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Que nos gobierne Superman

Espectacular, impresionante. El nuevo avance de Batman vs Superman: Dawn of Justice, que Warner estrenó el miércoles dentro del programa de Jimmy Kimmel, es de otro nivel, y no sólo por los efectos especiales, sino en especial por la frase que los guionistas han puesto en boca de Lex Luthor: “¿Usted sabe cuál es la mentira más antigua de América, senadora? Es que el poder puede ser inocente”.


Corrupción


De hecho, la premisa que compartirán Captain America: Civil War y Batman vs Superman: Dawn of Justice –las dos grandes películas de superhéroes del 2016– es ésta: ¿Qué pasa cuando alguna o algunas personas tienen un poder que los pone por encima de las barreras normales de la capacidad humana? ¿Podemos confiar en que siempre actuarán para bien? ¿Deben ser regulados, y si lo son, quién garantiza que los reguladores no serán corrompidos a su vez por el poder que ello implica?

Reconozco que pensé nunca escribir esto, pero Lex Luthor tiene razón. Si algo nos enseña la historia humana es que la acción y tentación del poder tiene un efecto corruptor, cuya potencia aumenta junto con su concentración, como, por ejemplo cuando alguien es un psicópata con todos los recursos económicos a su alcance, como el propio Luthor en el universo de DC, o cualquier presidente promedio.

Algo incluso más grave es la tendencia de las sociedades a idolatrar a estos tiranos, justamente por su “eficiencia” para cometer sus crímenes. Si un Juan de los Palotes asesina a una persona, exigimos cadena perpetua; pero si Napoleón orquesta la muerte de decenas de miles, lo honramos como un genial “estratega”; Si un cholo nos roba la cartera, exigimos castigo; pero si el gobierno nos roba al aumentar el déficit o la inflación, lo alabamos por sus “medidas anticíclicas”.

Lo mismo aplica para Julio César, Alejandro Magno, Hitler, Stalin, Churchill, Roosevelt, Bismarck, Ivan IV y demás “héroes”. Asesinos, tiranos, ladinos, manipuladores, redondos hijos del mal, que rellenan pinturas, invaden avenidas con sus estatuas e imaginaciones con las historias de sus hazañas, las cuales nos aterrarían si el que las intentara fuera el drogo de la colonia. Sin embargo, pareciera que, subconscientemente, aceptamos que exista un código moral para las personas normales y otro para los aquellos que consideramos “superhombres”.

En este mismo tenor y hace más de 100 años, Lord Acton explicaba que el poder tiende a corromper y el poder absoluto corrompe absolutamente. Los grandes hombres son casi siempre malas personas. De ahí que no hay que sorprendernos al comprobar que todos estos tiranos de concurso tenían, además de un notable talento para el homicidio, una igualmente febril disposición al centralismo, es decir, a la concentración de ese poder en sus personas o en su área de influencia directa.

Por esto mismo, son tan preocupantes las tendencias a la centralización institucional, existentes en la Unión Europea, en Estados Unidos e incluso en México (la centralización de la política impositiva, educativa, electoral, de la seguridad pública y de la procuración de justicia en materia penal), pues la concentración del poder multiplica los incentivos para que las personas sin escrúpulos lleguen a la cima, y al implicar la invasión de la libertad ajena, hace de la violencia el fuego que enciende su propia esencia, lo que a su vez corrompe el resto de su acción.

Por supuesto, Marvel y DC Comics no son los primeros en tratar el dilema del poder a través de la literatura. Lo expresó magistralmente J. R. R. Tolkien, tanto en “The Silmarillion”, como en la más conocida novela “The Lord of The Rings”. El anillo de poder, que concentra lo más parecido que en la Tierra Media podía existir al poder absoluto, es corruptor por su propia esencia y nadie puede escapar a sus efectos, ni siquiera cuando un líder como Isildur, cuya fortaleza no estaba en duda, lo toma para sí. Este poder absoluto no puede emplearse ni siquiera como medio de defensa, pues eventualmente transformará a dicha defensa en una nueva tiranía, incluso peor que la anterior. La historia humana, desde el Imperio Romano hasta el terror de Robespierre, nos recuerda que esto es cierto.

Así que, por una vez en la vida, Lex Luthor tiene razón: “¿Usted sabe cuál es la mentira más antigua de América, senadora? Es que el poder puede ser inocente”. Esta mentira vive en el corazón mismo de la justificación jurídica del Estado moderno, ya sea en términos de transparencia, auditorías internas e incluso el propio constitucionalismo. Parten de la base de que la bestia del poder puede atarse con lazos de papel y barrotes regulatorios. Incluso, en el mejor de los casos, podrán aparentemente domarla durante un tiempo, pero eventualmente esa bestia corromperá los mecanismos pensados para contenerla y los convertirá en parte de su monstruoso arsenal. Ese proceso ya está en marcha y sus primeros pasos son la centralización y la sobrerregulación.

Así que, las preguntas permanecen: ¿Podemos confiar en que aquellos superhombres a quienes colocamos en los tronos del poder público siempre actuarán para bien?¿Deben ser regulados?; y si lo son, ¿quién garantiza que los reguladores no serán corrompidos a su vez por el poder que ello implica? Quizá Superman tenga la respuesta. Por lo pronto, usted, amigo lector: ¿confía en los héroes de la Liga de la Burocracia?

Por cierto…

Maduro perdió en Venezuela, mientras que en México los inmaduros siguen insistiendo en imitar sus políticas. Ni a fuerza de colapsos entienden.

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* Las opiniones expresadas en esta columna son de exclusiva responsabilidad del autor y no constituyen necesariamente la posición oficial de yoinfluyo.com


 

 

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