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La cruda verdad

Qué buena estará la pachanga: los fuegos artificiales, las garnachas y el tequila que circularán con singular alegría por pueblos y ciudades de todo el país, con el motivo de celebrar nuestra independencia, que ganó el ejemplar sacerdote Miguel Hidalgo y Costilla tras una campaña triunfal, que comenzó la noche del 15 de septiembre en la parroquia de Dolores. En serio, qué buena fiesta.


Análisis Social


Sólo que, ya dejando atrás la alegría de las banderitas, los mostachos y el confeti, sustituidas el día 16 por el menudo, el Gatorade y el Alka Seltzer, resulta que hay varios problemas con esa narración que, palabras más, palabras menos, atesoran millones de mexicanos desde la época escolar.

En primer lugar, Hidalgo no fue un sacerdote ejemplar, como durante muchos años se le presentó a una generación tras otra de estudiantes; fue una persona inteligente, pero muy dado a la grilla y carente de disciplina personal, lo que se refleja con particular claridad en el hecho histórico de sus hijos y amantes. Esa misma falta de autocontrol, que en tiempos de paz provocaba embarazos, tras el inició de la guerra desencadenó masacres.

La “campaña triunfal” de Hidalgo fue muy breve y estuvo marcada por el asesinato sistemático de civiles inocentes, además del pillaje en contra de sus propiedades, algo que escandalizó al propio Ignacio Allende (quien tenía más conocimiento de la guerra y más sentido común, pero carecía del innegable carisma de Hidalgo). Las historias de asesinatos y de violaciones de mujeres e incluso niñas, en ciudades como Guadalajara o Valladolid –hoy Morelia– son de sobra conocidas, pero, curiosamente, ignoradas por la historia oficial. ¿Por qué no se les siguió un proceso a los prisioneros? –le preguntaron tras capturarlo–. “No era necesario, sabía que eran inocentes”, respondió Don Miguel. Sí, el mismo viejito buenaonda de los libros.

De entre todas estas agresiones, destaca por derecho propio la atroz masacre de la Alhóndiga de Granaditas, donde se refugiaron literalmente miles de civiles (incluyendo los amigos de Hidalgo, como el intendente Riaño) que fueron asesinados del modo más cobarde que pueda imaginarse por la turba al mando del cura de Dolores. Sí, ese al que le dicen “padre de la Patria”.

Embriagado por el poder, Hidalgo logró que lo nombraran primero “Generalísimo” y más tarde “Su Alteza Serenísima”. Pero, a pesar de los superlativos, el ejército insurgente bajo su mando hizo gala no sólo de crueldad, sino de absoluta incompetencia militar; su única “victoria” importante fue en el Monte de las Cruces, a finales de octubre de 1810, donde aventajaban por 30 a 1 a los realistas (sí, 30 soldados insurgentes por 1 realista).

Menos de 3 meses después, en el Puente de Calderón, el ejército de Hidalgo fue completamente aplastado por las tropas del general Calleja, a pesar de que los insurgentes tenían otra vez una ventaja obscena en el número de combatientes: casi 17 insurgentes por cada soldado realista; es decir, lucharon con ventaja de 17 a 1 …y perdieron.

Tras la derrota, comenzó la franca huida hacia el norte; a medio camino, el propio Ignacio Allende despojó a Hidalgo del ridículo mote de “Generalísimo de las Américas” –antes, incluso consideró envenenarlo– y poco tiempo más tarde ambos fueron capturados.

Aquí llega el más grave de los problemas que tiene la narración que millones de mexicanos han aprendido. Y es que, contrario a lo que les enseñaron, Hidalgo no logró la independencia. Cuando el ejército realista lo arrestó, la Nueva España seguía firmemente en manos españolas, y así permaneció durante una década más.

El principal de los seguidores de Hidalgo, José María Morelos, demostró mucho mayor talento militar y se mantuvo en pie de lucha hasta 1815; pero, tras su captura, cantó como Pavarotti y le dio a los realistas la información que necesitaban para desbaratar la mayor parte del movimiento, de modo que, en 1821, cuando Iturbide encabezó la independencia –lograda, por cierto, sin necesidad de un solo disparo–, el apoyo de los insurgentes, representados por Vicente Guerrero, era meramente testimonial.

La historia de Hidalgo, esa que comenzó no la noche del 15, sino la madrugada del 16 de septiembre, no terminó en victoria; concluyó en el vivo arrepentimiento de Don Miguel y su posterior ejecución. La masacre de la Alhóndiga, las ejecuciones y el pillaje, las atrocidades en Guadalajara y Valladolid, los desplantes totalitarios, todo fue en vano, todo fue para nada.

Por supuesto, la historia de bronce no es obra exclusiva de México; los mitos heroicos son una columna indispensable de las ficciones nacionales y todos los Estados modernos han construido figuras semejantes. El problema es que los mitos reflejan los valores y la identidad de los pueblos a los que representan y el mito de Hidalgo refleja muchos de los problemas nacionales de que tanto nos quejamos.

El diagnóstico general es que el país está en crisis. México –coinciden izquierdas y derechas– está sumido en la violencia, los asesinatos, la improvisación, el fracaso y la incompetencia, bajo el gobierno de líderes grillos y ególatras... pero celebran como "padre de la Patria" a un grillo ególatra, incompetente e improvisado, que encabezó a una turba violenta y asesina; que fracasó y fue derrotado rotundamente menos de un año después del grito de Dolores. Que no ganó nada y destruyó mucho.

Si a eso es a lo que aspiramos, ¿cómo sorprendernos con lo que vivimos?

No, Hidalgo no logró la Independencia, no logró nada. Su único legado fue el de alentar las fibras del odio, provocar el asesinato de miles de inocentes y hacerse enemigo de sus propios subalternos, antes de caer preso en medio de la triste huida. Esta es “la cruda” verdad. ¿Unos chilaquilitos?

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* Las opiniones expresadas en esta columna son de exclusiva responsabilidad del autor y no constituyen necesariamente la posición oficial de yoinfluyo.com


 

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