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Y aún dicen que las armas no matan

Las matanzas a tiros en Estados Unidos responden a distintos motivos, de los que el terrorismo es el menos frecuente. Aunque no es fácil extraer conclusiones generales, al examinar las más graves se ve la posible influencia de trastornos psíquicos y, sobre todo, la facilidad para obtener armas.


EU; matanzas; trastornos psíquicos


Las diez mayores matanzas se dieron a lo largo de 50 años, de 1966 hasta hoy (ver tabla, abajo). Suman en total 222 víctimas mortales. La peor es la de ayer en la sala de fiestas gay “The Pulse”, en Orlando (Florida), con 49.

Fueron perpetradas por 12 autores en total (11 hombres y una mujer), que murieron también: siete se suicidaron y los demás fueron abatidos por la policía. Solo cuatro de ellos habían cumplido 30 años; los demás tenían entre 17 y 29.

Asesinos de casa

Los controles de inmigración que propone Donald Trump no los habrían parado. Sólo dos de los 12 eran extranjeros: un surcoreano y una paquistaní, ambos con permiso de residencia permanente. Había además un vietnamita nacionalizado. Los nueve restantes eran estadounidenses y nacidos en el país, y de ellos solo tres tenían padres de origen extranjero: el de Orlando, afganos; el de San Bernardino, paquistaníes, y el de Killeen, padre suizo.

Tampoco se puede decir que los doce fueran sujetos sospechosos que deberían haber estado vigilados. Solo uno, el de Binghantom, tenía antecedentes penales, por fraude; otro más, el de la Universidad de Texas, había sido multado por caza furtiva. El de San Ysidro había sido denunciado una vez a los servicios sociales por violencia doméstica. Al último, de Orlando, el FBI le había interrogado dos veces por sus relaciones con extremistas islámicos, pero concluyó que eran muy remotas. En los demás, había a lo sumo muestras de trastornos psíquicos o de ideas o comportamientos extraños.

Lobos solitarios

Ocho de las diez matanzas fueron perpetradas por una sola persona. Las que tienen dos autores parecen las más cuidadosamente planeadas. En ambas hubo terceros que facilitaron –sin saber que eran para un crimen– algunas de las armas empleadas. Los dos alumnos de Columbine School (Colorado) que en 1999 mataron a 13 compañeros y profesores eran menores de edad cuando se propusieron adquirir las armas, y recurrieron a otro que ya había cumplido los 18. Syed Farook y Tashfeen Malik, el matrimonio que asesinó a 14 personas en San Bernardino (California) en diciembre pasado, usaron dos fusiles que un pariente les había comprado (además de dos pistolas adquiridas legalmente por Farook).

En otros tres casos (Orlando, Virginia Tech y Binghantom), hay signos de premeditación, por cuanto los autores adquirieron al menos algunas de las armas poco antes para usarlas en los crímenes. Los demás emplearon armas que ya poseían.

Más trastornos psíquicos que terrorismo

Los motivos no siempre están del todo claros. Los asesinos de San Bernardino eran terroristas, y el de Orlando posiblemente también, aunque su vinculación con el Estado Islámico no es segura y es en cambio patente su odio antigay. Tres (los de Killeen, Edmond y Binghantom) quizá actuaron por despecho. El del Virginia Tech obró bajo el influjo de una grave enfermedad mental. También en los otros debieron de influir trastornos psíquicos o de personalidad.

En cuanto a las armas, se habla mucho del fusil semiautomático AR-15 (versión civil del famoso M-16), usado en las dos últimas matanzas, las de San Bernardino y Orlando. Pero solo se ha empleado en una más, en Newtown (2012). Otras cuatro se cometieron solo con pistolas, y entre ellas están la segunda (Virgina Tech) y la cuarta (Killeen) más mortíferas. Entre las armas largas utilizadas en las demás había fusiles, carabinas y escopetas.

Todas habían sido adquiridas por los asesinos de manera legal, excepto en tres casos: los ya mencionados de San Bernardino y Columbine, y el de Newtown. En este último, el asesino, de 20 años, empleó un fusil que era de su madre, a quien lo quitó después de matarla.

Armas al alcance de la mano

Esto se diría lo más decisivo. En cualquier país puede haber extremistas, inflamados por la propaganda del Estado Islámico o Al Qaeda, y si actúan solos, sin infraestructura ni contacto directo con las organizaciones terroristas, pueden cometer un atentado sin que se les haya detectado antes. Puede haber enfermos mentales con tendencias peligrosas. Puede haber jóvenes fascinados por la violencia, como los dos de Columbine. O gente que reaccione de manera agresiva cuando se considera maltratada, como el vigilante despedido en San Ysidro, el cartero reprendido por sus superiores en Edmond, o el inmigrante nacionalizado que se siente rechazado (Binghantom).

En cualquier parte debe de haber personas como esas, que pueden causar estragos si tienen con qué. Pero en pocos países fuera de Estados Unidos hay tantas armas de fuego (unos 300 millones) y tan fáciles de obtener.

La National Rifle Association (NRA) siempre dice que no matan las armas, sino los criminales, y la solución es que la gente honrada tenga armas para defenderse si aparece un asesino. Así pues, habrían de ir armados los jóvenes a una fiesta, los profesores al colegio, los estudiantes a la universidad, y en general los asalariados a sus puestos de trabajo.

En la práctica, lo que los estadounidenses honrados suelen hacer con armas de fuego no es abatir asesinos, sino suicidarse: 21.175 lo hicieron en 2013, lo que supone más de la mitad de los suicidios totales.

También se podría decir que los calmantes opiáceos no matan: se matan quienes abusan de ellos, que en Estados Unidos fueron unos 12.500 en 2014. Sin embargo, en este caso se reconoce que las recetas de tales analgésicos se han dado demasiado alegremente, hasta cuadruplicarse en quince años, y las autoridades sanitarias urgen a limitarlas. Quizá lo consigan: por fortuna, no hay una NRA del opio.

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* Las opiniones expresadas en esta columna son de exclusiva responsabilidad del autor y no constituyen necesariamente la posición oficial de yoinfluyo.com


 

 

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