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Ni Temo, ni Chente

Cuando la tarde del domingo 28 de agosto se conoció la noticia de que el cantante mexicano Juan Gabriel había fallecido, las redes sociales se inundaron con mensajes de condolencia y canciones de su autoría (compuso cerca de 600). Las tías de todos compartieron frases de “Amor Eterno” o de alguna de las que cantó a dueto con Rocío Durcal, pero la que seguramente ninguna tía sentimental recordó en Facebook fue aquella que le compusiera al PRI durante la campaña presidencial del año 2000.



Ni Temo (Cuauhtémoc Cárdenas), ni Chente (Vicente Fox), Francisco (Labastida) va a ser presidente, rezaba el estribillo de aquel gingle, interpretado más a fuerza que de ganas como parte de una negociación con el gobierno para resolver las acusaciones que pesaban en contra del cantante por evasión de impuestos, una auténtica cruz que arrastró durante muchos años, pues todavía en 2005 (Quizá porque Chente sí fue presidente y Francisco no) lo retuvieron en el aeropuerto de Ciudad Juárez por el mismo tema de la defraudación fiscal equiparada.

Este episodio en la vida de Juan Gabriel viene al caso no sólo para recordarnos una vez más la insaciable voracidad de las maquinarias impositivas (y su costumbre, tanto en México como quizá en todo el mundo, de perseguir a figuras reconocidas para darle un escarmiento a la sociedad en general ¿verdad Messi?) Sino porque constituyó el último gran ejemplo de la manipulación del medio artístico y de los grandes medios de comunicación en favor del sistema priísta.

Hoy nos parece inverosímil, pero hasta hace apenas 20 años el Revolucionario Institucional y su rama gubernamental controlaban casi por completo la prensa: sacando conductores del aire, restringiendo la venta de papel para la elaboración de periódicos o revistas y recurriendo, en más de alguna ocasión, a tácticas menos sutiles, lo que se traducía en una censura sistemática, similar en inspiración al estilo de los regímenes comunistas, pero mucho más fina, al grado de convertirse en pilar de esa “dictadura perfecta” (en palabras de Vargas Llosa).

En el centro de esta estructura encontraríamos a Emilio Azcárraga Milmo, apodado “El Tigre”, quien se consideraba a sí mismo un “soldado del PRI”, peleando las batallas de la opinión pública con Jacobo Zabludovsky como brazo derecho y con todas las “estrellas” del canal (ese, el de las estrellas) como legionarios, cantando a coro, incluso literalmente, como sucedió, por ejemplo, para aquella infame (pero muy efectiva) canción del Programa Nacional de Solidaridad.

En el ocaso de la administración Zedillo, aquella canción de Juan Gabriel fue el último intento del agonizante sistema para presentarse a sí mismo como la opción indispensable y el deber patriótico de los votantes. Desde entonces, Francisco no ganó y el viejo presidencialismo se quebró, para bien y para mal, con Fox y Calderón. Cuando ganó Peña muchos esperaban el regreso del PRI en plena forma, pero recuerdo no es lo mismo que juventud, y copete no es lo mismo que calva.

Por eso cuando escucho a los millenials quejándose de la tele-dictadura no puedo evitar una sonrisa. Bendita sea la “dictadura” en la que todos pueden sentirse valientes en Facebook, quejándose de la represión,  pero sin temor de que les vaya a pasar algo. Les voy a dar una pista, en las dictaduras de a de veras, nadie se queja, porque al que se queja lo matan, y para tele-dictadura, la que nos tocó vivir a los más viejos, donde solo había sopa de Televisa y donde los panistas o la izquierda no tenían ni siquiera oportunidad de defenderse en la tele.

Afortunadamente, a Juan Gabriel, al igual que a todos nosotros, le tocó vivir ese cambio, la elección del 2000, cuando Zedillo se ganó la gratitud eterna al parar en seco la tentación del fraude; la transición pacífica de ese diciembre, que fue nuestra revolución de terciopelo, casi increíblemente sin violencia, contradiciendo aquella profecía del “a balazos nos sacarán”; las reformas, que avanzan a tiros y jalones, pero son más luz que sombra.

¿Qué la democracia no cumplió con las expectativas? Cierto, ¿Qué la corrupción resultó no ser exclusiva de los del PRI? Ni duda cabe, ¿Qué el primer mundo todavía nos queda lejos? Concedido, pero hay que entenderlo: el verdadero desarrollo no depende, ni de Temo, ni de Chente, y menos de Francisco, sino de que nos decidamos a dejar atrás las cadenas del socialismo paternalista que el PRI hizo costumbre y que ahora Morena disfraza de revancha. Hace 16 años nos sacudimos la dictadura, pero sigue haciendo falta libertad, el talento para ganarla y el valor para vivirla, un día a la vez.

Por cierto…

A Peña y a sus asesores les hace mucha falta escuchar a Juan Gabriel y abrevar de su sabiduría, especialmente aquella de… ¡pero qué necesidad!

 

 

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* Las opiniones expresadas en esta columna son de exclusiva responsabilidad del autor y no constituyen necesariamente la posición oficial de yoinfluyo.com


 

 

 

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