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Javier Echevarría, padre de una extensa familia

El pasado 12 de diciembre, Nuestra Señora de Guadalupe tomó el alma de Monseñor Javier Echevarría. Había terminado su encomienda el segundo sucesor en la tierra del Fundador del Opus Dei: San Josemaría Escrivá.



El Beato Álvaro del Portillo y Javier Echevarría recibieron su formación directamente del Santo, en la muy prolongada convivencia cotidiana y en la recepción de los contenidos propios de los medios de formación previstos para todos. Aunque de las obras de Dios Él se encarga y, por eso, todo marchará. Sin embargo, esta seguridad no excluye el dolor de la ausencia de las personas que se marchan. La etapa de los primeros eslabones sí se ha cerrado.

Cuando murió San Josemaría y le sucedió el Beato Álvaro, éste en su humildad, afirmó que, por su estrecha convivencia con el Fundador, al elegirlo a él habían vuelto a elegir a San Josemaría. En otra circunstancia, también dijo que Don Javier era a quien estaba formando el Fundador para que le sucediera.

Tanto Monseñor del Portillo como Monseñor Echevarría tuvieron la suerte de cuidar con singular esmero y cariño a San Josemaría. Durante años fueron testigos, de primera mano, del querer de Dios hecho vida en el Santo. Y, para también ellos ser fieles a la Divina Voluntad, siempre acudieron al modo como en casos similares había actuado nuestro Fundador.

Don Javier tenía una memoria prodigiosa y esto le ayudaba a recordar los hechos de años o días vividos con San Josemaría. Pero, esa habilidad iba dejando una honda huella en su vida interior. Cuando en mayo de 1970 los tres hicieron una novena ante la Virgen de Guadalupe en la Basílica antigua, entre misterio y misterio, San Josemaría dialogaba en voz alta con la Virgen. Don Javier en una pequeña libreta tomaba casi al dictado esas palabras, y las completaba ese mismo día. Gracias a él conocemos la riqueza de esas oraciones.

En 1983, el Beato Álvaro y Don Javier volvieron a México. Entonces, tuvieron la oportunidad de estar ante la Virgen en su camarín. Allí rezaron un buen rato y, antes de retirarse, Don Javier animó al Beato Álvaro a darle un beso a la imagen, el argumento contundente fue: “es su Madre”. Al dejar nuestro país dijeron que se llevan a la Virgen dentro de sí. Por eso, el día que murió Don Javier, no me extrañó que no necesitara tener frente a sí una reproducción de la Virgen de Guadalupe, la conservaba dentro de sí.

La vida de familia es una característica específica del Opus Dei. Familia sobrenatural pero también humana. Familia bien estructurada y bien avenida. Por esta razón, la sucesión de quien está al frente de la Obra no es solamente la necesidad de una autoridad, es la indispensable presencia de un padre. San Josemaría con su riquísima personalidad marcó el estilo de esta familia: gracia de Dios y buen humor. Buen humor, donde cada uno aportaba detalles ingeniosos para hacer amables los ratos de convivencia. Mucho más que amables, la pasaban muy bien. San Josemaría le decía Javi a Don Javier, y a veces con más cariño: Javito. Supe que el Beato Álvaro, en esas ocasiones, con su peculiar sentido de humor, reclamaba a nuestro Fundador: Padre ¿por qué le dice bajito? Notoriamente Don Javier tenía menos estatura. Así estos detalles chispeantes eran una de las tantas maneras de expresar la espontaneidad de la alegría.

En fechas semejantes, Don Javier nos decía que en el Belén nos encontraríamos, que acudiéramos muchas veces a contemplar a la Sagrada Familia. Lección aprendida de San Josemaría, quien tantas veces repitió que a esa Familia pertenecíamos. Don Javier va a pasar la Navidad en el Belén del cielo. 

Y qué testamento nos ha dejado: rezar por el Padre, sea quien sea, y vivir la fraternidad: que nos queramos, que nos queramos.

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* Las opiniones expresadas en esta columna son de exclusiva responsabilidad del autor y no constituyen de manera alguna la posición oficial de yoinfluyo.com


 

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