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No hay que hablar…

“No hay que hablar de política ni de religión”, reza el dicho. “Es una falta de cortesía. La gente se incomoda. Y, de todas maneras, no se llega a nada. Sólo se pierde la cordialidad. ¿Para qué arriesgarnos a perder la paz?”


El ejercicio ciudadano


Éste ha sido el criterio por mucho tiempo en México. Uno de los “mexicanismos” que nunca ponemos en duda. Y de ser algo que empieza siendo parte de los modales en la mesa y en las visitas, ha pasado a ser una regla de vida.

A quienes hemos tenido la fortuna de haber convivido con familias extranjeras y de ser invitados a sus casas, con frecuencia nos llama la atención la libertad con que se discuten temas como estos en la familia, en reuniones de amigos, en la vida diaria.

Pero acá, es una regla de hierro: quedarnos callados para no incomodar. Hace algunos años, yo fui amablemente invitado a dejar de escribir en un medio católico. ¿La razón? No debemos hablar de religión ni de política, me dijeron. Y yo me estaba volviendo incómodo.

Hasta hace relativamente poco la política era un tema de chisme, de chistes, pero no de análisis serio entre ciudadanos. Eso se dejaba para el “círculo rojo”, los enterados. No para el ciudadano común. Y todavía la religión es un tema que no se comenta, ni en los medios ni en lo privado, salvo contadas excepciones. Tal vez en parte porque en los medios tradicionales sigue fuertemente vigente la ausencia, forzada o no, de los periodistas católicos. Igual que la regla implícita, pero muy real, de no permitir a los grupos católicos tener presencia en la televisión abierta y en la radio.

¿Y qué hemos ganado con todo ello? ¿Han mejorado nuestros políticos? ¿Tenemos paz? ¿Ha aumentado la cordialidad entre nosotros? Nuestra sociedad, ¿se ha vuelto más armónica? Los hechos duros nos muestran que no.

Nuestro mutismo en temas de política y religión nos ha hecho ineptos para entender y discutir esos temas. Nos ha hecho vulnerables a los argumentos infantiles con los que a veces nos convencen de votar por los partidos; incapacitados para sostener nuestras opiniones cortésmente, pero con firmeza y profundidad. No sabemos debatir; sabemos molestarnos y, en el extremo, atacar y denostar… o hacer chistes y burlarnos. No sabemos convencer con razones, porque no estamos acostumbrados a defender nuestras ideas. Hemos desarrollado, como sociedad, un infantilismo en temas políticos y religiosos. Y las consecuencias están la vista.

En este mismo tenor, a los políticos y gobernantes les conviene que no se hable. Les conviene una ciudadanía muda en temas de gobierno. Sólo los políticos, los expertos y los comunicadores “oficiales” tienen el derecho de opinar. Para todos los demás, es de mal gusto hacerlo. Aunque tengan razón: ese no es el tema. Y aunque sea el Papa el que opine, como ocurrió esta semana. No se le discutió si había razón en lo que el Papa dijo; se le señaló primero que ignoraba lo que hacía el Gobierno y después que no era cortés el modo de decirlo, aunque haya sido en una comunicación privada. Y que reaccionaban con sorpresa y dolor.

Creo, sin embargo, que todo esto está cambiando y para bien. Los nuevos medios, las nuevas redes sociales están haciendo posible hablar y ser escuchados en una escala que nunca antes había sido posible. Estamos, en cierto modo, como niños con juguete nuevo. Y usamos estos medios para mil cosas, unas buenas, otras malas, la mayoría intrascendentes para casi todos, excepto para los que nos conocen.

Pero por otro lado, ya no es tan fácil silenciarnos. Ya es infinitamente más difícil para el “círculo rojo” tener su información privilegiada. Y esto nos genera una nueva responsabilidad. O varias. La responsabilidad de hablar en esos temas. La de opinar aunque no tengamos título de expertos. La de presentar nuestra opinión para que otros la valoren y nos enriquezcan con sus reacciones. Por primera vez podremos tener una verdadera opinión pública. Tenemos que usarla con responsabilidad y, en esencia, el mayor grado de responsabilidad es usarla con un gran respeto por la verdad. Si lo logramos, la oportunidad de dar mayor solidez a nuestra sociedad es enorme.

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