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¿Razón o enojo?

Cuando el enojo domina a la razón, creemos que estamos usando la lógica. Un buen ejemplo ocurrió con las elecciones de Trump y está dándose de nuevo en nuestras elecciones. Esto es un gran peligro, pero está en nuestras manos no dejarnos llevar y no engañarnos a nosotros mismos.


Razón en las elecciones


Una parte importante de la ciudadanía de los EU tenía un gran enojo contra Obama y también contra Hillary. El enojo los llevó a “razonar” (es un decir) de este modo: “Si Obama y Hillary atacan a Trump, es que él debe ser bueno”. Y son esa base, entre más lo atacaban, entre más argumentos se daban contra él, más popular se volvía. Entre más lo atacaba la prensa, percibida como incondicional de los Demócratas, más subía la intención de voto. Ya no importaban razones ni hechos. Lo único que bastaba era demostrar que lo estaban atacando, sin importar el contenido del ataque. Y con eso bastaba para volverlo más popular.

Algo parecido está ocurriendo en México. Una parte importante de la ciudadanía está enojada contra el PRI y contra la administración Peña Nieto. Con esa base, se alimenta el mismo fenómeno que cambió el gobierno de los EU. Entre más se ataca a “ya sabes quién”, más popular se vuelve. No importa si se presentan hechos, si los argumentos en su contra son sólidos. Lo único que importa es que los que odiamos lo estén atacando. Y entre más lo ataquen más crece el convencimiento de que si es atacado por los que odiamos, es porque debe ser muy bueno. Y también ocurre, aunque en otra medida con los ataques contra el PAN. Por eso, el modo más efectivo de atacar a ese partido es decir que es lo mismo que el PRI.

Con este modo de discurrir, la gran víctima es la sana razón. Los argumentos deben ser juzgados por sus propios méritos, mediante la lógica, pesando pros y contras, viendo sus consecuencias y secuelas, el entorno y tratando de evitar los prejuicios. Calificar un argumento según quién lo dice, es una grave falacia y va contra la lógica más básica. Pero a muchos, por desgracia, eso no les parece un prejuicio. Ellos se sienten progresistas y eso les basta. Los que se titulan progresistas, dicen ellos, no pueden equivocarse. Su infalibilidad es más completa que la del Papa, la cual se extiende solo a algunas materias.

Para esto solo hay pocos remedios. El muy olvidado sentido común. La humildad de quien se sabe muy capaz de equivocarse. Debemos tener un sano escepticismo. Cuestionar, usar el pensamiento crítico. Y saber que nadie tiene siempre y en todo, la razón.

 

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* Las opiniones expresadas en esta columna son de exclusiva responsabilidad del autor y no constituyen de manera alguna la posición oficial de yoinfluyo.com

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