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Más emprendedores, por favor

¿Se acuerdan del Mastretta? Era el auto deportivo diseñado y fabricado en México, que saltó a la fama a principios del 2011, cuando lo mencionaron Clarkson, Hammond y May (entonces conductores de la excelente versión inglesa de “Top Gear”), aderezándolo con chistes en referencia a los clichés del mexicano y a la comida refrita, poniendo además en duda la viabilidad de un auto deportivo de nuestro país en el mercado internacional.


México; cultura emprendedora


Por supuesto, fue el escándalo. En cuestión de horas, los millones de integrantes del batallón Juan Escutia, de paracaidistas digitales, se devoraron dos platos de chilaquiles, se envolvieron en la bandera y se lanzaron al abismo de la indignación. A su clamor se unieron autoridades como el actual Ministro de la SCJN (y entonces Embajador en Londres), quien demandó una disculpa de los conductores. En esas semanas, miles de usuarios de Facebook convirtieron al Mastretta en sagrado símbolo patrio y juraron que su éxito callaría a propios y extraños.

¿Qué pasó después? Apenas 3 años más tarde y a pesar de una optimista reseña a cargo de Richard Hammond en la temporada 19 del propio Top Gear, Mastretta Cars cerró sus puertas y el “auto tortilla” nunca se convirtió en taco.

La moraleja de esta historia se divide en tres:

1) La primera de ellas es el espejismo de las redes sociales. En 2011, al calor de la polémica, prácticamente todos los mexicanos se unieron al “Tren del Mame” y se convirtieron en defensores de oficio de Mastretta Cars. Muchos incluso le auguraron, por el hecho de ser mexicana, un futuro más brillante que el de Ferrari, Mercedes Benz y los triciclos Apache juntos. Sin embargo, cuando la empresa colapsó ya nadie se acordaba de ella y les aseguro que la mayoría de ustedes sólo recordaron al trágico Mastretta porque lo leyeron al inicio del artículo. Lo mismo ha sucedido con infinidad de modas en Internet: son emoción y vísceras, que desaparecen en poco tiempo.

2) La segunda es la de los enormes desafíos que enfrentan los emprendedores en México, incluso cuando están bien conectados, pues los Mastretta no son ningunos clasemedieros, son parte de la alta sociedad del Distrito Federal, están cercanamente emparentados con el periodista Héctor Aguilar Camín y obviamente tienen conexiones del nivel suficiente como para lograr que los conductores de Top Gear se prestaran a lo que fue un claro ardid publicitario. A pesar de ello, su empresa no levantó de la superficie.

Sólo imaginemos: Si es tan difícil el emprender cuando se tienen contactos empresariales y mediáticos de primerísimo nivel nacional e incluso internacional, cuánto más lo será para los miles de pequeños empresarios que se lanzan mar adentro, armados tan sólo con la fuerza de sus brazos y el alimento de sus esperanzas, para construir un nicho propio en el mercado. Por eso, las empresas son tarea de valientes e incluso de necios o suicidas; y por eso, quien construya el éxito de su empresa en un mercado libre, es pleno merecedor de nuestra admiración.

Lo cual me lleva a la tercera parte de la moraleja en nuestra historia: Lo verdaderamente trágico del fracaso de Mastretta es que se trató del primer auto plenamente diseñado y construido en México. Los automóviles han existido desde hace más de un siglo, y, de hecho, nuestro país se ha convertido en un ensamblador automotriz de gran peso internacional, pero apenas en 2011 contó con un auto “propio” y éste duró tan sólo tres años en las calles.

¿Por qué?

La culpa es del gobierno, pero no lo es por falta de apoyos financieros o a causa de las torpezas burocráticas (aunque éstas quizá tuvieron algo que ver en el caso Mastretta). El tema es mucho más profundo y tiene que ver con la cultura política y social de México, que está marcada por la intervención gubernamental y el paradigma de que la administración pública es la responsable del éxito y el destino de vidas y haciendas.

No es algo que haya empezado con Peña, o ni siquiera con el PRI. El problema de fondo viene desde la época del Imperio Español, donde una conocida pieza de sabiduría popular proclamaba que, para tener éxito, los jóvenes debían optar por “Iglesia, mar o Casa Real”. Es decir, que la clave para el éxito social estaba en integrarse en las filas de la burocracia. De hecho, esta obsesión de los “peninsulares” por tener puesto seguro en el gobierno fue una de las principales razones que detonó la guerra de independencia en la Nueva España, donde los criollos estaban enojados con sus abuelitos peninsulares porque éstos no los dejaban “Godinear” en los altos niveles de gobierno.

Ese mismo anhelo, expresado en nuestras tierras con el insuperable adagio de que “vivir fuera del presupuesto es vivir en el error”, se ha mantenido durante los siguientes dos siglos en casi todo el país, con las notables excepciones de ciudades como Monterrey. La actividad comercial es vista con desdén o como algo que se hace “cuando no hay de otra”, mientras que un gran porcentaje de la población, de todos los niveles económicos, dedica su talento a encontrar chamba en el gobierno e inventarse formas de explotarlo.

Esto aplica no sólo para los Godínez, sino incluso para muchos supuestos empresarios, que en realidad no son más que coyotes de raza fina, dedicados a traficar influencias para obtener contratos gubernamentales o lucrativos monopolios.

En pocas palabras, la cultura estatista genera incentivos para que las personas que disponen de talento y ambición las enfoquen hacia vivir del presupuesto y no hacia construir nueva riqueza, porque evidentemente iniciar una nueva empresa o crear un nuevo producto es mucho más arriesgado que cobrar diezmo en obras públicas.

Debido a ello, México se muere de sed en términos creativos. Una forma sencilla de comprobar este fenómeno es considerando el número de patentes presentadas cada año por mexicanos, en comparación con países de nivel de desarrollo relativamente similar al nuestro, y aquí van los datos:

En 1983, los mexicanos solicitaron más patentes (730), que los irlandeses (569), pero, para el 2013, los ciudadanos de Irlanda presentaron casi el doble de solicitudes que los mexicanos, de acuerdo con datos de la World Intellectual Property Organization. Ese mismo año, los brasileños presentaron casi el triple de solicitudes que nuestros compatriotas. Y esos son países de segunda división en esta materia. Los italianos presentan 10 veces más solicitudes que nosotros, mientras que la oficina de patentes de China recibió en 2013 cerca de 80 veces más solicitudes de patentes que la mexicana.

¿Entonces? Necesitamos más emprendedores para que, por cada 20, 30 o 50 que fracasen, haya uno o dos que tengan éxito y que su triunfo sea la semilla a partir de la cual se genere verdadera riqueza, para dejar atrás el legado de marginación que lacera a millones de personas.

Necesitamos pasar de una cultura de la intervención gubernamental a una cultura del emprendimiento, empezando por asumir en nuestras manos (y no en las de los políticos) el futuro de nuestras personas y nuestras familias.

Necesitamos a miles de Mastrettas, desafiando prejuicios y abriendo caminos en nuevas industrias.

Necesitamos más emprendedores, por favor.

Por cierto…

Hace dos semanas el PRI quería prohibir los memes en San Luis Potosí; ahora en Puebla quiere prohibir que los votantes entren a la casilla con sus teléfonos inteligentes. Se ve que eso de la inteligencia y de la modernidad nomás no les cuadra, después de todo, son dinosaurios.

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* Las opiniones expresadas en esta columna son de exclusiva responsabilidad del autor y no constituyen necesariamente la posición oficial de yoinfluyo.com


 

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