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Discriminar es palabra demoledora

La palabra discriminar se ha convertido en el calificativo más peligroso. Si a una persona se le acusa de discriminar prácticamente puede estar segura de perder el prestigio alcanzado con tanto esfuerzo, de experimentar el vacío de las personas con quienes trata, de sentir la más profunda incomprensión pues le niegan cualquier tipo de explicación.


El primero que discrimina gana


Discriminar, en cualquier tiempo de conjugación, es actualmente el arma mortal más eficaz. Por eso, si hay dos contrincantes, quien primero aplica esta palabra es el seguro ganador.

Sin embargo, conviene salirse de los esquemas uniformadores para darnos cuenta que todo calificativo tiene un contexto: quién dice, qué dice, porqué lo dice y, sobre todo, quién lo interpreta. Además de entender que las palabras encierran contenidos más o menos amplios.

Quien discrimina se encuentra en un momento crítico, no puede admitirlo todo, tiene que seleccionar. Al hacerlo escoge a unos y deja fuera a otros. Se produce una separación que no siempre es mala, puede beneficiar a los elegidos y a los rechazados cuando se trata de una actividad para la que se tienen aptitudes o se carecen de ellas, y se coloca a cada quién en su sitio. Es el caso de la selección de personal para un trabajo concreto o para unos estudios profesionales.

La discriminación también ocasiona marginación sociológica cuando se separa a alguien que no pertenece al grupo porque no tiene las características propias. Esto sucede en un viaje cuando se pasa por la aduana y se forman dos filas una para los nacionales y otra para los extranjeros. Esto responde a una lógica.

También hay discriminación psíquica, cuando un receptor distingue entre varios estímulos y selecciona unos y elimina otros. En este caso no hay peligro de que el objeto de la selección se queje, aunque sí puede hacerlo el dueño. Esto puede darse ante un concurso de animales y se prefiere al que tiene mejor estampo o el pelaje con un colorido más original.

Ante un trabajo o un estudio hay discriminación intrínseca, la persona elige por dónde empezar y con quién hacerlo, de acuerdo a la gradualidad de actividades y a la secuencia, pues unas operaciones son previas a las siguientes.,

El aprendizaje por ensayo y error es un ejemplo típico de discriminación justificada. Una persona se enfrenta a una situación hasta entonces desconocida y opta por distintas respuestas hasta que llega a la correcta, a partir de ese momento esa respuesta aparece con más frecuencia, hasta que el aprendiz asegura el conocimiento.

Por lo tanto, la discriminación no ha de tomarse como una palabra unívoca sino análoga. En la actualidad ese es el problema, se le considera siempre de modo unívoco e identificada con un sentido negativo, siempre está mal discriminar. Al calificar a una persona con ese calificativo siempre se le culpa y eso es una injusticia.

Además si se van a revisar las opiniones de alguien que milita en un partido político distinto, hay que admitir la influencia de una carga afectiva negativa y lo más probable es que se le descalifique sin una valoración adecuada, aunque la postura que asuma sea correcta. Esta es una discriminación prejuiciada y es doblemente injusta.

Por lo tanto, un deber ineludible es cuidar de no caer en este error tan extendido.

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* Las opiniones expresadas en esta columna son de exclusiva responsabilidad del autor y no constituyen de manera alguna la posición oficial de yoinfluyo.com


 

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