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De “padres helicópteros” a “padres drones”

Los llamados “padres helicópteros” son aquellos padres controladores –en inglés se conocen como overparenting o hiperparenting– que están al servicio permanente de sus hijos, revoloteando sobre ellos, llevando a cabo una vigilancia constante. Están en alerta continua, preparados para entrar en acción de forma inmediata cuando perciban que alguna de las necesidades o caprichos de sus hijos quedan desatendidos. El resultado suele ser, como es de esperar, niños sobreprotegidos, que nunca han probado andar solos, que nunca se han caído y que se han acostumbrado a tener un “helicóptero” sobre sus cabezas, niños dependientes, inseguros, caprichosos…


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Pero los “helicópteros” no pueden llegar a todas partes, hay lugares y momentos en los que los padres no pueden estar pilotando y se ven obligados a “abandonar” a sus hijos; por ejemplo, en el colegio. En tales situaciones de falta de cobertura, los “padres helicópteros” han desarrollado un nuevo modelo para seguir vigilando a distancia, se trata de los “padres drones”.

Cristina Gutiérrez Lestón, codirectora de la escuela La Granja y autora de “Entrénalo para la vida” (Plataforma), un libro que nos enseña cómo ayudar a nuestros hijos a poner en práctica las emociones, habla, en una carta publicada en el diario La Vanguardia, de las características de esos “padres drones” que se las arreglan para controlar a sus hijos desde la distancia cuando ellos no pueden estar físicamente. Según Cristina Gutiérrez Lestón unos “padres drones” serían aquellos que:

* Quieren decidir con quién se sienta su hijo en clase.

* Piden al profesor que no permita que un compañero se acerque a menos de diez metros de su hija.

* Solicitan que el maestro justifique por qué se cayó su pequeño en el patio.

* Deciden qué días se deberían poner los deberes para combinarlos con las actividades extraescolares de la familia.

* Creen a sus hijos antes que al profesor.

* Exigen que en los campamentos de dos días se les lave el pelo con champú y suavizante.

Cristina Gutiérrez Lestón se pregunta cómo debe sentirse un niño o una niña con unos “padres drones”, sabiéndose observado continuamente, sin posibilidad de equivocarse ni de probar qué es eso de la libertad. Pero también se pregunta cómo debe sentirse el profesor o la profesora, siempre en el punto de mira, siempre con alguien dispuesto a apuntar el más pequeño desliz para, si fuera el caso, llevarlo al grupo de WhatsApp de la clase, a los periódicos o a los tribunales.

La hipervigilancia es amor mal comprendido, genera agobio en los hijos e incomodidad en los profesionales, dos situaciones emocionales que no favorecen la interacción educativa.

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* Las opiniones expresadas en esta columna son de exclusiva responsabilidad del autor y no constituyen necesariamente la posición oficial de yoinfluyo.com


 

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