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¿Pueden las Iglesias criticar las leyes?

¿Pueden las Iglesias, las distintas religiones criticar a las leyes? ¿Pueden sus autoridades, su clero, decir a sus seguidores y a todo quien quiera escucharlos que no les parece una ley? La pregunta es pertinente cuando vemos a los políticos atacando a las Iglesias que se oponen al aborto, al matrimonio homosexual o a otros temas con los que algunos políticos se visten de modernos. O cuando señalan la ineptitud de los gobernantes.



Tal vez la pregunta debería ser otra: ¿Por qué se les quiere prohibir que critiquen a las leyes? Es muy claro que los gobernantes quieren estar por encima de la crítica. Se necesita ser muy democrático y muy convencido de sus propios argumentos para permitir la crítica. Entre más se acerca un gobernante a la tiranía, más trata de silenciar a sus críticos.

Hay una frase, probablemente apócrifa, atribuida indistintamente a Lincoln, a Washington y a varios revolucionarios franceses: “No estoy de acuerdo con sus ideas, pero pelearé hasta la muerte para defender su derecho a expresarlas”. Eso es, probablemente, una de las bases de la democracia. ¡Qué lejos están nuestros partidos políticos de este ideal democrático!

Las religiones tienen el derecho de decir sus creencias. No solamente sus dogmas, sino también su interpretación de la realidad. No es un derecho que les dan los políticos ni las leyes. Más aún, sus dirigentes tienen la grave obligación, en conciencia, de ser claros en exponer los criterios de su religión. ¿Por qué? Porque creen firmemente que esas enseñanzas son para el bien de los fieles de su congregación. No tienen derecho a imponer sus creencias por la violencia (como en otros tiempos, desgraciadamente, ha ocurrido con muchas religiones y se sigue viendo en demasiados lugares), pero nadie les puede quitar la libertad de expresarse, como nadie tiene derecho a quitarnos la libertad de expresión o de creencia a los individuos.

Por desgracia, esto es lo que está pasando. Los partidos, sin argumentos para defenderse de las críticas a leyes que nos han impuesto y que no se han consensuado, tienen como único argumento el decir que las religiones y sus dirigentes están faltando a la Constitución, que se están metiendo en política. Y amenazan con encarcelar a los dirigentes religiosos. Lo cual es muy grave, pero que ya ha hecho que un obispo diga que gustosamente irá a la  cárcel si lo acusan y que ahí evangelizará a los presos. ¿Será acaso, como dice Traslosheros, que estamos en los prolegómenos de una persecución religiosa en el estado de Morelos?

Si revisamos la historia de la Iglesia Católica, eso fue lo que hicieron los primeros apóstoles. Aceptaban con gusto ir a la cárcel y sufrir por Cristo. Y en muchas historias de la oposición civil a las tiranías, esa fue la estrategia de personas como Henry D. Thoreau, el expositor moderno de las ideas de la resistencia civil no violenta, Mahatma Gandhi, Desdemond Tutu y otros muchos. Y, ¿saben qué? Sus ideas triunfaron.

Hoy que, una vez más, los partidos políticos quieren acallar a las Iglesias mexicanas, no sólo a la católica, podríamos preguntarnos: Si tienen éxito y las callan, ¿qué sigue? ¿Acallar a organizaciones civiles? ¿A otros partidos? ¿A los individuos? No es un asunto menor. Callar a los gobernados cuando critican a las leyes, es ponerse en el camino de la tiranía. Si sus argumentos son poderosos, la propia fuerza de la razón los impondrá, sin necesidad de que nos impidan a los distintos grupos opinar en contra. Si están seguros de la fuerza de sus argumentos, pónganlos a consulta pública en referéndum. Ábranse a un debate amplio y arriésguense a perderlo. Si no tienen argumentos, por favor, no quieran callarnos.

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* Las opiniones expresadas en esta columna son de exclusiva responsabilidad del autor y no constituyen necesariamente la posición oficial de yoinfluyo.com


 

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