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Inculturación y discernimiento en “La alegría del Amor”

Tenemos un regalo en la Exhortación Apostólica “Amoris laetitia”, en latín, o “La alegría del amor”, fruto de un intenso trabajo que se inicia con un Documento preparatorio, del 5 de noviembre de 2013, donde junto a algunas reflexiones sobre el estado actual de la familia, se incluye un cuestionario a todos los Obispos. En Pedagogía se acuña el término de “pregunta sugerente” para focalizar un asunto y profundizar en él. Con las respuestas a ese material se inician los trabajos del Sínodo extraordinario, en el año de 2014, en Roma, del 5 de octubre al 18 del mismo mes, y entregan un material que servirá para el Sínodo ordinario en 2015.


Amoris Laetitia; inculturación, discernimiento


Durante tres semanas que inician el 4 de octubre de 2015, se llevan a cabo los trabajos del Sínodo ordinario. El sínodo en la Iglesia católica es, en breves palabras, un estudio sobre algún aspecto, invocando la ayuda del Espíritu Santo. El sábado 24 de octubre entregan al Papa Francisco la Relación final del trabajo de esos días. El domingo 25, con la celebración de la Santa Misa, Su Santidad clausura el Sínodo ordinario. Muy significativo es el hecho de la canonización de los padres de Santa Teresa del Niño Jesús: Luis Martin y María Azelia Guerin, el 18 de octubre.

“La alegría del amor”, fechada el 19 de marzo de 2016, sale al público el viernes 8 de abril. No nos puede faltar sensibilidad para darnos cuenta que los frutos pastorales de este documento están respaldados por muchas horas de oración, sacrificio y trabajo reflexivo; pero los resultados también requieren de nuestra participación.

Precisamente porque es un documento eminentemente pastoral, llama a la responsabilidad de todos. De los pastores, porque no hay recetas previas, han de dilucidar cada caso y dosificar el proyecto de Dios de acuerdo a las circunstancias. De los fieles, para saber acudir al consejo y aplicarlo con sentido sobrenatural. Concretamente, el llamado a nuestra responsabilidad se encierra en dos palabras: inculturación (cfr. n. 3) y discernimiento (cfr. n. 293).

Cada persona está inmersa en una cultura familiar y social, e inculturar –en sentido amplio– es, adoptando el modo de decir del Papa, tender puentes entre el querer de Dios para la familia (cfr. n. 63) y la peculiar unión adoptada por un hombre y una mujer, de manera que habrá puentes más cortos para quienes están más cerca del diseño divino, y puentes más largos para los que necesitan más tiempo y espacio. El reto de la inculturación consiste en hacer propio el mensaje evangélico enriqueciendo las tradiciones y reorientando los desafíos de las respectivas localidades.

Todas las personas adultas hemos recorrido un proceso de formación intelectual, por eso hemos aprendido a comparar, valorar y elegir. Esas habilidades nos capacitan para discernir: El diccionario de la lengua española nos define el discernimiento como el juicio por cuyo medio percibimos y declaramos la diferencia que existe entre varias cosas. También es apoderamiento judicial que habilita a una persona para ejercer un cargo. Y discernir es distinguir una cosa de otra, señalando la diferencia que hay entre ellas. Discernir se relaciona con distinguir, diferenciar una cosa de otra, conceder, adjudicar.

Estas demandas personales requieren esfuerzo, y a veces, preferimos la comodidad de tener un manual que nos diga cómo proceder. Por eso, tal vez, éste sea el motivo de disgusto para quienes no están dispuestos a asumir la exigencia de inculturar y de discernir.

Para facilitar el discernimiento sobre la aplicación de las medidas encerradas en la Exhortación Apostólica, podemos hablar de medidas preventivas, perfectivas y reconstructivas. La historia de cada familia requiere de las tres, aunque según el momento alguna resulte prioritaria. Las medidas preventivas fortalecen los proyectos, en este caso está el noviazgo o el proyecto educativo. Las perfectivas acentúan la conservación y el mejoramiento de lo que marcha bien en la familia, por ejemplo, la manera de combinar los sucesos con la fe. Las medidas reconstructivas buscan adquirir lo más plenamente posible lo que falta para asemejarse al diseño querido por Dios para la familia, o reparan los deterioros.

El documento, por su clasificación, nos exhorta, nos anima, nos indica cómo hemos de proceder. En el primer capítulo, nos muestra el tesoro de la Iglesia: el Antiguo y el Nuevo Testamento, donde la Palabra de Dios ilumina todos los temas, en este caso, el de la familia. El último capítulo, el noveno, expone unas ideas muy propias para hacer oración, de manera que si nos encontramos perplejos frente a un asunto, el paso recomendable es hablar con Dios, antes de proceder.

Fortalecidos así, podremos ser más eficaces en el esfuerzo evangelizador hacia la familia que nos pide el Papa. Sabremos llenar de alegría a quienes descubran que el Evangelio de la familia cubre las expectativas más profundas de la persona humana. Esa alegría personal hará familias alegres y sociedades también alegres.

El octavo capítulo, aconsejado a todos: “Acompañar, discernir, integrar”, nos impulsa a un quehacer mucho más allá de la sola transmisión de conocimientos. El acompañamiento es imprescindible para inculturar; para hacer vida el Evangelio No basta conocer, hay que vivir. El discernimiento ayuda a dosificar el conocimiento y a seguir una gradualidad adecuada a la capacidad vital: adoptar las virtudes que hacen más amable la vida en el hogar, la manera oportuna de fortalecer los lazos dentro y fuera de la familia.

El Papa, además del Evangelio, ofrece textos de encíclicas de Juan Pablo II y de Benedicto XVI, y recoge gran parte de la catequesis de su pontificado en el año 2015, sobre la vida en familia. Además, selecciona partes significativas de las relaciones de los sínodos extraordinario y ordinario. Con esos textos nos anima a estar cerca de quienes viven situaciones llamadas irregulares, que generalmente son más delicadas y requieren un específico discernimiento.

Hay mucha riqueza y mucho trabajo, pero ahora para terminar, nos podemos quedar con la tarea de apoyarnos en las siguientes ideas:

– “La alegría del amor que se vive en las familias es también el júbilo de la iglesia”, frase con que inicia la Exhortación.

– “La familia es el lugar donde los padres se convierten en los primeros maestros de la fe para sus hijos”.

– “La Palabra de Dios es una fuente de consuelo para las familias que están en crisis o en medio de algún dolor”.

– “El bien de la familia es decisivo para el futuro del mundo”.

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* Las opiniones expresadas en esta columna son de exclusiva responsabilidad del autor y no constituyen necesariamente la posición oficial de yoinfluyo.com


 

 

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