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Fox, Lula y la trampa de la democracia

El pasado 4 de marzo el ex presidente brasileño Luiz Inacio Lula da Silva fue detenido por la policía de su país y llevado por la fuerza para declarar durante 3 horas respecto a su participación en los gigantescos robos perpetrados por su gobierno y el de la actual presidenta, Dilma Rousseff, en contra de la empresa Petrobras, de la que se desviaron cerca de 2,400 millones de dólares entre 2004 y 2012.


 

Análisis Político


La noticia simboliza el colapso del supuesto “milagro brasileño”, que durante algún tiempo fue promulgado como ejemplo del éxito de la “izquierda moderna” y que ahora se hunde entre un mar escándalos de corrupción y crisis económica, pues, de acuerdo con proyecciones del FMI, el Producto Interno Bruto de Brasil cayó 3.8% en 2015 y volverá a descender otro 3.5% en 2016 (en contraste, México creció 2.5% en 2015 y crecerá 2.6% este año), a consecuencia de una mezcla entre proteccionismo económico y gasto público sin sentido alguno.

Va un ejemplo, la copa del mundo: Brasil había calculado que gastaría 12,300 millones de dólares en organizarle su pachanga a los futboleros; sin embargo, la cifra real fue superior a los 30,000 mil millones, a pesar de lo cual las sedes no estuvieron al 100% y quedaron en el tintero muchos de los proyectos que se habían anunciado originalmente.

¿La razón? El gobierno brasilero, embriagado de populismo y pagando la borrachera con dinero de los contribuyentes, construyó una auténtica manada de elefantes blancos, incluyendo el estadio Mané Garrincha, en la ciudad de Brasilia, considerado el segundo más caro del mundo (costó $550 millones de dólares), el cual fue convertido en estacionamiento y en espacio de oficinas gubernamentales, debido a que el equipo más importante de la ciudad juega tan sólo en la cuarta división. En situación similar se encuentran por lo menos otros 4 estadios. Hace 13 años Brasil era la luz que iluminaba Sudamérica, ahora ya llegó el recibo y las facturas están resultando impagables.

La historia viene a cuento, primero, para recordarnos que la política socialista siempre termina en fracaso, y en segundo lugar, porque nos ayuda a poner en perspectiva el supuesto ejemplo brasileño en comparación con el caso mexicano.

Lula llegó a la presidencia de su país a principios de 2003 y apenas unos meses después la prensa ya contrastaba el aparente éxito de da Silva con el evidente fracaso de Vicente Fox. “Lula sí puede”, tituló el periódico Reforma una nota de primera plana, publicada el 5 de septiembre de ese mismo año, en la que resaltaba las habilidades negociadoras de Lula para obtener del Congreso la aprobación de una serie de reformas estructurales, que al mexicano se le habían aplastado una y otra vez al chocar con el muro de hierro de los diputados opositores.

¿Qué fue lo que pasó? ¿En serio era Lula da Silva un líder extraordinario, que alcanzaba sus triunfos a través del talento político que tanta falta le hacía al bigotón de San Cristóbal? No. La respuesta fue de hecho mucho más cerril: Sus colaboradores se habían dedicado a repartir sobornos entre los diputados de los partidos de oposición, como lo confesó en su momento el asesor Joao Claudio Carvalho Genu. La red de corrupción llegaba a casi 100 legisladores y la comisión parlamentaria encargada de analizar el caso pidió denunciar penalmente a 130 funcionarios, incluyendo a 3 antiguos dirigentes del gobernante PT, aunque no se atrevieron a acusar personalmente a Lula. Ahora sí se atrevieron.

Por su parte, Vicente Fox entró a la presidencia con las gigantescas expectativas de lograr en México una transición al estilo de las de Chile o España, que los opinólogos panistas se cansaron de poner como ejemplo. Sin embargo, ya en el poder nos quedamos con puro ruido y nada de nueces. Fox fue incapaz de transformar el sistema e incluso llegó el momento en que ni siquiera supo negociar al interior del PAN. Prometió ser un revolucionario de la democracia y resultó un administrador de la partidocracia.

¿Qué nos queda como lección de Chente y Lula? Ambos casos ilustran una de las verdades más incómodas de la política moderna: que la democracia es incapaz de transformar de fondo la realidad política e institucional de un país. Es una solución mágica que nos vendieron embotellada en una urna y que resultó un placebo, o como dice Hans Hermann Hoppe, “un dios que falló”.

Me explico: la democracia es por sí misma un ritual de las instituciones y por lo tanto (en circunstancias normales) trabajará a su servicio. Las campañas de votación, el andamiaje partidista, el circo de los debates, todas ellas son herramientas para construir en el individuo la ilusión de conflicto y el sentido de urgencia por participar, pero sin que ninguna de las opciones ponga en verdadero riesgo el estatus quo (incluso en Venezuela el chavismo no es sino una versión con esteroides del populismo típico de la clase política y de la sociedad de dicho país, por eso incluso la oposición venezolana es, generalmente, de izquierdas).

Pero –me replicará usted, estimado lector– ¿y los casos de Polonia, de Chile y de España? La respuesta es que en estos países el cambio no se construyó desde las urnas. Por el contrario, la transición comenzó desde antes y simplemente fue “ratificada” en las elecciones. En Polonia, Solidaridad se ganó la lealtad de la abrumadora mayoría de la población antes de obtener el primero de sus votos; en España, la opinión de que a la muerte del caudillo era necesario modernizar al país era una certeza compartida por buena parte del régimen, vamos, hasta por el propio Franco, quien le dijo al Rey Juan Carlos “eso lo tendrá que hacer usted”, mientras que en Chile la concertación mantuvo de hecho buena parte de la agenda económica de Pinochet con sólo ciertos cambios de forma. No fue el triunfo de partidos o candidatos, sino de ideas previamente aceptadas y de movimientos que sólo requirieron del formalismo electoral para su plena ratificación.

¿Y entonces, qué pasó en México? Que nunca existió ese movimiento del número suficiente de individuos como para modificar la balanza. Fox ganó con menos del 43% y de ese porcentaje una buena parte votó por él para “sacar al PRI de Los Pinos” y no porque compartiera el modelo de nación impulsado por Vicente Fox, de entrada, porque nunca se supo claramente en qué consistía dicha visión más allá de la alternancia en el poder.

El triste hecho es que la mayoría de los mexicanos nunca se convenció de dejar atrás las mañas del PRI, como sí lo hicieron los españoles con las de Franco, los chilenos con las de Pinochet o los polacos con las de los comunistas. Tan es así, que México sigue siendo priista, que, en el lapso de apenas 15 años desde el inicio de la alternancia, el PAN (único verdadero partido de oposición) se ha convertido en clon de su rival. Los panistas ya se olvidaron oficialmente de la democracia interna que solía definirlos y se han dedicado a aliarse con el PRD para lanzar juntos a tránsfugas del Revolucionario Institucional como sus candidatos a Gobernador (Carlos Joaquín, en Quintana Roo es tan sólo el más reciente ejemplo). Lo hacen porque aprendieron a la mala que los candidatos “panistas” no ganan ni en defensa propia fuera de 4 o 5 estados; en el resto del país sólo se gana siendo del PRI.

Concluyendo: sin un trabajo de colaboración voluntaria entre el número suficiente de individuos, las transiciones democráticas tienen sólo de dos sopas: la corrupción contraproducente de Brasil, o la inercia desesperante de México.

Ésta es la trampa de la democracia: creer que los votos son el principio del cambio cuando en realidad son el paso final. Podemos ganar todas las elecciones, pero si no trabajamos primero en convencer a los electores para que dejen de creer en “papá Estado” y “mamá despensa”, esos triunfos serán a costa de nuestra alma.

El primer paso es educar y, cuando los panistas tenían algo de vida propia, a eso le llamaban ser una “escuela de ciudadanía”, hoy se han convertido en reclusorio de sinverguenzas.

Por cierto…

La crisis de Televisa y TV Azteca demuestra que, cuando existe un mercado mínimamente libre, incluso las empresas más poderosas pueden colapsar, si dejan de ser útiles a sus clientes. El Estado es el único monopolio capaz de imponerse, sin importar su grotesca corrupción y su franca ineptitud.

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* Las opiniones expresadas en esta columna son de exclusiva responsabilidad del autor y no constituyen necesariamente la posición oficial de yoinfluyo.com


 

 

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