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¡¡¡Revolución, revolución!!!

¡¡¡Revolución, revolución!!! Vitoreaba uno de mis compañeros de clase al finalizar una obra de teatro de denuncia y tinte político. -“¡¡¡La solución es tomar las armas!!!”, insistía, contagiado por el furor del trágico final de aquella representación de injusticia social.


 Libros de valores


Él, “el revolucionario”, era mucho más chico que yo en edad (inteligencia y criterio, pensaba yo en aquel entonces), y su actitud me pareció totalmente fuera de todo orden y contexto. -¿A quién se le ocurre pensar en tomar las armas en tiempos de paz? Y, bueno, éste “sin oficio ni beneficio” no tiene idea de lo que dice-. Este juicio a rajatabla (al igual que ésta exacerbada expresión después de una función de teatro), tampoco era tan auténtico. En él se me antojaba pose estudiantil; y, a decir verdad, en mí era inoculado por la influencia de películas e historias que había escuchado sobre mis abuelos y familias cercanas de inmigrantes que llegaron a México huyendo de la guerra.

Veinte años después de aquél suceso, me doy cuenta de que: “ni tanto que queme al santo, ni tanto que no lo alumbre”. La ingenuidad e inexperiencia era inherente en ambos, así como la competencia y las ganas de “figurar” ante nuestros colegas. Yo quería hacer huelgas de hambre y estar en la fila de las fronteras recibiendo golpes sin oponer resistencia, al más puro estilo Gandhi; y el otro se veía como una especie de híbrido del “Zorro” e Indiana Jones en pro de las causas perdidas.

Lo rescatable de este asunto era que en aquel par de estudiantes había una sed de cambio, sabíamos que en nuestro país las cosas no marchaban bien (ni marchan); y sí, realmente necesitábamos una revolución. Pero, como buenos chilangos… no hicimos nada.

Esta historia quedó en el olvido, hasta que hace algunos meses me topé con un libro que llamó mi atención: “Revolución Cristiana”, y al tiempo conocí a su autor: José Pedro Manglano, sacerdote, profesor universitario, doctor en filosofía, teólogo y escritor, quien desde hace tiempo había comenzado este trabajo con la gente joven, al promover la conciencia social y solidaria con actividades internacionales y promocionar actividades artísticas que ayuden a hacer de los jóvenes buenas personas.

Casi al mismo tiempo, me enteré que estaba embarazada y comencé a “prepararme para ser madre”. Empecé a buscar libros sobre crianza y maternidad. Así encontré “Sin Miedo a Educar”, de Betsy Hart, y lo que me llamó la atención fue la propuesta inicial de salir de la obsesión de tratar de que nuestros hijos sean perfectos y de vivir acosados por sus caprichos, así como de los expertos pedagogos con sus recetas para hacer de los niños pequeños genios, que lo único que logran es aumentar nuestro estrés.

Aparentemente, ninguno de estos dos libros tienen mucho que ver entre sí; pero, al leerlos, curiosamente coinciden, dando a aquel par de jóvenes respuestas concretas para saber cómo revolucionar el mundo: Trabajando en los corazones.

En el primero, en una propuesta en la que la juventud desea vida y verdad, no ideología ni mandamientos (como vivíamos aquel par de jóvenes capitalinos acosados y abrumados por la impotencia de las modas y poses propias de la temporada del subcomandante Marcos). Queríamos, aunque no lo sabíamos, aliviar nuestras cargas y conocer a aquel que nos podía enseñar un camino de verdadera libertad y solidaridad ante los más necesitados, pero con un gesto que verdaderamente nazca del amor, como consecuencia de la gracia que Dios ha puesto en mí, y no con la motivación de quien sigue el dictado del asesor de imagen.

Y por su parte, Betsy Hart confirma que no hay duda de que la influencia religiosa se ha debilitado y que muchos padres están intentando llenar un vacío en su vida espiritual poniendo todas sus aspiraciones en lo único que les sobrevivirá: sus hijos. Así, la propuesta se sostiene en que hay que enseñar a nuestros hijos a encontrar el valor que tienen las cosas de este mundo maravilloso y a distinguir entre lo bueno y lo malo, con disciplina, horarios y límites, en donde el principal reto es llegar al corazón de nuestros niños.

Tal vez –y esto es sólo una posibilidad–, si éstos planteamientos, personajes o libros hubieran llegado hace veinte años a aquel par de jóvenes… ¡nos hubiéramos ahorrado los dos primeros párrafos de preámbulo de esta columna y muchos años de vida infértil!

Hasta la próxima

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