo tiempo, los grupos del llamado lobby LGBTTTI realizaron una contra-marcha, respaldada por un par de cientos de activistas al otro lado del Ángel.

No hablaré nuevamente sobre los argumentos del Frente Nacional por la Familia, pero sí me parece importante destacar algunos peligrosos fenómenos que quedaron a la luz con la movilización y con la cobertura que de ella realizaron los medios masivos.

1) Desde el inicio de esta polémica, prácticamente todo el círculo rojo se proclamó defensor de la libertad, se envolvió en la manta de la diversidad y acto seguido condenó con una serie de falacias dignas de politburó soviético a todo el que se atreviera a pensar de forma diversa a ellos. Es casi dolorosa la hipocresía de quienes desde la trinchera supuestamente liberal pontifican que todos tienen derecho a pensar lo que quieran, siempre y cuando piensen lo que se les ordena.

El colmo fue la cobertura de la marcha este fin de semana. Siendo absolutamente objetivos, nos guste o no, la movilización del Frente Nacional por la Familia fue la noticia principal, por el tamaño de la manifestación, por la polémica que ha generado, y por la relevancia nacional de los planteamientos que realiza. Ya no digamos por sentido periodístico, sino por sentido común, debió ser la nota de ocho columnas. Por el contrario, la prensa decidió, con una unanimidad que preocupa, ignorar a las decenas de miles de manifestantes del Frente Nacional por la Familia. Una decisión ya no sólo inmoral, sino absurda, y sólo comprensible a la luz de una agenda completamente divorciada de los hechos.

La corona se la llevó El Universal, ese que se atreve a llamarse a sí mismo “el gran diario de México” pero recurre a estrategias dignas de pasquín pueblerino. Literalmente, lo que pusieron en su página de Internet el sábado por la tarde fue que se habían reunido entre 15 y 20 mil personas, sumando ambas manifestaciones, y adornó la nota (al igual que prácticamente todos los periódicos) con fotografías de la contra-marcha realizada por los activistas LGBTTTI. El mensaje era claro: Transmitirle al lector que los defensores de la “familia natural” prácticamente no existen, o que eran muy pocos y, por ende, a lo que hay que poner atención es a la contramarcha.

El problema es que la realidad fue muy distinta. De entrada, en el Ángel de la Independencia había mucho más que 15,000 personas. La del sábado fue una de las manifestaciones (sobre temas sociales) más grandes en la historia de la Ciudad de México, y negarlo sería de necios. Por el contrario, la contra-marcha de los activistas LGBTTTI, que acaparó las portadas de la mínima cobertura que se le dio el tema, reunió como mucho a unas 400 personas. Incluso, aceptando las cifras publicadas por El Universal, resulta de patética mala fe el plantear que “ambas” reunieron equis cantidad, dando a entender que el número de participantes fue equilibrado.

Salvo honrosas excepciones, los opinólogos, la tele y los periódicos se han olvidado siquiera de disimular objetividad y se han lanzado como soldados del activismo LGBTTTI, siguiendo a pie juntillas aquella orden de Salvador Allende respecto a que: “La objetividad no debería existir en el periodismo, porque el deber supremo del periodista de izquierda no es servir a la verdad, sino a la revolución. El círculo rojo se habla solo, repitiéndose sus dogmas, hasta llegar a creer que esa opinión es la única que existe, y que la de los otros (los defensores de la “familia natural”) es una minucia irrelevante.

2) Al hacerlo, estas élites en los medios de comunicación y la academia se cierran en sus cámaras de resonancia, creyendo que el simple hecho de que se nieguen a ver algo, lo hará desaparecer. Por ejemplo, parecieran estar convencidos de que el negarle incluso la cortesía de una nota periodística a la Marcha Nacional por la Familia, significa que ésta nunca existió. Sin embargo, como lo explicó John Adams hace más de 200 años: Los hechos son tercos. Cualesquiera sean nuestros deseos, inclinaciones o los dictados de nuestra pasión, éstos no pueden alterar el estado de los hechos y la evidencia.

Y en ese caso, los hechos y la evidencia son que al menos 800,000 personas y quizá incluso 1 millón y medio, marcharon en cerca de 100 ciudades del país, incluyendo la capital, para defender lo que consideran es el “matrimonio natural”. Negarle a esas voces el derecho de expresarse y el peso político de su manifestación, es, nuevamente, cosa de necios.

Toda proporción guardada, esa es la misma necedad que vimos hace unos meses en el Reino Unido, con toda la prensa, los actores de cine, los estudiosos y los grandes industriales impulsando el sí a la Unión Europea y despreciando bajo el mote de retrógrados o de racistas a los que apostaban por salirse. Contra todo pronóstico el “Brexit” se impuso en las elecciones, dándole una auténtica patada voladora en sus muy solemnes retaguardias a los burócratas y a las élites.

Algo parecido está sucediendo en Estados Unidos. Detrás del casi inexplicable ascenso de Donald Trump se encuentra no sólo el nacionalismo o la supuesta intolerancia, sino la exasperación de buena parte de los norteamericanos de a pie respecto a una clase política, un círculo rojo y una mafia mediática en las que cada vez se sienten menos representados. Seguramente habrá algunos que voten por Trump animados en el racismo, pero muchos más lo harán para mostrar su rechazo a los vicios y la sordera política encarnados en Hillary Clinton.

En el caso norteamericano es tal la desesperación de estas élites, al no comprender lo que está sucediendo, que la propia Hillary Clinton se ha preguntado en público “¿por qué no estoy al menos 50 puntos arriba de Trump?” Cuando ella tiene el respaldo de los últimos cinco presidentes de Estados Unidos (de ambos partidos) y hasta de Iron Man (bueno, del actor) ¿Por qué? Justamente por eso, porque la señora Clinton exuda arrogancia y porque se ha encerrado, junto con su grupo político, en una burbuja ideológica, fuera de la cual sólo ve a personas “deplorables”, a las que considera indignas de dialogar y a las que, por lo tanto, no comprende.

Si en México, las élites región cuatro insisten en mimetizarse con la arrogancia de sus colegas ingleses y norteamericanos, igual que ellos se darán de topes, y será más pronto que tarde. Como acertadamente escribió alguna vez Ayn Rand: “Podemos ignorar la realidad; lo que no podemos hacer es ignorar las consecuencias de haber ignorado la realidad”. La realidad, una vez más, es que el Frente Nacional por la Familia es una fuerza política que ha demostrado ser digna de tomarse en cuenta. No basta con descartar sus argumentos con insultos de primaria.

3) El otro gran sesgo, sobre el que vale la pena insistir, es el incansable calificativo de las marchas en defensa de la llamada “familia natural” como un acto de odio. Ésta narrativa mediática es muy grave por dos motivos:

a) Porque es falsa. Las marchas no fueron de odio y se llevaron a cabo en forma absolutamente respetuosa. De hecho, las únicas agresiones e insultos directos se registraron en las contramarchas y en las declaraciones del supuesto Frente del Orgullo Nacional Mx, que, entre otras lindezas, en el transcurso de la semana dio a conocer la lista de supuestos sacerdotes homosexuales, ganándose la condena hasta de periodistas como Carlos Marín y hasta Jenaro Villamil.

b) Porque referirse al simple hecho de un desacuerdo como si fuera un acto de odio, implica desautorizar de entrada a la contraparte, convirtiéndola en enemigo y cancelando la posibilidad del diálogo, antes de siquiera sentarse hablar, como se supone deberíamos hacerlo todos en las democracias modernas. La monocromática obsesión de la prensa y muchos líderes de opinión para descartar como odio lo que en realidad es un debate legítimo dentro de una sociedad plural, significa debilitar los canales de comunicación y alentar a que los extremistas a ambos lados del debate vayan tomando las riendas del desencuentro.

¿Que la derecha puede emitir discursos de odio? Por supuesto que sí, al igual que la izquierda. Lo sé porque me consta. En alguna ocasión, hace años, critiqué la ignorancia de los derechistas que se oponían a una reforma legal en Guanajuato, porque los señores ni siquiera habían leído la ley que criticaban y estaban protestando contra un artículo que no tenía nada que ver con sus inconformidades. Como respuesta, durante al menos un par de días, un grupo de twitteros de Jalisco me amenazaron e insultaron en todos los tonos posibles. Entonces, estimado lector, créame si le digo que sé distinguir el discurso de odio cuando lo veo, y que lo que ha planteado el Frente por la Familia NO lo es.

Y eso es todo por hoy.

Por cierto…

Quizá Javier Duarte sea un chivo expiatorio, pero también es una rata tamaño canguro, y un buey al ponerse a las patadas con los caballos del PRI. En resumen, es todo un animal.

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* Las opiniones expresadas en esta columna son de exclusiva responsabilidad del autor y no constituyen necesariamente la posición oficial de yoinfluyo.com


 

 

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