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Hablemos de política… aunque sea de mal gusto

Se empiezan acelerar los actos de campaña, de cara a las elecciones del 2018. Independientemente del partido de que se trate, la situación es muy parecida. Establecer algunos criterios, alguna plataforma, una serie de ideas que tratarán de venderle a la ciudadanía. Porque estrictamente se trata de venderle: se trata de actos de mercadotecnia política. Y como cualquier mercadólogo nos puede decir, hay que empezar por conocer las necesidades y los “dolores” del cliente. En este caso, de nosotros los votantes. Para hablar en nuestro propio idioma.


Hablar de política


Con lo cual la ciudadanía debe tener muy claro que se está poniendo la ciencia al servicio de los intereses políticos. Las técnicas de la mercadotecnia científica se están aplicando con sumo cuidado. Caracterización de segmentos del mercado, ubicación de sus necesidades, conocer sus motivaciones, incluso las motivaciones inconscientes del votante, para ubicar cuál es la oferta con mayor probabilidad de éxito.

Y no es que esto tenga algo de malo. Pero, igual que cuando soy un consumidor de cualquier otro tipo de bien, tengo que tener muy claro que hay expertos tratando de que yo prefiera su oferta y que están presentando de la mejor manera posible su “producto” en este caso su candidato. Y yo, votante, tengo que tener una sana desconfianza, un racional escepticismo porque sé que hay algo de artificioso en el proceso de una oferta política.

Ante esta situación, ¿qué puede hacer la ciudadanía? No disponemos ni de los medios ni de las capacidades mercadológicas que tienen los partidos políticos. Sólo tenemos nuestro sentido común, nuestra racionalidad y el recuerdo de lo que hemos recibido de estas agrupaciones que hasta el presente han gobernado nuestro país. Que no es poca cosa. Además de lo que posiblemente sea el arma más poderosa en la próxima contienda: la capacidad de la ciudadanía de comunicarse masivamente, en tiempo real, a través de medios que todavía hace una década no estaban disponibles. La clase política, como siempre, apuesta a nuestra desmemoria y a que estamos dispersos y desorganizados. Pero eso ya no tiene por qué ser así.

Tal vez por esto algunos partidos políticos han empezado a hacer la guerra cibernética, a través de robots que emiten enormes cantidades de información o más propiamente de desinformación, para tratar de influir sobre los votantes. También han alineado a algunos medios tradicionales, a algunos académicos para desprestigiar la opinión que se expresa en los medios de comunicación social, bautizándolos con el muy poco democrático apodo de “la legión de los idiotas”.

Si de algún lado puede venir de la reforma de nuestro sistema político es precisamente de la ciudadanía. Pequeños o grandes grupos de ciudadanos que discutan y difundan conceptos que contrasten con la oferta de los partidos políticos. Ideas que hagan sentido, que vengan de una discusión abierta, cuidadosa y sensata. Sin duda, los ciudadanos nos tendremos que educar en ubicar las falsedades, los sofismas, los engaños incrustados en la mercadotecnia política, en las declaraciones de la clase política y en la guerra cibernética a la que sin duda seremos sometidos.

Y no hay otro medio más que la participación: opinar y difundir la opinión, debatir de manera abierta, no sectaria, con un ánimo de llegar a la verdad de la manera más profunda que nos sea posible. Si las formaciones políticas están usando recursos inmensos en esta batalla, nosotros ciudadanos también debemos usar los recursos a nuestro alcance: nuestro tiempo, nuestra atención, nuestra voluntad de participar. A cualquier nivel. En cualquier medio. Ya se acabó aquello de que no es de buen gusto hablar de política. Es el momento de hablar. A este país, a este Estado lo está pudriendo el silencio. Digamos nuestra honesta opinión, y aceptemos de entrada que no somos expertos en política, pero sí en ciudadanía. Que conocemos y hemos padecido los errores y las fallas de estos mismos que ahora tratan de convencernos de que sólo ellos tienen la experiencia y la capacidad para gobernarnos. Finalmente, si nos equivocamos, provocamos discusión, salimos del error y causamos la reflexión que tanta falta nos hace en este momento.

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* Las opiniones expresadas en esta columna son de exclusiva responsabilidad del autor y no constituyen de manera alguna la posición oficial de yoinfluyo.com

 

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