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El Papa condena la pena de muerte

“Hoy día la pena de muerte es inadmisible, por grave que haya sido el delito del condenado. Es una ofensa a la inviolabilidad de la vida y a la dignidad de la persona humana, que contradice el designio de Dios sobre el hombre y la sociedad y su justicia misericordiosa, e impide cumplir con cualquier finalidad justa de las penas. No hace justicia a las víctimas, sino que fomenta la venganza”.


Defensa de la Vida


“Ni siquiera el homicida pierde su dignidad personal”

Así se expresa el Papa Francisco en un mensaje a Federico Mayor, presidente de la Comisión Internacional contra la Pena de Muerte, que entregó a éste el pasado 20 de marzo en el Vaticano.

El Pontífice manifestó su gratitud a todos los hombres y mujeres que trabajan por la abolición de la pena capital, la que tildó de “fracaso” para un Estado de Derecho, “porque lo obliga a matar en nombre de la justicia”.

En la carta, Francisco puntualiza la enseñanza tradicional de la Iglesia sobre el tema: que la vida humana debe ser respetada desde su concepción hasta la muerte natural, a lo que se añade una razón teológica grave: que la vida es fruto de la acción creadora de Dios, y que la persona humana es amada especialmente por Él.

“La vida, especialmente la humana, pertenece sólo a Dios –sostiene el Papa–. Ni siquiera el homicida pierde su dignidad personal y Dios mismo se hace su garante. Como enseña san Ambrosio, Dios no quiso castigar a Caín con el homicidio, “ya que quiere el arrepentimiento del pecador y no su muerte (cfr. Evangelium vitae, 9)”.

La pena capital es innecesaria porque se aplica a personas ya neutralizadas

La legítima defensa es personal

El Papa alude al principio de la legítima defensa, y a los supuestos en que puede aplicarse, como en el caso de la necesidad de neutralizar a un individuo en el momento en que está cometiendo una agresión, que puede conllevar su eliminación. “Sin embargo, los presupuestos de la legítima defensa personal no son aplicables al medio social, sin riesgo de tergiversación. Cuando se aplica la pena de muerte, se mata a personas no por agresiones actuales, sino por daños cometidos en el pasado. Se aplica, además, a personas cuya capacidad de dañar no es actual, sino que ya ha sido neutralizada, y que se encuentran privadas de su libertad”.

Para dar mayor fuerza al argumento de la vida, el Pontífice cita una frase de Fedor Dostoievski sobre el tema: “Matar a quien mató es un castigo incomparablemente mayor que el mismo crimen. El asesinato en virtud de una sentencia es más espantoso que el asesinato que comete un criminal”, y señala que, por medio de la ejecución de una persona, jamás se alcanzará la justicia.

“Se debate en algunos lugares acerca del modo de matar, como si se tratara de encontrar el modo de «hacerlo bien»

La Iglesia, mártir como en los primeros siglos

De igual modo, el Papa esgrime la consabida falibilidad de los tribunales que imparten ese tipo de castigo, que puede dar pie –como ha ocurrido– a errores irreparables, además de que la pena en sí le arrebata al condenado toda posibilidad de enmienda o reparación, así como la oportunidad de que reconozca su error y, por medio del arrepentimiento, experimente el amor salvífico de Dios.

“Se debate en algunos lugares acerca del modo de matar, como si se tratara de encontrar el modo de «hacerlo bien». A lo largo de la historia, diversos mecanismos de muerte han sido defendidos por reducir el sufrimiento y la agonía de los condenados. Pero no hay una forma humana de matar a otra persona”.

Además de estos graves reparos, el Obispo de Roma recuerda que la pena capital puede ser utilizada por regímenes totalitarios o por fanáticos para deshacerse de individuos o comunidades que le resultan “peligrosos”. “Como en los primeros siglos, también en el presente la Iglesia padece la aplicación de esta pena a sus nuevos mártires”, destaca.

La prolongada espera y la angustia previa a la ejecución, hacen de la pena de muerte un trato cruel y degradante

Según explica, no hay conexión alguna entre la condena a muerte y el sentido humanitario y de la misericordia divina. Varios factores hacen de esta pena un trato cruel y degradante: desde la terrible espera entre el dictado de la sentencia y su ejecución –que suele prolongarse por muchos años y que deriva en muchas ocasiones en la enfermedad y la locura–, hasta la angustia previa al momento en que se consuma el castigo.

Contra las “penas de muerte encubiertas”

“En la actualidad –apunta Francisco–, no sólo existen medios para reprimir el crimen eficazmente, sin privar definitivamente de la posibilidad de redimirse a quien lo ha cometido (cfr. Evangelium vitae, 27), sino que se ha desarrollado una mayor sensibilidad moral con relación al valor de la vida humana, provocando una creciente aversión a la pena de muerte y el apoyo de la opinión pública a las diversas disposiciones que tienden a su abolición o a la suspensión de su aplicación”.

El Pontífice subraya, además, que los cristianos y todas las personas de buena voluntad están en la obligación de luchar no sólo por la abolición de la pena capital en todas sus variantes, sino por que las condiciones de quienes cumplen penas de cárcel estén en sintonía con los requerimientos de la dignidad humana.

El Papa censura las condenas de prisión perpetua y otras de excesivamente larga duración, porque impiden la reinserción del penado

Asimismo, el Papa censura lo que denomina “penas de muerte encubiertas”, que no son más que las condenas de prisión perpetua y otras de excesivamente larga duración, porque implican para el penado la imposibilidad de reinsertarse satisfactoriamente en la sociedad y le privan de toda luz respecto a su futuro. “Aunque el sistema penal pueda cobrarse el tiempo de los culpables, jamás podrá cobrarse su esperanza”, afirma.

Al término de su misiva, el Papa encomienda a sus interlocutores al Señor Jesús, quien impidió Él mismo que sus seguidores ejercieran la violencia contra los que injustamente le perseguían (Mt. 26,52). “Él, que, frente a la mujer adúltera, no se cuestionó sobre su culpabilidad, sino que invitó a los acusadores a examinar su propia conciencia antes de lapidarla (cfr. Jn 8,1-11), les conceda el don de la sabiduría, para que las acciones que emprendan en pos de la abolición de esta pena cruel, sean acertadas y fructíferas”.

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