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Mesías en barata

Carmen Aristegui con la banda presidencial. En esa sola imagen se resume buena parte de lo que está mal en la sociedad mexicana.


Libertad de expresión


Efectivamente, en diversos sectores hay un mayor interés por la vida política, pero desgraciadamente en muchos casos esta renovada participación carga un lastre de superstición, prejuicio y simplismo que alcanza extremos hasta grotescos.

Así lo podemos comprobar siguiendo el escándalo desatado por el despido de Aristegui, después de que Carmen anunciara la participación de MVS en el proyecto Mexicoleaks, sin haberlo consultado primero con la empresa. Ante su salida, se desbordaron los cauces emocionales de la izquierda.

En su columna de Regeneración, John Ackerman se refirió a la conductora con un nivel de melosidad y fanatismo digno de adolescente en un concierto de Justin Bieber: “Escuchar a Aristegui es un acto de rebeldía y de esperanza” y su programa es un “centro articulador para el pensamiento crítico en toda la nación”. Ni las groupies de los 70 lo habrían dicho con tanta devoción.

El señor Ackerman no está, ni de lejos, solo en su paroxismo. Apenas unas horas después de confirmarse el despido, surgieron por lo menos 15 páginas y grupos de Facebook dirigidos específicamente a promover la candidatura presidencial de Carmen Aristegui para el 2018, aunados a miles de tuits, comentarios y piezas de prensa proclamando la salida de Carmen como el fin de la libertad de expresión y el resultado de un macabro complot urdido por Peña Nieto (que a los ojos de la izquierda se transforma de pendejo a maquiavélico, dependiendo de lo que quieran criticarle).

Más allá de los motivos, justificados o no, de MVS para rescindir el contrato de su empleada y que seguramente se analizarán hasta la saciedad en las semanas por venir, considero que la principal enseñanza de este culebrón es que, muy a pesar de su tradicional rechazo a las religiones, la izquierda mexicana funciona como un culto, con sus profetas y sus espacios ceremoniales. El noticiero de Carmen Aristegui en MVS era uno de ellos, un “centro articulador para el pensamiento crítico”, comprendiendo que por ‘crítico’ se refieren exclusivamente a quienes están de acuerdo con ellos. A sus ojos, los demás somos herejes, somos “peñabots”, a pesar de que no apoyemos a Peña Nieto, pues en la tierra de los dogmas no hay espacio para nada más que los creyentes y los blasfemos.

La principal consecuencia de esta visión pararreligiosa es la constante búsqueda de un mesías, es decir, de un personaje cuyas virtudes están más allá del mundanal ruido, cuya palabra es verso de honestidad y cuyas acciones son ejemplo de perfección.

Durante años, el mesías fue Cuauhtémoc Cárdenas, cuya sola presencia bastaba para alcanzar la paz –temporal– entre las tribus del perredismo. Después, el trono de la salvación pasó a Andrés Manuel López Obrador, con todo y el Gólgota del desafuero, que le alcanzó incluso para formar su propio partido político.

Marcelo Ebrard y Miguel Ángel Mancera en algún momento estuvieron cerca de alcanzar ese nivel, pero colapsaron antes de lograrlo; y ahora, el nuevo mesías se llama Carmen Aristegui.

La razón de este mesianismo es que están convencidos de que todos los problemas del país se deben a que el gobierno está en las manos inapropiadas y, por lo tanto, basta con que un salvador honesto y sabio, un “rey filósofo”, llegue al poder, para que todos los males se transformen en felicidad.

Por supuesto, esta tentación no es exclusiva de la izquierda; la derecha también ha tenido sus redentores frustrados, de Carlos Salinas a Vicente Fox.

La mala noticia es que ambos están equivocados. El problema no se limita a quién se sienta en la silla presidencial (algo que muchos aprendimos a la mala tras el fiasco de Fox). El problema es la acumulación antinatural del poder, que corrompe y que atrae a los corruptos, pues multiplica los incentivos para que las personas sin escrúpulos apliquen a fondo sus “aptitudes”, al tiempo en que centraliza la toma de decisiones en una burocracia que es físicamente incapaz de contar con la información necesaria para tomar decisiones correctas.

Además, incluso si no roban, debido a que los funcionarios no resienten el costo de sus errores, son mucho más proclives a impulsar proyectos faraónicos, innecesarios o mal planeados, como el naufragio de la refinería en Hidalgo, cortesía de Felipe Calderón, o la malograda Línea 12 del Metro, orgullo de Marcelo Ebrard.

En pocas palabras, el problema no es sólo que su ídolo se llame Carmen Aristegui (o AMLO o Cárdenas), sino que esa esperanza en “el salvador plenipotenciario” está condenada al fracaso.

La solución no es un amo bondadoso en Los Pinos, sino una reducción del poder gubernamental que alimenta un ciclo interminable de corrupción. Si no entendemos eso, el país irá de una decepción a otra, aunque los mesías estén en barata.

garibaycamarena.com

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