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Prisioneros de la taberna

Hace veinticinco siglos, Platón describió la naturaleza humana con una hermosa alegoría: el mito de la caverna. Los hombres son prisioneros en una cueva subterránea; allí, de espaldas a la entrada, solo pueden ver las sombras que proyectan en la pared del fondo los objetos que pasan sobre sus cabezas. Atados de pies y manos, sin poder jamás torcer el cuello, viven esos cautivos, condenados a no ver otra cosa que los reflejos de la verdadera realidad.


En familia; Platón, caverna


La costumbre se torna impotencia: esos pobres encadenados, que no han visto nunca otra cosa que las siluetas en la pared, no pueden imaginar que todo es un engaño y que existen cosas que no son sombra. Su condena tendrá fin cuando alguien los desate y les enseñe el camino de salida.

Parece que en pleno siglo XXI la época de las cavernas queda ya muy lejos y que el hombre se encuentra no sólo fuera de la oscura gruta, sino que camina a plena luz y son sus pasos los que crean su destino. No obstante, ciertas actitudes, comportamientos y formas de vida del hombre actual, parecen indicar que no hemos salido todavía a la luz.

Un caso de este presidio cavernario se da en esos miles de jóvenes que únicamente saben divertirse bebiendo o consumiendo drogas, que necesitan emborracharse para pasarlo bien, que viven “la fiesta” como “prisioneros de la taberna”. Su presidio consiste en que no son capaces de encontrar otra alternativa; su esclavitud radica en que no saben divertirse sin llegar a ese “punto”; sus cadenas no son otras que su propia impotencia, su dejarse llevar por la corriente, su miedo a ser ellos mismos.

El alcohol y las drogas suponen una forma fácil de conseguir emociones fuertes, estimulación continua y desinhibición. Ese ciego impulso hedonista les lleva a encadenarse en el fondo de la caverna, donde permanecerán entre tinieblas hasta que alguien les rescate y les lleve a la luz.

¿Quién sacará a esos jóvenes de la caverna? ¿Quién romperá sus cadenas? ¿Quién les orientará hacia la luz? Lógicamente, son ellos mismos los que tienen que hacerlo; sin embargo, dada la profundidad de la gruta, necesitan la ayuda, en primer lugar, de sus padres, y, en segundo lugar, de la sociedad.

Pero, por lo que se ve, ni los padres ni la sociedad se atreven a descender hasta el fondo de la caverna. Les reclaman desde fuera con una voz que apenas pueden oír, utilizando “razones higiénicas”, es decir, apelando a la seguridad en la conducción, a la salud personal, a la responsabilidad cívica, pero las voces no tienen fuerza suficiente para llega hasta el interior de la “taberna”, donde el ruido, la música, la diversión, ensordecen el ambiente.

Las razones que utilizan los mayores (padres, educadores, agentes sociales) han demostrado su ineficacia, son argumentos demasiado débiles para romper las férreas cadenas que atan a esos jóvenes. Ellos necesitan argumentos fuertes, necesitan principios éticos (no solo cívicos, estéticos o higiénicos) para emerger del abismo.

Para andar por el mundo, no basta con un código de circulación, sino que hay que entrar en la órbita de la ética, donde el hombre encuentra razones para actuar y energía para salir de la caverna.

Deberíamos hacer como Sócrates, que hablaba con los jóvenes y les daba alternativas vitales. Sólo así podremos prestar alguna ayuda a los actuales “prisioneros de la taberna”.

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* Las opiniones expresadas en esta columna son de exclusiva responsabilidad del autor y no constituyen necesariamente la posición oficial de yoinfluyo.com


 

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