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La fuerza de la razón es Pro-Vida

Los números son escalofriantes. En menos de 8 años, más de 133 mil personas han sido asesinadas en el Distrito Federal, bajo el aplauso y la complacencia de las autoridades locales.


Por la defensa de la vida


Estas cifras, dignas por su magnitud de una guerra civil, son el macabro resultado de la profunda degradación del poder público, que niega la natural preeminencia de la vida como un derecho fundamental de todo ser humano y, por lo tanto, una de las tres cosas que, como señala Frédéric Bastiat, deben proteger las leyes (las otras 2 son libertad y propiedad).

Desgraciadamente, en palabras del filósofo francés, las leyes están pervertidas, al grado de que las han hecho actuar en oposición directa a su verdadero fin. Son las leyes convertidas en herramientas para aniquilar la misma justicia que debían establecer y, mientras el debate acerca del derecho a la vida llena ríos de palabras, los abortorios alimentan ríos de sangre.

El punto es que, muy a pesar de los intentos de los mediocres, hoy por hoy, no hay una argumentación que ganar, pues el tema está resuelto. Cualquier discusión razonable que pudo haber tenido lugar hace 60, 50 o 40 años, ha quedado complemente superada por los avances en la genética y la medicina.

Sabemos que, desde el momento de la concepción, hay un cuerpo distinto al de la madre, una nueva vida humana, única e irrepetible; y el acabar con esa vida humana, es asesinato. Por ende, el aborto es un asesinato puro y simple. Fin de la discusión.

Hay que repetirlo una y mil veces: la vida humana empieza en la concepción, este es el hecho científico, esta es la realidad, por más que los pro-aborto quieran negarla y esconderla detrás de disertaciones filosóficas que son tan redundantes como innecesarias.

Nadie discute filosóficamente sobre si es de día o es de noche; y si alguien se pone a decir que a las 10 de la mañana es la media noche, no lo tomamos en serio, tratando de convencerlo de lo obvio, simplemente lo consideramos un loco. Igualmente locos están quienes niegan lo evidente: el aborto es un asesinato y, por supuesto, tratar de ganarle una discusión a los locos es una necedad.

Si yo le dijera, estimado lector, que soy el verdadero Rey de Inglaterra, pero una malvada conspiración global me arrebató el trono y lo reto a que me convenza de lo contrario, verá que es imposible, porque a cualquier argumento que usted ponga sobre la mesa para probar mi error (análisis de ADN, libros de historia, videos, etc.), le replicaré que se explican como parte de la malvada conspiración, y caeríamos en un interminable diálogo de sordos.

Algo similar ocurre con el aborto: La ciencia es objetiva, clara y contundente; pero, incluso si usted le pone los mejores argumentos enfrente, los pro-aborto los van a rechazar. ¿Por qué? Bueno, porque, o están locos, o les conviene hacerse los locos.

Ellos necesitan del aborto para sostener su visión del mundo y se aferrarán a ésta, aun a pesar de ir contra la verdad. Como bien lo señala la columnista norteamericana Ann Coulter, el progresismo es una religión y el aborto uno de sus sacramentos. Es uno de sus dogmas y no puedes discutir con un dogma; o lo tomas o lo dejas, no hay puntos intermedios, no hay discusión posible.

La pregunta entonces es el porqué, siendo una locura, el movimiento pro-aborto tiene tantos seguidores y parece contar con una gran respetabilidad “intelectual”.

La respuesta es que la legalización del aborto es una condición indispensable, tanto para la “ingeniería social” que impulsan los gobiernos, como para la vida licenciosa moderna, pues, teóricamente, le permite a las personas escapar a las consecuencias de sus actos, en este caso, del sexo.

Socialistas de izquierda y derecha promueven el aborto desde los gobiernos, como una herramienta para construir sus utopías a costa de un mar de cadáveres (el caso más claro es el de la “política de un hijo” impuesta por los comunistas en China).

Al mismo tiempo, se benefician del aborto las compañías alcoholeras y farmacéuticas, la industria del entretenimiento nocturno, la industria pornográfica, las redes de prostitución y, por supuesto, los medios de comunicación, incontables empresas, legales e ilegales, que obtienen ganancias multimillonarias a partir de la explotación de la sexualidad, a la que presentan como un producto sin consecuencias.

Hay que defender el negocio y, por ello, los medios de comunicación abandonan todo resabio de objetividad al tratar este tema, asumiendo, para justificar esta práctica, estrategias y argumentos verdaderamente ridículos, que jamás mencionarían en relación a cualquier otro asunto.

Y la siguiente pregunta es: ¿Pueden los medios de comunicación imponer en la sociedad una actividad o una idea absurda y peligrosa, que va contra la más mínima lógica y contradice el más básico sentido común? Basta ver un video de Lady Gaga o, menos aburrido, consultar el horóscopo.

Hoy en día, más gente conoce su “signo” del zodiaco que su tipo de sangre y, gracias a la incesante publicidad mediática, millones de personas guían sus decisiones con base en los efectos imaginarios que los astros tienen sobre su vida. Lo mismo ocurre con el aborto, la gente lo apoya porque se los dijo el títere televisivo de turno.

Una vez colando las racionalizaciones, el argumento de los pro-aborto consiste en que, si hay una vida cuya existencia limita su confort, tienen derecho a terminar con ella (aunque lo disfracen, porque no consideran que sea políticamente correcto ponerlo en una pancarta, o quizá no han encontrado un eslogan que rime). Al final del día es simple y llano egoísmo; es locura.

Como un ejemplo más, no podemos dejar de lado el famoso caso de las tortuguitas: nadie habla de que los huevos de tortugas sean una “potencia” o de que no tienen desarrollado el sistema nervioso o de cualquiera de los otros “argumentos” que usan los “progresivos” para impulsar el aborto. Quien robe un huevo de tortuga marina se va derechito a la cárcel.

Si usted le comenta esto a un pro-aborto, y lo presiona durante unos minutos, eventualmente le responderá que hay una diferencia, porque las tortugas están en peligro de extinción; en cambio, gente hay mucha, y entonces no hay problema con matarla. Es, o locura, o maldad.

De la misma forma, todo el debate sobre el derecho a la vida contra los derechos de la mujer es simplemente ocioso, porque tan mujer es la madre embarazada como la hija que lleva en su vientre, y tanto derecho tiene una como la otra sobre “su” cuerpo. La libertad empieza en la concepción, Punto.

Que quede bien claro. No existe una discusión real sobre si el aborto es o no un homicidio y lo que se nos presenta como argumentación en este tema es, en realidad, el intento desesperado de los pro-aborto por racionalizar su aprobación del asesinato de quienes les estorban.

No hay duda, no necesitamos un debate para probarlo. Nosotros tenemos la razón, ellos están equivocados y no tenemos necesidad de disculparnos por estar en lo correcto.

No se trata de dialogar para encontrar la Verdad, pues la Verdad es tan clara como la diferencia entre medio día y media noche. Entonces, lo que debemos hacer es dejar de seguir el juego de los pro-aborto y dirigirnos directamente a la gente que todavía no ha decidido su postura sobre este tema, a quienes han sido engañados por la prensa, a quienes actúan de buena fe, para ganar, con la fuerza de la razón, el único debate que verdaderamente importa: el de las urnas y las encuestas. Lo demás, es verso.

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