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¿Que los indígenas vendan nopalitos?

“Los necesitamos vendiendo los productos de la tierra… es parte de nuestra cultura, de nuestra manera de vivir… cortando los nopalitos”. Fue la joya de la semana, cortesía de la diputada local Luz Elena Govea López (PRI-Guanajuato). Cuando un grupo de representantes comunitarios acudieron al Congreso, para pedir más oportunidades educativas y laborales, la diputada les contestó que esas oportunidades los harían abandonar sus tradiciones y que mejor se contentaran con seguir haciendo artesanías y vendiendo nopalitos en las calles, porque ese es “el trabajo de sus comunidades indígenas”.


Luz Elena Govea


¿No me cree? Le paso el enlace con el video publicado en Youtube. La priista directamente les recetó que: “No me las imagino en una fábrica, no me las imagino haciendo el aseo de un edificio, no me las imagino detrás de un escritorio; yo me las imagino en el campo, yo las creo en sus casas haciendo artesanías, yo las pienso y las visualizo haciendo el trabajo de sus comunidades indígenas”.

“Los necesitamos vendiendo los productos de la tierra; yo no sé quién lo haría si no lo hacen ustedes, no es indigno, es algo que necesitamos, es parte de nuestra cultura, de nuestra manera de vivir”. Y terminó diciendo: “No puedo pensar que ustedes salgan de sus tierras, de sus casas a perder esa tradición. Cuando yo escucho a los chichimecas y a los pames en los mercados de San Luis de la Paz vendiendo nopales, que es muy digno, es algo que necesitamos”.

Léase que, si usted es considerado como indígena, entonces su destino, que por el dedo de la burocracia se escribió, es vender “chacharitas”, condenado para siempre a la “digna” pobreza y la honrosa marginación, porque, faltaba más, no vaya a perderse la “tradición” y, porque tanto los empleos de escritorio como los trabajos profesionales son, en los delirios de la diputada Govea, para los europeos y los mestizos.

Por supuesto, a la legisladora le cayeron a palos tanto las redes sociales como los medios de comunicación, pero la incómoda verdad es que, muy en el fondo, las idioteces que dijo Luz Elena Govea son las mismas que se ocultan detrás de los paradigmas indigenistas promovidos a coro por activistas, turistas de revoluciones ajenas, curas de izquierda, antropólogos de gobierno y burócratas de paseo en la sierra.

Su concepción compartida es la del “buen salvaje”; el mito (impulsado por Rousseau) de que el hombre es bueno por naturaleza y que entre más se acerca a los estándares de la civilización occidental (ya saben, la que tiene agua potable, luz eléctrica, Internet y viajes espaciales), más se pervierte. Por lo tanto, es menester proteger las tradiciones aborígenes y evitar que sus practicantes sean “corrompidos” por la modernidad. Como dijo Govea “no me las imagino detrás de un escritorio, yo me las imagino en el campo”.

Lo peor del caso es la consecuencia de este razonamiento respecto a las personas, porque a los ojos de sus supuestos defensores, aquellos hombres y mujeres catalogados, por cuestiones sanguíneas o culturales, como indígenas, son incapaces de competir en el mundo, son como niños a los que no se puede dejar solos y que han de depender eternamente de la generosidad de esos curas, antropólogos, burócratas y activistas (que, por supuesto, sí aprovechan los “trabajos de escritorio” y las comodidades modernas que consideran indignas para sus pupilos).

Por eso, hasta la fecha los ejidatarios no son considerados como dueños de sus parcelas, por eso la izquierda promueve que se rijan bajo leyes distintas y, cuando les gana la sinceridad, directamente les cierran la puerta a los empleos modernos, porque, a los ojos de los buenoides, las personas consideradas como indígenas no pueden ni deben integrarse a la modernidad y han de mantenerse como piezas de museo para tranquilizar conciencias y satisfacer curiosidades de los turistas, vendiendo nopalitos.

Por este mismo rumbo va también la muy generalizada (incluso entre personas de buena fe) idiotez de referirse a estas personas como “nuestros indígenas”. Ah, carajo ¿pues en qué tianguis los compraron? ¿A poco alguien dice “nuestros caucásicos” o “nuestros japoneses”? Ese paternalismo payaso, que esconde una malsana dosis de racismo, es el principal culpable de que millones de hombres y mujeres agrupados estadísticamente en grupos indígenas sigan, en términos generales, sumidos en la pobreza, a pesar, o mejor dicho, debido a los miles de millones de pesos encauzados en materia de “desarrollo social” y pueblos indígenas.

Pero, es que –está pensando usted, amigo lector– los indígenas necesitan el apoyo del gobierno porque muchos de ellos no tienen dinero, no saben hablar español y están indefensos ante las autoridades. Es cierto. Sin embargo, tampoco tenían dinero, ni sabían el idioma, los miles de migrantes provenientes de países como Líbano o China que llegaron, literalmente, nomás con la ropa que traían puesta. Hoy no sólo están plenamente integrados en la sociedad, sino que han construido auténticas fortunas a base de trabajo y autodeterminación.

Lo mismo pueden hacer los integrantes de las comunidades indígenas, si cambiamos el paternalismo por una auténtica solidaridad, viéndolos no como museos vivientes, sino como personas libres.

Concluyendo:

No, las tradiciones no están escritas en piedra; y no se vale condenar a los indígenas a vivir sólo de vender nopalitos para satisfacer la nostalgia de los hípsters, del mismo modo en que no obligaríamos a la comunidad japonesa a vivir como en los siglos del Shogunato o a los irlandeses a vivir vendiendo cruces de Santa Brígida.

No se vale seguir viendo con ojos colectivistas a los hombres y mujeres “indígenas”. Recordando a Ludwig von Mises, “toda acción racional es en primer lugar una acción individual. Sólo el individuo piensa. Sólo el individuo razona. Sólo el individuo actúa".

No podemos, en buena conciencia, esperar que todos a los que agrupamos estadísticamente bajo el concepto de indígena, actúen de la misma forma. Cada uno deberá elegir su propio camino y en el proceso deberá encontrar en la sociedad algo más que el “Los necesitamos vendiendo los productos de la tierra, yo no sé quién lo haría si no lo hacen ustedes” que les recetó la diputada del PRI.

No necesitan blancos que los salven, necesitan sólo la oportunidad de progresar, y la mejor forma de hacerlo es a través de la libertad económica, incluso cuando ésta implique que se pierdan tradiciones.

No es indigno vender nopalitos, es trabajo honrado y honorable. Lo indigno es el paternalismo absurdo, la discriminación disimulada y el fracaso absoluto de la intervención gubernamental que, en este y en todos los ámbitos, dificulta las soluciones, eterniza los problemas y engrandece la burocracia.

No, no son “nuestros indígenas” son personas capaces, trabajadoras y dueñas de sí mismas, con el talento para alcanzar el éxito y con el derecho de intentarlo en libertad. Es su derecho.

Por cierto…

En Twitter los usuarios demandan contar con el servicio de Uber, pero con precios controlados y número de unidades regulados por el Estado. ¿Qué creen, genios? Eso ya existe: se llama “transporte público” y funciona del carajo. Justamente por eso se inventó Uber. ¡No lo echen a perder!

Hace un par de semanas acudí como representante de los libertarios mexicanos a la convención anual del Libertarian Party of California. Gracias desde aquí a Mark, a Geoff y a Nancy por la invitación y por todas sus atenciones.

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* Las opiniones expresadas en esta columna son de exclusiva responsabilidad del autor y no constituyen necesariamente la posición oficial de yoinfluyo.com


 

 

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