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Los infiernos arderán en casa

La migración es parte de la naturaleza humana. Actuamos buscando una mejoría en nuestra situación, con base en los valores y medios que construimos subjetivamente. Por ello, los lugares más prósperos siempre han atraído a quienes buscan una vida mejor y el continente europeo no es una excepción a la regla; de hecho, la propia sociedad europea que hoy conocemos es resultado de las migraciones masivas que marcaron los últimos años del imperio romano de occidente. No es algo nuevo.


Hermanos migrantes


Sin embargo, ahora, a la tradicional migración por motivos económicos, se suma el movimiento de cientos de miles de personas que escapan de la creciente violencia en el medio oriente y el norte de áfrica, asolados por grupos como ISIS, Al Quaeda o Boko Haram, que no sólo están cometiendo actos aleatorios de agresión, sino que destruyen las estructuras nacionales y la historia misma de los países donde atacan, borrando literalmente su pasado y su futuro. De ahí que el 50% de los refugiados que hoy llegan a las fronteras de la Unión Europea provengan de Siria y Afganistán.

Debemos entender que el arribo en masa de refugiados a Europa no es un fenómeno aislado, sino tan sólo el más reciente episodio de una crisis a gran escala que ya lleva décadas con un bajo perfil y que cada vez adquiere mayor relevancia, al grado de que en el mediano plazo puede desestabilizar las relaciones internacionales, darle el golpe de gracia a la Unión Europea e incluso alterar los equilibrios sociales y culturales de las naciones afectadas.

Las cifras son escalofriantes. De acuerdo con las Naciones Unidas, tan sólo en los primeros 8 meses del año, más de 2,500 personas se han ahogado en el intento de llegar a las costas de Grecia e Italia (sin contar a los miles que seguramente mueren del lado africano, antes de poder subirse a un barco) y un total de 300 mil han intentado el viaje en mar, casi un 30% más que en todo el 2014. A ellos hay que sumar las solicitudes de asilo que inundan a países como Alemania, que calcula recibir las peticiones de 800 mil refugiados tan solo durante el 2015.

Desesperados por detener a esta auténtica marea humana, países como Hungría están proyectando la construcción de muros en sus fronteras. Al mismo tiempo y alentados por el éxito de la retórica del miedo, los movimientos de corte nacionalista y/o fascista se fortalecen electoralmente en países como Francia, Inglaterra e incluso en Grecia. El desafío que implica este fenómeno será, junto con la crisis financiera, uno de los problemas que definirán el panorama político, al menos, durante la próxima década y las consecuencias podrían ser catastróficas.

La gran pregunta es ¿Por qué sucede esto? ¿Qué lleva a millones de personas a dejar atrás su hogar y aventurarse ante el mar embravecido sin más respaldo que la esperanza y sin más equipaje que el miedo? A la hora de construir respuestas y buscar culpables lo primero que se nos viene a la mente son las intervenciones militares encabezadas por Estados Unidos en Iraq y Afganistán, tras los ataques del 11 de septiembre, pero esa es sólo parte de la respuesta. La verdad es que Bush Jr. no fue, ni de lejos, el primer gobernante en meter las pistolas y las patas en dónde no le correspondía.

De hecho, la inestabilidad que durante el último siglo asoló al continente africano y se expandió hacia el medio oriente, tuvo su origen en buena medida con la conferencia de Berlín (1884) por medio de la cual las potencias europeas se repartieron África. Lo hicieron desde la arrogancia de sus despachos burocráticos, ignorando por completo la voluntad e idiosincrasia de los habitantes. Tribus milenarias quedaron divididas y grupos enemigos fueron integrados en un mismo país. El plan parecía maravilloso a los ojos de sus creadores, pero el resultado son las incesantes guerras que durante el Siglo XX y hasta la fecha han cobrado millones de vidas.

La recetita se repitió y empeoró tras el final de la Primera Guerra Mundial, con los acuerdos de repartición del imperio otomano, que originaron, entre otras cosas, la escalada de violencia entre musulmanes y judíos en los territorios ahora conocidos como Palestina, que a su vez derivó 4 guerras a gran escala y una situación de conflicto permanente hasta la fecha en la provincia de Gaza. Mientras tanto, del otro lado del atlántico, la administración Wilson se inventaba la idea de que los Estados Unidos debían promover la democracia en el mundo.

Ya en el Siglo XXI, y justificado en las mismas necedades del Wilsonianismo, llegó Bush Jr. para vendernos la guerra en Iraq con el pretexto de las armas de destrucción masiva y el de ganar las mentes y los corazones de los iraquíes a través de la democracia. Tuvo éxito en cuanto a derrocar el gobierno de Saddam, pero nunca entendió cómo administrar el país que había conquistado. Quitaron un tirano sólo para dejar crecer a otros. Lo mismo pasó en Afganistán. El plan una vez más les estalló en la cara.

Por cierto, mea culpa; En su momento yo apoyé la guerra de Iraq porque, al igual que buena parte de la derecha, creía que una política exterior fuerte y un gobierno “decente” que interviniera para preservar las buenas costumbres eran una buena idea. Si usted todavía cree que la solución está en manos del gobierno (de derecha o de izquierda) le recomiendo leer a Lord Acton, a Bastiat o a Murray Rothbard. A mí me abrieron los ojos.

De regreso a la política internacional norteamericana, Barack Obama es incluso peor que Bush. Su estrategia ha sido tan contraproducente que pareciera fallar a propósito, especialmente en el caso de la supuesta “primavera árabe” que, al igual que en Iraq, derribó a regímenes corruptos pero estables, para elevar en su lugar a otros gobiernos igual de corruptos, pero débiles o directamente colapsados. Especialmente claros son los casos de Libia y Siria, donde las administraciones de Estados Unidos y Europa operaron para derribar a dos gobernantes ciertamente negativos (Gadafi y Assad), pero una vez más sus bien diseñados planes fallaron, creando el caldo de cultivo para el surgimiento de ISIS, con las horrendas consecuencias que todos conocemos.

¿Cuál es la razón de que, prácticamente sin excepción, el intervencionismo de los gobiernos a nivel internacional termine en desastre?

La respuesta la encontramos en Mises y Hayek, quienes explicaron por qué la planeación económica a gran escala a través del gobierno es imposible. Dicha imposibilidad se debe a que la información necesaria para la toma de decisiones está dispersa en millones de personas y se actualiza permanentemente, por lo que ningún organismo central puede adquirirla y analizarla con la eficiencia necesaria, como lo demostró claramente el fracaso del modelo soviético y su comité de precios, conocido como Goskomtsen.

Este mismo principio aplica a la política. Entre más amplio es el espacio que alguien intenta abarcar, menor será la efectividad de su acción. Al llegar al plano internacional, las variables en juego son prácticamente infinitas y corresponden a la suma en eterno crecimiento de las acciones efectuadas por cada uno de los habitantes afectados, las cuales necesariamente rebasan incluso al mejor pensado de los modelos de política exterior. Las posibilidades de éxito empeoran cuando los expertos a cargo de diseñarlos piensan desde una cultura distinta a la de las naciones en las que intervienen. El diseñar políticas internacionales exitosas equivale a dar en el centro de un blanco en movimiento con una flecha lanzada a obscuras, mientras el arquero lleva las manos atadas en la espalda y monta un caballo desbocado.

Por eso, en palabras de Chesterton, refiriéndose al imperialismo británico “nunca es tan inadecuado como cuando es universal; nunca es tan limitado como cuando generaliza”. Por eso, cada vez que los expertos en política internacional “arreglaban” un problema, en realidad estaban creando 5 más y construyendo un auténtico nudo gordiano bajo el escudo de sus supuestos conocimientos. Sin embargo, esta imposibilidad no ha detenido a los gobiernos de intervenir con el mismo delirante frenesí, tanto en la vida de sus súbditos, como en la de los ajenos, acumulando fracasos hasta el punto del colapso.

Por supuesto, los supuestos expertos alegan en su defensa que tienen muchos doctorados de buenas universidades, pero el problema no reside en la ignorancia o estupidez de los políticos, sino en su soberbia para imaginar que, gracias a su puesto, postín y saber, pueden diseñar por sí mismos la realidad en la que vivirán millones de personas, tanto en el plano político como en el económico.

La soberbia ha encendido ya demasiadas hogueras y, tarde o temprano, esos infiernos arderán en casa.

Pregúntenle a los europeos.

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* Las opiniones expresadas en esta columna son de exclusiva responsabilidad del autor y no constituyen de manera alguna la posición oficial de yoinfluyo.com


 

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