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Teresa de Calcuta y José Gabriel Brochero

¿Qué tienen en común estas dos personas? A simple vista nada; en la orientación de su vida, todo.



Ante el mundo los une el que ambos son elevados a los altares por el Papa Francisco en el Año Jubilar de la Misericordia, el 4 de septiembre ella y el 16 de octubre él, en 2016. Declararlos santos es mostrar al mundo que cada uno escuchó la llamada de Dios y correspondieron amándole sobre todas las cosas, y dando la vida por los demás como fruto del amor a Dios.

Teresa de Calcuta mundialmente conocida por la excepcional labor que promovió en todo el mundo con los más pobres y descartados. Alzó su voz en foros internacionales, requerida por Pablo VI y Juan Pablo II. Canonizada en la conclusión del Jubileo del Voluntariado y de los Operarios de Misericordia. En la homilía el Santo Padre señala: “para reconocer la llamada de Dios, debemos preguntarnos y comprender qué es lo que le gusta. Lo que a su vez se puede sintetizar en la expresión del Evangelio de Mateo: «Misericordia quiero y no sacrificios» (Mt 9,13).” Teresa y Gabriel son ejemplares en sus obras de misericordia.

Mi primer conocimiento del Cura Brochero fue cuando se anunció su canonización y el hecho de ser argentino como el Papa. Pero, en mi reciente estancia en Buenos Aires leí el libro de Evangelina del Forno: “Brochero pregonero del amor”, gocé con la gigantesca figura de un santo.

Y se completa la respuesta: a Teresa y a Gabriel les une la decisión total de ser fieles al amor de su vida, por y con Jesucristo son capaces de hacer lo que a las expectativas humanas les parece imposible. Teresa ayuda a los parias a morir acompañados y con la conciencia de su dignidad humana. Brochero, cura de una circunscripción argentina, lucha por mejorar las condiciones de la vida rural.

Teresa y Gabriel, como todos los santos, son patrimonio de la humanidad, ejemplares en su vida, sus trofeos son insuperables, sus marcas únicas, aunque están dispuestos a escuchar nuestras súplicas para que lleguemos a las respectivas metas que a cada uno nos corresponden. Algunas fibras de la vida de los santos se trenzan, otras se relevan.

Gabriel Brochero nace en Santa Rosa, provincia de Córdoba en Argentina, el 18 de marzo de 1840 y muere en Villa del Tránsito, Argentina el 26 de enero de 1914. Madre Teresa nace en Skopie, Macedonia, el 26 de agosto de 1910 y muere en Calcuta el 5 de septiembre de 1997.

Ella mundialmente conocida porque recibió el Nobel de la Paz en 1979 y es fundadora de la Congregación de las Misioneras de la Caridad que desarrollan su labor, en más de quinientos centros esparcidos por el mundo. Brochero se mueve prácticamente en la provincia de terrenos Córdoba en Argentina. El 4 de noviembre de 1866 es ordenado sacerdote y celebra su primera Misa el 10 de diciembre, fiesta de Nuestra Señora de Loreto, muy feliz de hacerlo en una fiesta de su “Purísima” como siempre llamó a la Santísima Virgen.

José Gabriel experimenta en su vida los beneficios de los Ejercicios Espirituales de San Ignacio, de manera que después de su ordenación sacerdotal promueve la asistencia de sus feligreses a esa actividad y sueña con llegar a construir una Casa de Ejercicios. Y en su momento lo logra en la Villa del Tránsito, además construye un Colegio de Niñas.

En 1867 es nombrado Capellán del Coro y teniente cura de la Catedral de Córdoba, durante dos años se extiende el cólera y él permanece atento a las necesidades de su grey. En 1869 es nombrado cura del departamento de San Alberto, al otro lado de las Sierras Grandes, a donde llega a lomo de mula y cruzando altura de 2000 metros o más. A pesar de que ese nombramiento era interino allí paso casi toda su vida. Además de esa zona tan extensa ha de atender los pueblos de San Luis y La Rioja. También llega a Villa del Tránsito a unos 960 metros de altura, cerca de San Alberto.

Se encuentra con una selva moral y pocos habitantes esparcidos en un gran territorio. Su dedicación y entrega derrite los corazones. Construye una capilla para lo cual es necesario fabricar los ladrillos. Se hace de buenos amigos y no descansa hasta lograr que se acerquen a Dios por la asistencia a Ejercicios Espirituales.

A lomo de mula recorría los senderos escabrosos para atender a enfermos y moribundos, para predicar la palabra de Dios, para recuperar a las personas para el bien y la virtud. Días y noches se la pasa en oración, ante el Santísimo, para lograr la conversión de los obstinados. Con frio o calor celebra la Santa Misa. Los frutos no se hacen esperar y hay un resurgimiento de la fidelidad a Dios, incluso en las personas más aisladas.

En 1898 regresa a Córdoba y allí permanece hasta 1902 en que regresa a Tránsito. Al despedirse y quitarse la muceta exclama: “Este apero no es para mi lomo, ni la mula para este corral”. A su regreso escribe  a las autoridades para pedir la construcción de un canal de riego pues falta el agua, de carreteras, del trazado de un ferrocarril.

Su salud está menguada, tiene lepra y, por eso, queda casi ciego se traslada a Santa Rosa de 1907 a 1911. Le instan a que regrese a Tránsito y lo hace con la condición de tener ayuda para la celebración de la Santa Misa y de poder seguir ayudando a los pobres. En sus últimos días le dice a su lazarillo: “Saca, hijo, del bolsillo unas chirolas y dale a mi amigo”.

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