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Uber se queda

El emprendedor y ensayista estadounidense Paul Graham escribió alguna vez que “Uber es algo tan obviamente bueno, que puede medirse qué tan corruptas son las ciudades basándose en con cuánta fuerza tratan de suprimirlo”. Y es que en todo el mundo esta empresa desata pasiones, exhibe lealtades y le planta cara al mito de la omnipotencia estatal. Ahora el debate llegó a León.


Análisis Social


Desde su fundación, hace apenas 6 años, en marzo del 2009, Uber inició una auténtica revolución en la industria del transporte y se ha expandido a más de trescientas ciudades en decenas de países, abriendo en todos ellos la puerta a un intenso debate, no sólo respecto a la industria de los taxis y las mafias que suelen controlarla, sino también sobre el papel que debe jugar el Estado en la economía y los desafíos que el avance tecnológico le presenta al viejo paradigma de regulación a través de las burocracias.

La economía de persona a persona tiene muchos rostros, que abarcan desde los archivos torrent, hasta la compra de artesanías a través de Etsy, los comentarios de usuarios reales sobre hoteles y ciudades en Trip Advisor o la contratación de profesionistas independientes por medio de Fiverr. Lo que tienen en común es que resuelven, en forma mucho más eficiente, los problemas de inequidad de información, que durante muchos años se plantearon como un pretexto para justificar la intervención del Estado, con el objetivo de evitar abusos.

En el caso del transporte, las regulaciones teóricamente pretendían garantizarnos un buen nivel de calidad y seguridad de los usuarios. En la práctica, los sistemas de concesiones fracasaron rotundamente en cuanto al servicio, pero persisten a nivel global porque son una atractiva moneda de cambio para el corporativismo político.

La realidad es que en prácticamente todo el país (y en la mayor parte del mundo) el servicio de taxi deja mucho que desear. En múltiples ocasiones resulta caro; se ofrece en unidades sucias, pestilentes y con serios problemas mecánicos, manejadas por conductores groseros y con pésima presentación. Por supuesto, también hay excelentes taxistas, que brindan una atención cordial y de alta calidad.

Entonces, el gran problema consiste distinguir a los buenos de los malos, porque de otro modo cada viaje es como una ruleta rusa. Uber resuelve este desafío en forma brillante, a través de la retroalimentación de los usuarios, que califican a sus choferes, un esquema similar al empleado por muchas otras empresas, como Craigslist, EBay, la ya citada Trip Advisor o Mercado Libre, siempre con muy buenos resultados.

En Uber u otras empresas similares, los conductores saben que la sustentabilidad de su negocio no depende de participar en las marchas a las que convoque el líder, o del pago de cuotas para mantener la campaña del político en turno, sino de los comentarios que emita cada uno de sus clientes. Esta traslación del centro de poder desde las burocracias hacia los individuos ha funcionado muy bien en otras industrias y tendrá resultados igualmente positivos en ésta, justamente eso es lo que preocupa a quienes durante décadas lucraron con el monopolio anterior.

Como toda buena idea, Uber se ha topado con un coro de detractores y defensores a ultranza del ancien régime que, sin importar el país de que se trate, lanzan básicamente tres acusaciones: Que Uber pone en peligro la seguridad de los usuarios, que no está sometida a regulaciones y que es una competencia desleal. Todas son falsas.

Dicen que Uber, al no requerir concesiones al estilo antiguo, pone en riesgo a los usuarios.

Esto es falso, de entrada, porque con Uber el pasajero sabe de antemano quién será su chofer y está armado con mucha información de la que tendría en un taxi normal y eso sin contar que las famosas “placas” de taxi son parte de un dinámico mercado negro.

Dicen que Uber, al no estar sometido a las regulaciones burocráticas, daría un servicio de menor calidad. 

Esto es falso, de entrada, porque para competir Uber necesita ser claramente mejor que la competencia, porque la empresa tiene sus propias regulaciones (limpieza, renovación de modelos, mantenimiento, etc.) que sí se cumplen, a diferencia de lo que sucede con buena parte de los taxis normales.

Dicen que Uber, al no estar sometido a las reglas escritas y tácitas de las mafias del transporte, representa una competencia desleal.

Esto es falso, de entrada, porque el servicio que Uber presta es “privado”, a diferencia del “público” que ofrecen los taxis y en segundo lugar porque nadie tiene, en buena conciencia, la obligación de ser leal a la manga de monopolios y grupos de presión que controlan la industria a nivel mundial. En todo caso, esa lealtad sería la de los mafiosos y el gran logro de empresas como Uber consiste justamente en eliminar por redundantes a los monopolios de este tipo.

Junto con esta tercera acusación viene la de que Uber provocará pérdida de empleos, lo cual es obviamente falso, porque, en todo caso, los de los nuevos choferes compensan a los previos. Además, si aplicáramos la ilógica de frenar el desarrollo para no afectar empleos, ¿cuál sería el límite? ¿Prohibir las computadoras para no quitarles chamba a los evangelistas del registro civil? ¿Eliminar los automóviles para traer de regreso a los tamemes? Llegando al extremo del ridículo, acabaríamos respaldando aquella parodia de la petición de los fabricantes de velas, quienes, ofendidos por la desleal competencia del sol y su luz gratuita, reclamaban (en la fábula de Bastiat) la intervención del gobierno, para proteger sus monopolios y generar empleos, a costa del resto de las personas.

Es cierto, la llegada de Uber implica sacar de zona de confort a muchas autoridades, empresas y grupos de presión; significa abrir los ojos al inicio de un nuevo mundo, en el que las interacciones voluntarias debilitarán cada vez más el poder central simbolizado por los gobiernos. Es cierto, es una revolución y como en todas, se cometerán errores. Quizá Uber, como Ford, se consolide en el liderazgo de una nueva industria o tal vez, como Napster, sus pifias se conviertan en las lecciones que aprenderán otras empresas para seguir transformando el futuro.

Lo que sí sabemos, lo que sí está claro, es que esta nueva forma de hacer negocios llegó con el respaldo de los tiempos y oponerse es cosa de necios, nostálgicos o nihilistas. Por eso, en León y México y en el mundo Uber se queda o todos perdemos.

Por cierto…

Para bien o para mal, Putin ha exhibido la blandenguería de Obama, mientras que en prácticamente todos los indicadores, externos e internos, la administración estadounidense se hunde entre la mediocridad y el franco colapso.

El caso de Barack, como el de Fox, nos recuerda que una buena campaña no es garantía de un buen presidente.

Es bonito votar con el corazón, pero sería mucho mejor hacerlo con la cabeza.

Personas libres y mercados libres

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* Las opiniones expresadas en esta columna son de exclusiva responsabilidad del autor y no constituyen necesariamente la posición oficial de yoinfluyo.com


 

 

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