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“Juan Pablo II animó a Mons. Romero a trabajar por la paz”

“El día en que Juan Pablo II humilló a Mons. Romero”, es el titular que ciertos medios de escasa objetividad publicaron justo cuando El Salvador celebró la beatificación del arzobispo, asesinado el 24 de marzo de 1980. Sin precisar fuentes –¿quién estaba en el despacho papal para contarlo?–, se menciona el “desdén” del Pontífice polaco hacia el pastor salvadoreño cuando éste le refirió la cruda situación de los derechos humanos en su país a finales de los 70. Una persona muy cercana a Romero ofrece, sin embargo, una versión diametralmente opuesta.


Sínodo de la familia


“Juan Pablo II no estigmatizó a Romero en modo alguno. Su primer encuentro fue inesperado, y el segundo, muy amigable”

Mons. Jesús Delgado, hoy Vicario General de la Arquidiócesis de San Salvador, era entonces secretario personal de Mons. Romero. En estos días tan ajetreados, conversó con Aceprensa sobre los encuentros entre Juan Pablo II y el arzobispo de San Salvador, y sobre algunas de las circunstancias que rodearon su asesinato. De hecho, por muy poco, el asesinado hubiera podido ser él…

–Se dice que, en visita a Roma, Mons. Romero “madrugó el domingo” para estar en primera fila en la plaza de San Pedro a la espera del saludo del Papa, que le pidió audiencia y que Juan Pablo II, “sin otra salida”, se la concedió para el día siguiente…

–La audiencia general no fue un domingo, sino un miércoles. El señor arzobispo estaba de visita en Roma, en otros trámites, y no había pedido entrevista con el Papa. Pero aprovechó para estar en la audiencia. Él estaba en primera línea, y el Papa, al terminar, tiene la amabilidad de pasar saludando. Cuando llegó hasta donde estaba él, Mons. Romero se presentó: “Soy Óscar Arnulfo Romero, arzobispo de San Salvador”. Entonces, el Papa lo miró directamente a los ojos y le dijo: “Cuidado con el comunismo”.

Esto sorprendió un poco a Mons. Romero, que le respondió: “Sí, Santidad, es verdad que hay que tener cuidado con el comunismo, pero tal vez el comunismo no es igual en Polonia que en El Salvador. En mi país, en cuanto hablamos de la Doctrina Social de la Iglesia, nos tildan de comunistas”. El Papa se quedó un poco como que no entendía lo que le quería decir, pero alzó el índice casi a la altura de la nariz de Mons. Romero y le repitió: “Cuidado con el comunismo”.

Yo a eso no le pongo ningún epíteto, ni entiendo que fuera nada fulminante. El Papa continuó dedicando unos segundos a cada obispo. Creo que reaccionó como polaco, aparentemente duro, directo, sin ambigüedad. Mons. Romero lo interpretó como que Juan Pablo II estaba hablando del comunismo tal como lo conocía en Polonia, y además, el Papa estaba apenas informado de la situación en El Salvador, pues había subido al solio pontificio dos semanas antes (el 16 de octubre de 1978).

Siete meses después, Mons. Romero volvió a Roma. Se fue a la audiencia general (el 7 de mayo de 1979), e inmediatamente que el Papa lo vio, le dijo muy amable: “Ah, Mons. Romero; quiero hablar con usted”. El arzobispo no había pedido ser recibido; era el Papa el que quería verlo. En cuanto acabó la audiencia, Mons. Romero fue, pidió su pase para acceder, informó que el Papa quería hablar con él, y esta vez Juan Pablo II se extendió muy amablemente; le entusiasmó y le dio ánimo para que siguiera siendo el pastor que estaba siendo hasta entonces, y le dijo que no tuviera miedo, que trabajara por la paz de los salvadoreños. De modo que no, no lo estigmatizó en modo alguno. Fue un encuentro inesperado el primero, y uno muy amigable el segundo.

Amenazas de muerte

–Le agradezco la aclaración, pues ciertos intereses insisten en contraponer el “conservadurismo” de Juan Pablo II a la “misericordia pura” del Papa Francisco…

–Estimo que el Papa Francisco ha venido a coronar lo que el Papa Juan Pablo II me dijo una vez. Cuando mataron a Mons. Romero, le quitaron las entrañas para embalsamarlo. Tres años después me tocó ir a Roma a predicar el 24 de marzo, aniversario de la muerte de Romero. En esa ocasión, le llevé a Juan Pablo II un pedacito de esas entrañas, que se habían conservado frescas, limpias, en un frasquito. Él me preguntó de qué se trataba, y yo le conté que las vísceras no se habían corrompido. Y me dijo: “Monseñor Romero no necesita hacer milagros; él es un mártir”. O sea, que Juan Pablo II estaba en mucha consonancia con lo que ha hecho el Papa Francisco.

–En la entrevista que concedió Usted a Telesur, explicó que Romero fue objeto de amenazas de muerte desde la derecha, pero también desde la izquierda…

–La derecha lo amenazó apenas 20 días después de haber asumido el Arzobispado, a raíz de que Romero se posicionara de parte del P. Rutilio Grande, a quien habían asesinado, y defendió a todos los sacerdotes, en una clara oposición a la política del gobierno, que había pedido expulsar a no menos de 90 de ellos. Romero le dijo al presidente de la República: “Quien toca al altar –al sacerdote–, toca a Cristo”. Desde ese momento, la derecha interpretó que se estaba poniendo del lado del comunismo, de los guerrilleros.

Pasaron dos o tres años sin que se cumpliera la amenaza. A finales de 1979, en octubre, una junta de militares jóvenes dio un golpe de Estado y anunció una reforma agraria, lo que alegró a Mons. Romero, porque la avalancha de lo que había ocurrido en Nicaragua se cernía también sobre El Salvador, y había que hacer reformas para que el pueblo tuviese un alivio. Había que adelantarse para no caer en el comunismo.

Pero entonces, las fuerzas de izquierda se posicionaron contra Romero y lo amenazaron con un juicio popular. Dijeron que apoyaba un golpe de Estado y una reforma agraria “terrorista”, opuesta a su proyecto de reforma agraria revolucionaria. Y lo amenazaron de muerte. Desde luego, años después, la Comisión de la Verdad indagó y dejó establecido que fue la derecha quien la ordenó y ejecutó.

–He leído que, el día del asesinato, la víctima pudo ser usted, pues el francotirador era de origen cubano y no conocía a Mons. Romero.

–El 24 de marzo se publicó en un diario la esquela mortuoria de una señora, y se decía que Mons. Romero oficiaría la misa. Esa mañana, yo le dije que asumiría sus responsabilidades para que él pudiera descansar, pues había tenido una jornada muy agotadora el día anterior, y entonces me pidió que estuviese preparado para empezar la misa en el hospitalito si él no llegaba a tiempo. Y le dije: “Con muchísimo gusto”. Entonces tomó la agenda, caminó unos cinco o diez pasos, se volvió hacia mí y me dijo: “Mejor no. No quiero comprometer a nadie en esto”.

El francotirador, entretanto, estaba en un hotel, con la orden de no salir hasta recibir instrucciones sobre dónde y cuándo matarlo. Él sabía que se llamaba Oscar Romero, pero no lo conocía. Entonces salió, acompañado de un salvadoreño que tenía que verificar, al final, si el cadáver era, en efecto, el del arzobispo. Y fueron al hospitalito a matar al sacerdote que estaba celebrando esa misa.

Al día siguiente, el 25 de marzo, en un banco estadounidense, un testigo que había ido a hablar con el director de la sucursal me contó que vio llegar al presunto francotirador, quien dijo: “Yo soy el que viene a cobrar el cheque de la operación Ayatola”. Y un día después, el 26, aparece en un periódico que un cubano había sido hallado asesinado en la carretera a San Salvador. Era el mismo que había cobrado el cheque.

Figura de conciliación

–Monseñor, El Salvador es hoy una democracia, pero atraviesa dificultades, como la alta criminalidad. ¿Cree que Mons. Romero continuaría denunciando los problemas de la sociedad salvadoreña?

–Claro que sí. En este punto hay que tomar en cuenta algo significativo: Romero recibió el don de la profecía. Todo sacerdote es, como Jesús, sacerdote, profeta y rey. Pero a Mons. Romero, Dios le otorgó el don especial de la profecía, como se lo dio a Amós, a Jeremías…

La gente se pregunta por qué no hay un obispo que hable como él, y es que ese don no se da así porque sí El Señor llama a alguien y se lo otorga, y punto. Los demás estamos tratando de ayudar para que no continúen estos niveles de criminalidad. Los obispos han designado un representante de la Iglesia en una comisión nacional instituida para frenar esta violencia y dar esperanza a los jóvenes. ¿Surgirá algún otro profeta, sea laico o sacerdote, que dé mensajes como los de aquellas memorables homilías de Mons. Romero? Es posible, pero no podemos saberlo.

–Es una ironía de la Historia que, habiendo recibido Mons. Romero amenazas desde la izquierda y desde la derecha, sea hoy una figura de conciliación en El Salvador…

–Ciertamente. En la misa preciosa que celebramos el día 23, prevalecía un aire de conciliación, de fraternidad. Ahí había gente de izquierda, de derecha, de todo modo de pensar y sentir; una participación realmente conmovedora. Se había desplegado un contingente policial en previsión de incidentes, y no pasó absolutamente nada. Los agentes nos decían: “No sabemos para qué nos movilizaron”. Y se está sintiendo la conversión de muchas personas que dicen: “Verdaderamente, no conocíamos a Mons. Romero”. Están comprando libros, se están informando, y los medios católicos se están esforzando mucho para que lo conozcamos. Un sacerdote muy anciano me dijo que a Romero lo odian quienes no lo conocen, y le respondí que sí, pero que quienes lo habíamos conocido habíamos quedado prendados de él para toda la vida.

“¿Manipulado?” Sí, por Dios

La figura de Mons. Romero (1917-1980) estuvo en el centro de atención de la opinión pública de su país y del mundo a finales de la década de 1970. Las agudas contradicciones políticas y económicas que dividían a la sociedad salvadoreña –espoleadas además por los intereses de los bandos contendientes en la Guerra Fría a nivel global–, se saldaban con la absoluta deslegitimación o, directamente, la eliminación de los contrarios. En ese contexto, el entonces Arzobispo de San Salvador, Mons. Oscar Romero, se erigió en “voz de los sin voz”, de los más excluidos, lo que le granjeó la animadversión de varios actores del conflicto y aun de miembros de la jerarquía católica de su país.

Precisamente, en su volumen “Monseñor Óscar Romero: Pasión por la Iglesia” (Ediciones Palabra, 2015), el periodista e investigador Santiago Mata ofrece una oportuna descripción de las circunstancias que desembocaron en el asesinato del prelado, pero también una incursión más amplia en su biografía, incluida su infancia, su vocación al sacerdocio, su paulatina adopción y puesta en práctica de las enseñanzas del Concilio Vaticano II, sus fricciones intraeclesiales, y sus encuentros con Pablo VI y Juan Pablo II, entre otros aspectos de interés.

Mata repasa además las consecuencias del asesinato y la evolución del conflicto a partir de ese momento. Las 70,000 muertes derivadas de la guerra civil que siguió fueron muestra inequívoca de que el arzobispo no respondía a “manipulación” alguna cuando pedía el cese inmediato de la violencia, sino a su visión profética y a su compromiso con el bien de su país y de su gente.

Tras el crimen, según relata Mons. Ricardo Urioste, presidente de la Fundación Monseñor Romero, varias delegaciones extranjeras se interesaban por saber si en verdad había sido manipulado por un grupo de sacerdotes, por la izquierda o por algunos jesuitas. “Y yo –narra– solía contestar que sí, que era cierto que fue manipulado, pero solamente por Dios, que hizo con él según su voluntad”.

FUENTE ACEPRENSA

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