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Plagio de Peña, desesperación de Aristegui

Hace un año, comentábamos que odiar a Peña Nieto se ha convertido en una especie de rito de iniciación y de requisito indispensable para refrendar la credencial de ciudadano “independiente” ante los ojos de las redes sociales. Una de las principales generadoras y beneficiarias de este fenómeno es Carmen Aristegui, que brincó de la mediocridad en donde pasó la mayor parte de la carrera hasta la cima del estrellato periodístico al adoptar el papel de crítica de Calderón y de Peña, además de convertirse en la vocera oficiosa de la izquierda, a cuyo líder, López Obrador, no ataca ni por equivocación.



Para ello empleó a su total gusto y libertad los millonarios recursos que puso a su disposición MVS y que le permitieron financiar investigaciones de gran calado, como la de la Casa Blanca, hasta que en su soberbia quiso ser más patrona que los dueños, y acabaron despidiéndola, para lamentación de millones de ciudadanos (de esos críticos, que no ven Televisa y leen libros… ajá), que incluso la llegaron a candidatear para Presidenta de la Republica o, al menos, para reina de la primavera. Sin embargo, a pesar de la estridencia de sus seguidores, la gran revolución Aristeguiana nomás no llegó. Su sitio web es popular, pero ni de lejos como para desbancar a los reyes de las noticias por Internet (SDP Noticias y El Universal) y su influencia venía de bajada, porque la comunicación es un arte de coyunturas y al que deja de oírse pronto se le olvida.

Para evitar el olvido Carmen anunció que al término de los juegos olímpicos haría una gran revelación, que sacudiría al país. Borregos y morbosos se conectaron a las 10 de la noche del domingo, esperando enterarse de algún fraude multimillonario, algún crimen escabroso, algún video que exhibiera a Peña ocultando a los desparecidos de Ayotzinapa. En lugar de eso, Aristegui les dio un palmo de narices anunciando que el presidente plagió un 29% de su tesis. En lugar de salir con hechos de sangre, el escándalo resultó de tinta; en lugar de hablar respecto a los normalistas desparecidos, pontificó acerca de las comillas inexistentes.

Aun así. ¿Cómo sé que el reportaje fue una patada de ahogado y no una muestra de honesto repudio al plagio? Porque, cuando no está ocupada indignándose por la copia en trabajos escolares, Aristegui respalda y promociona como líder de opinión y constante invitada a sus mesas de debate a una de las plagiarias más conocidas de México, Denise Dresser. Va un ejemplo: En 2006 publicó (junto con Jorge Volpi) un libro titulado “México. Todo lo que un ciudadano quisiera (no) saber sobre su patria”, que es una vil copia ¿homenaje? de America: The Book, escrito por Jon Stewart en 2004, y el fraude lo dio a conocer nada menos que León Krauze en la revista Letras Libres. ¿O será que Carmen no se enteró de los plagios de su amiga, porque ella sólo lee La Jornada, Regeneración y el Blog del Pueblo? A lo mejor por eso tampoco se dio por enterada de los múltiples auto plagios ¿reciclajes? de Dresser, que escribe una vez y cobra dos.

Eso respecto al plagio, en cuanto a la supuesta “honestidad” de Aristegui, basta recordar su hipocresía al promover como ciertos rumores sin fundamento (como el supuesto alcoholismo de Calderón), al cerrarle a los demás el derecho de réplica que tanto demanda para sí misma (Como lo demuestra ampliamente Marco Levario Turcott) y no disculparse cuando sus supuestas investigaciones terminan colapsando en la nada, una y otra vez.

¿Qué Aristegui tiene talento? Claro que sí, para cultivar su imagen de valiente víctima del sistema y venderle a legiones de seguidores la patraña de que escuchar su noticiario es casi un acto de resistencia civil, incluso un acto de rebeldía y de esperanza, según el también activista John Ackerman. Lo de Carmen es, en pocas palabras, pura mercadotecnia.

Eso mismo fue el “reportaje” del domingo, mercadotecnia, en este caso sin una base que respaldara el morbo. Sus fans lo negarán, pero el hecho es que Aristegui quedó en vergüenza con su reportaje, y el problema es la típica soberbia que una y otra vez hunde a doña Carmen. Si hubiera anunciado lo de la tesis como una noticia más, incluso se lo habríamos agradecido, pero al elevar las expectativas, condenó su reporte al foso de la anécdota y se exhibió (al menos ante quienes no son sus incondicionales) como una reportera que se guía por la bilis, más cerca de un pasquín que de un Pulitzer.

Según “circula en redes” alguna vez Mark Twain dijo que La fama es vapor; la popularidad, un accidente; la única certeza terrenal es el olvido.Lo cierto es que, ante la cotidiana certeza del olvido, Aristegui ha decidido aferrarse a su fama con uñas y dientes, porque está desesperada. Hace unas semanas anunció la formación de un gran portal noticioso, pero luego no pasó nada; ha buscado su regreso a los medios masivos, pero nadie está dispuesto a pagarle más de un millón de pesos mensuales o a cumplirle los caprichos que con sacrosanta paciencia le aguantaron en MVS. Pasan los meses y la señora sigue sólo en CNN, con una fracción de la audiencia que tenía en radio, y aunque tiene sus fans en redes, pero son cada vez menos.

Por eso la desesperación, por eso el último recurso de anunciar que revelaría un gran escándalo, para decepcionar a todos con la nota de que Peña (quien en el imaginario popular ni siquiera sabe escribir) copió parte de su tesis de licenciatura. El misil resultó cuete, (y cebado, para amolarla) porque mucha gente creía que el presidente ni siquiera había estudiado la licenciatura; ahora todos saben que sí, de modo que irónicamente Peña salió beneficiado. ¿Y Aristegui? A seguir en la desesperación.

Por cierto…

Sin lugar a dudas, el impacto periodístico de la investigación de Carmen habría sido mayor si en lugar de indagar en las tareas escolares de Peña Nieto hubiera descubierto, de una buena vez, dónde quedó la cadenita.

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* Las opiniones expresadas en esta columna son de exclusiva responsabilidad del autor y no constituyen necesariamente la posición oficial de yoinfluyo.com


 

 

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