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La solución es abrir las fronteras

“En lugar de hablar sobre levantar una cerca ¿por qué no trabajamos en el reconocimiento de nuestros problemas mutuos (de Estados Unidos y México)? Hagamos posible que ellos (los inmigrantes) vengan aquí legalmente con un permiso de trabajo y, entonces, mientras están trabajando y ganando dinero, pagarán impuestos aquí. Cuando quieran regresar, podrán hacerlo. Podrán cruzar. Abrir las fronteras en ambos sentidos”.


El fin del Partido Demócrata


No, no se trata de un extracto del discurso de Barack Obama, quien el pasado 20 de noviembre se abrazó al tema de la migración ilegal para dar un golpe de mano, como parte de un intento desesperado de rescatar su presidencia de ese obscuro abismo de descrédito en la que se ha sumido su administración, especialmente tras la derrota aplastante del partido Demócrata en las recientes elecciones intermedias.

No, la reflexión es del líder más importante del Partido Republicano en el siglo XX: Ronald Reagan, y la dijo nada menos que en Texas, bastión del conservadurismo estadounidense, durante un debate realizado el 23 de abril de 1980, como parte de la elección interna de los republicanos, de la cual el propio Reagan emergió como candidato presidencial.

Ya como presidente de Estados Unidos, Ronald Reagan trabajó para cumplir con su palabra. Por principio de cuentas, le tendió la mano y le dio un lugar importante al entonces presidente mexicano José López Portillo, reparando en buena medida las relaciones que se habían fracturado durante el caótico cuatrienio de Jimmy Carter.

Más adelante, impulsó un proceso conocido como “amnistía” que le permitió a millones de inmigrantes ilegales –la mayoría de ellos mexicanos– acceder al estatus legal y eventualmente a la ciudadanía. Además, el impulso de Reagan a los principios de libre mercado sentó las bases para que su sucesor, George Bush padre, firmara el Tratado de Libre Comercio con México y Canadá.

Desde entonces, el tema de libre tránsito de personas, como complemento al libre tránsito de mercancías –a semejanza de lo que ocurre en la Unión Europea– ha sido la manzana de la discordia en la política gringa y el sueño inalcanzable de más de algún político mexicano, en especial Vicente Fox, quien solía soñar, emocionado, con una “enchilada completa”… que los ataques del 11 de septiembre y la paranoia –justificada o no– de la amenaza terrorista, convirtieron en simple polvo pica pica, causando comezón en ambos lados de la frontera.

Ahora, 34 años después de aquella declaración de Ronald Reagan, pareciera que el tema migratorio está condenado al estancamiento permanente, aun con el tan publicitado mensaje de Obama, que Marc Thiessen, en el Washington Post, calificó acertadamente como un “ardid cínico”, apuntando que es una mera agresión política a los republicanos, y que, si en realidad él creyera una sola de sus palabras acerca del sufrimiento de los migrantes, no promovería una acción ejecutiva que, además de ser inconstitucional, cierra la puerta a cualquier posibilidad de alcanzar una reforma migratoria en los próximos años.

¿Cuál es el problema? El estatismo demagógico

Una buena parte del Partido Republicano –políticos y líderes de opinión– ha asumido un posicionamiento mucho más agresivo en contra de los migrantes ilegales, porque es una forma fácil de “galvanizar a su base”, es decir, de unir a sus seguidores, obtener aplausos, ganar las elecciones internas y asegurarse el triunfo en los distritos dominados por su partido.

Ellos saben que, a mediano y largo plazo, esa estrategia es muy peligrosa para el país y suicida para su propio partido. Pero, ¡hey!, ése es un problema para los estadounidenses del futuro y, para entonces, los periodistas y candidatos que hoy abrevan del recelo antinmigrante ya se habrán llenado los bolsillos y los egos y estarán muy a gusto escribiendo sus memorias en la Riviera francesa.

Los Demócratas han dominado el arte de enjugarle el dedo en la boca a los hispanos, dándoles palmaditas en la espalda, llevando a los Tigres del Norte o a Paulina Rubio a sus convenciones, ofreciéndoles cosas gratis y, en pocas palabras, tratándolos de un modo muy similar al que ya estaban acostumbrados con el PRI o con la clase política dominante –siempre socialista y/o mercantilista– de sus países de origen.

Los gobiernos de México han convertido en una bandera política a “nuestros hermanos migrantes” y se disfrazan de sus protectores, porque el dinero de las remesas es una red de seguridad que ha permitido sostener al país a pesar de las torpezas, el populismo y el desperdicio que caracteriza al sistema partidista. Por eso los alaban y por eso denuncian con tal pasión el “muro de la vergüenza”, mientras eternizan en nuestro país las condiciones de intervención estatal, corrupción e incompetencia que han obligado a millones de personas a buscar un nuevo horizonte más allá del Río Bravo.

Muchos hispanos también caen en la demagogia, al aferrarse –parafraseando a Revel– a la “obsesión antiamericana” que forma parte de la idiosincrasia de América Latina, lo que los lleva a una situación de auténtica esquizofrenia política donde, por un lado, reconocen y agradecen las oportunidades que han obtenido en Estados Unidos, pero, al mismo tiempo, detestan el “imperialismo” norteamericano, el “American way of life” y la cultura de los “gringos” que hizo posible ese mismo ambiente de oportunidades, que nunca hubieran disfrutado en Latinoamérica.

El resultado es que, sin darse cuenta, los migrantes apoyan en Estados Unidos el “establisment” de los mismos vicios e instituciones que causaron la ruina de sus países y que los obligaron a emigrar, arriesgando incluso la vida, años atrás.

Por eso, los hispanos permanecieron mayoritariamente fieles al Partido Demócrata (65%), a pesar de que la administración Obama ha sido un completo desastre y, por cierto, no sólo les falló al no aprobar la reforma en los años en que controló al Congreso, sino que resultó más agresiva en el tema de las deportaciones que cualquier gobierno anterior. Nadie, incluyendo a los presidentes republicanos, ha tenido tanto éxito deportando migrantes como Barack Obama. Aun así lo quieren y siguen votando por él, repitiendo el patrón que vemos en México con el PRI.

¿La solución? Simple, no sencilla, pero simple: Libre Mercado. Libre interacción.

El hecho es que Reagan tenía razón hace 34 años: en lugar de levantar barreras, la solución consiste en derribarlas, en permitir el libre tránsito de mercancías y la colaboración voluntaria entre las personas.

“Abrir las fronteras en ambos sentidos” significa consolidar los avances del TLC con una auténtica zona de libre comercio, no sólo para los productos, sino para los servicios. Significa poner un alto al paternalismo que corrompe la vida social, la somete al Estado y la lleva necesariamente al conflicto con el Estado vecino.

“Abrir las fronteras en ambos sentidos” significa (con perdón anticipado por las generalizaciones) superar nosotros la obsesión antiamericana con la que nuestros gobiernos nos han manipulado por décadas y entender que estar cerca de Estados Unidos no es una maldición, sino todo lo contrario, es la oportunidad que todas las naciones del mundo nos envidian en secreto.

“Abrir las fronteras en ambos sentidos” significa también que los gringos superen de una vez su desprecio latente por lo mexicano y entiendan que tenernos como vecinos no tiene que ser una carga, puede ser la ventaja competitiva para mantener el liderazgo en el siglo XXI. Significa que los mexicanos aprendamos a respetar las costumbres y a imitar la disciplina que los llevó al éxito, en lugar de envidiarlos desde nuestro tradicional desmadre.

Significa, en el fondo, que respetemos los 3 derechos fundamentales: vida, libertad y propiedad. Lo demás, con un poco de perseverancia y buena voluntad, se irá dando por sí mismo. La clave es abrir las fronteras. Las personas harán lo demás.

Por cierto…

No le digan a nadie, pero "tumbar" a Enrique Peña Nieto significa abrirle la puerta al caos o, de rebote, al autoritarismo... cof... cof... Beltrones... cof... cof… ¿en serio eso quieren los activistas?

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