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El voto del terror

Digamos que Donald Trump gana la elección, y que los demócratas creen todo lo que dicen respecto a él –que es el nuevo Hitler. ¿No estaría obligado Obama a declarar la ley marcial y permanecer en el poder? Esta pregunta sale de la pluma del genial ilustrador y escritor Scott Adams[1].


Estados Unidos; Trumo, Hillary


A primera vista el escenario resultaría ridículo, pero conforme nos acercamos a las elecciones el clima de tensión aumenta junto con la hostilidad de los medios de comunicación y los cotos de poder del Partido Demócrata en la academia y el círculo rojo, que pintan a Trump como el “nuevo Hitler”, un racista y genocida en potencia, que quiere asesinar a los hispanos, a los gays, a los musulmanes y a los americanistas. Conforme avanzan los meses ésta ha dejado de ser una simple guerra de lodo para convertirse en una auténtica campaña de odio, que ya se ha traducido en trifulcas y ha influido en la radicalización de movimientos como el de Black Lives Matter, algunos de cuyos simpatizantes han pasado de hacer pancartas a asesinar policías.

Por supuesto, Donald Trump no es ninguna dama de la caridad, es un demagogo de dudosa moralidad y comprobada avaricia, pero el hecho es que no existe ningún argumento serio para decir que sea un racista o un genocida y hasta antes de que lanzara su campaña presidencial nunca se le había acusado de tal. Entonces, ¿por qué se ha desatado una campaña tan agresiva como para hacer que el concepto de ley marcial comience a aparecer ya no sólo en las reflexiones de los conspiranóicos de costumbre, sino incluso en las de líderes de opinión más “normales”, como Scott Adams?

La respuesta es que ésta es la estrategia del Partido Demócrata para garantizar el triunfo de Hillary Clinton, esposa del ex presidente Bill Clinton y secretaria de Estado durante parte de la administración Obama. Hillary fue electa como candidata de su partido gracias a una operación masiva de manipulación electoral con la complicidad de la propia dirigencia de los demócratas a nivel nacional, como se ha comprobado tras la publicación de cientos de correos electrónicos. Y es el menor de sus “defectos”. Hasta hace unas semanas la Sra. Clinton estaba bajo investigación del FBI, justamente por escribir secretos de Estado en correos electrónicos que acabaron en manos extranjeras. El FBI básicamente concluyó que Hillary era culpable, pero no recomendó procesarla.

A estas acusaciones se suma el tráfico de influencias con algunos de los regímenes más opresivos del planeta y con turbios empresarios, que le pagaron cientos de miles o incluso millones de dólares a Bill Clinton y a la Clinton Foundation a cambio de recibir favores de parte del Departamento de Estado o de aprovechar los “conectes” de Hillary y de Bill para obtener lucrativos contratos mineros y madereros en países como Nigeria, Colombia o Haiti.

¿El costo de esta corrupción? De acuerdo con los más recientes cálculos el tráfico de influencias y las transas de los Clinton le han costado a los norteamericanos más de $5 mil 100 millones de dólares. El costo real en vidas, en espirales de corrupción y en oportunidades perdidas para millones de personas seguramente es mucho mayor y aumentaría todavía más si Hillary obtiene la presidencia de Estados Unidos.

Entonces, ¿por qué seguirá aumentando la tensión en el ambiente político? En pocas palabras, porque el miedo, visceral, profundo, irrebatible, es la única herramienta para convencer a los electores, empezando por los simpatizantes del Partido Demócrata, de que le den su voto a Hillary Clinton, una candidata cuya falta de carisma e historial de corrupción la convertirían normalmente en una causa prácticamente perdida para cualquier campaña. De hecho, al único rival al que Hillary puede derrotar… es a Donald Trump.

Los malpensados, que saben de la larga amistad entre los Trump y los Clinton, están convencidos de que, al menos en un inicio, la candidatura de Donald estaba pensada para facilitarle el camino a Hillary. Incluso si eso no fuera cierto, el hecho es que los estadounidenses están obligados a elegir entre uno malo y otra peor. Trump es peligrosamente impredecible, Hillary es predeciblemente peligrosa. ¿Usted, qué prefiere: un bufón o una criminal? En todo caso es un voto de terror.

Por cierto…

#HillaryForPrison2016

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* Las opiniones expresadas en esta columna son de exclusiva responsabilidad del autor y no constituyen necesariamente la posición oficial de yoinfluyo.com


 

 

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