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Unas medallas que cuestan mucho oro

Las Olimpiadas de Río pueden marcar un giro en la popularidad de los Juegos. En lugar de un anfitrión entusiasta y orgulloso de recibir a sus huéspedes de todo el mundo, da la impresión de que una buena parte de los cariocas –sobre todo las clases más populares– no sienten este evento como suyo. No lo ven como una oportunidad, sino como algo agobiante.


Brasil; Juegos Olímpicos, caros


El descontento se manifiesta en críticas por el elevado gasto, en el vandalismo contra símbolos olímpicos, en el temor a atentados en una ciudad militarizada. El clima es muy distinto al de hace siete años, cuando Río ganó la organización de los Juegos Olímpicos y el triunfo se celebró como una fiesta nacional. Entonces, Brasil era la economía emergente por excelencia, el precio del petróleo estaba por las nubes y se habían descubierto nuevos yacimientos offshore. Ahora el país sufre su peor depresión económica, el precio del petróleo se ha hundido y la presidenta del país está suspendida.

En estas condiciones, cuando tantos están sintiendo en sus bolsillos el efecto de la crisis, resulta más difícil que el ciudadano medio acepte sin críticas el alto costo de los Juegos. Los políticos siempre dicen que organizar las Olimpiadas es una inversión que potenciará la economía local. Los economistas son mucho más escépticos, y recuerdan que los balances de la gran mayoría de las Olimpiadas han sido negativos desde el punto de vista económico (cfr. Aceprensa, Mucho circo y poco pan).

La herencia suele ser una elevada deuda que resulta difícil liquidar, infraestructuras deportivas desmesuradas que no siempre sirven para la actividad habitual y cuestan millones en mantenimiento, elevación del precio de la vivienda en los barrios reformados, lo cual aumenta la desigualdad… Es cierto que quedan hechas infraestructuras de transporte y reformas urbanas que darán su fruto, pero el efecto neto en la creación de empleo y en la renta es más bien escaso. El mensaje de los economistas es que una ciudad puede organizar unas Olimpiadas en busca de prestigio, pero no porque vaya a resultar una inversión rentable.

Según estimaciones, Brasil gastará en los Juegos unos 11 mil 600 millones de dólares, después de haberse gastado otros 15 mil millones como organizador del Mundial de Fútbol hace dos años. En comparación, los Juegos de Londres en 2012 costaron 15 mil millones y los de Pekín, 40 mil millones. Pero no es lo mismo el esfuerzo que supone para una economía próspera como la del Reino Unido, que para otra en crisis como la de Brasil.

Más allá del caso brasileño, lo que está en cuestión es la razón de ser de ese desmesurado gasto en este tipo de eventos. El lema olímpico “Citius, altius, fortius” (más rápido, más alto, más fuerte) parece haber dado paso a una política deportiva regida por el signo de “Más grande, más largo, más caro”.

Hasta hace poco la población solía compartir y apoyar el entusiasmo de los organizadores de los Juegos. Pero cada vez más gente se pregunta si con ese dinero no se podrían haber atendido necesidades más básicas, en infraestructuras y servicios que beneficien directamente a la población (lo que los economistas llaman “costo de oportunidad”). En Brasil las protestas contra el despilfarro en gasto deportivo surgieron ya en el Mundial de Fútbol y se han vuelto a repetir con los Juegos Olímpicos.

También es significativo que haya menos ciudades candidatas a organizar unos Juegos para los que el Comité Olímpico Internacional exige condiciones cada vez más elevadas que incluyen 45 mil plazas hoteleras, un aeropuerto internacional, una Ciudad Olímpica para 16 mil 500 personas, nuevos estadios…

Si hasta ahora las ciudades candidatas trataban de convencer al Comité Olímpico Internacional, a partir de ahora tendrán que empezar por persuadir a sus propios ciudadanos.

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