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Otros dos hijos de Adán y Eva: Cervantes y Shakespeare

En toda familia encontramos parientes incómodos de los cuales no queremos hablar, y parientes destacados de quienes nos ufanamos.


Cervantes y Shakespeare


Los miembros de la familia humana podemos estar orgullosos de dos figuras de la literatura universal, de dos pueblos diferentes, de dos experiencias de vida distintas, pero ambos han dejado una huella extraordinaria, más allá del siglo que los acogió. Se trata de Miguel de Cervantes Saavedra y de William Shakespeare.

Viene al caso recordarlos, porque tan ilustres personajes entran a la historia cuando el español nace en Alcalá de Henares y es bautizado el 9 de octubre de 1547, por lo cual varios de sus biógrafos achacan su nacimiento al 29 de septiembre. El inglés muy probablemente nace el 23 de abril de 1564, en Stratford-upon-Avon y, con seguridad, recibe el bautismo el 26 de ese mes, en la iglesia de la Santísima Trinidad. Ambos mueren el 23 de abril de 1616.

El abuelo paterno de Miguel es un reconocido abogado, su padre un modesto cirujano y su madre una sencilla ama de casa. Miguel es el cuarto hijo de los siete que procrearon sus padres, aunque estuvo especialmente vinculado con Andrea, Rodrigo y Magdalena.

La infancia está llena de traslados debido a deudas que la familia no puede afrontar. Van de Alcalá de Henares a Valladolid, luego a Córdoba y a Sevilla. Lo educaron los jesuitas y asiste a la Universidad de Salamanca.

Estudia Gramática y Retórica en la escuela de Buenas Letras en Madrid. En 1569 marcha a Italia. Se incorpora a la milicia en las tropas pontificias y, en octubre de 1571, interviene heroicamente en la batalla de Lepanto.

La infancia y juventud de William es sedentaria en Stratford, con una densidad de población de aproximadamente dos mil habitantes, con una escuela de Gramática y un mercado bastante próspero.

Su familia es artesana, su padre comercia con cueros y lanas. Viven en una casa estilo tudor bastante espaciosa, dada la desahogada posición de que gozaban. Tiene ocho hermanos, él es el tercero.

Para satisfacer sus inquietudes intelectuales y literarias, se traslada a Londres, aproximadamente el año de 1590. William tiene entonces 26 años y Cervantes 43.

Cervantes tiene una obra muy prolífica: Novelas ejemplares, algunas con influencia italiana; teatro, entremeses y poesía. Shakespeare tiene obras dramáticas –cómicas y trágicas– y líricas.

La influencia de estos hombres sobrepasa su época. Ambos tienen palabras con sentido universal sobre muy variados temas. Los textos elegidos son sobre reflexiones acerca del gobierno. En “El Quijote” aparece lo siguiente:

–“Señor -respondió Sancho-, que el retirar no es huir, ni el esperar es cordura, cuando el peligro sobrepuja a la esperanza, y de sabios es guardarse hoy para mañana y no aventurarse todo en un día. Y sepa que, aunque zafio y villano, todavía se me alcanza algo de esto que llaman buen gobierno; así que no se arrepienta de haber tomado mi consejo, sino suba en Rocinante, si puede, o si no yo le ayudaré, y sígame; que el caletre me dice que hemos menester ahora más los pies que las manos” (Primera parte. Capítulo XXIII).

“Y más que ya por muchas experiencias sabemos que no es menester ni mucha habilidad ni muchas letras para ser uno gobernador, pues hay por ahí ciento que apenas saben leer, y gobiernan como los gerifaltes [halcón de gran tamaño], el toque está en que tengan buena intención y deseen acertar en todo, que nunca les faltará quien les aconseje y encaminen en lo que han de hacer, como los gobernadores caballeros y no letrados, que sentencian con asesor. Aconsejaríale yo que no tome cohecho ni pierda derecho” (Segunda parte. CapítuloXXXII).

En La vida del rey Enrique V, Shakespeare pone en boca del rey este texto:

“Si un hijo que es enviado por su padre al extranjero para hacer el comercio se conduce criminalmente sobre el mar, su bellaquería, conforme a nuestro razonamiento, debería ser imputada al padre. O bien, si un servidor, al transportar por orden de su amo una suma de dinero, es asaltado por los ladrones y muere acusado de iniquidades sin purgar, atribuiríais al negocio del amo la causa de la condena del servidor.

“Pero ello no es así, el rey no puede responder del estado particular en que mueren sus soldados más de lo que el padre y el amo son responsables del estado en que mueren su hijo y su servidor; pues ellos no piden su muerte, piden sus servicios.

“Además, no hay rey, por intachable que sea su causa, que, si llega el caso de arbitraje entre las espadas, pueda hacerla decir por soldados que sean todos sin mancha; unos son, por ventura, culpables del crimen premeditado y efectuado; otros, de haber engañado a vírgenes faltando a sus juramentos; otros, de haber tomado la guerra como un refugio, después de haber ensangrentado el noble seno de la paz por el pillaje y por el robo.

“Ahora, si estas gentes han frustrado la ley y eludido el castigo que merecían, aunque hayan podido escapar de las manos de los hombres, no tienen alas para escapar de la venganza de Dios: la guerra es un sargento, la guerra es su venganza; de tal suerte que estos hombres se encuentran castigados, por la querella del rey, de infracciones que habían cometido antes contra las leyes del rey; han salvado su vida donde creían perderla, y perecen donde se consideraban en seguridad.

“Por tanto, si mueren sin preparación, el rey no es más culpable de su condenación que sería culpable de sus delitos anteriores, por los cuales son visitados por la justicia divina. La obediencia de todo súbdito pertenece al rey; pero todo súbdito es dueño de su propia alma.

“Por consiguiente, todo soldado en la guerra debe hacer lo que todo enfermo en su lecho: lavar su conciencia de toda mancilla; si muere en estas condiciones, la muerte es para él una ventaja, y si no muere, el tiempo perdido en esta preparación será tiempo bendito; y para el que escapa, no será un pecado pensar que es la oferta voluntaria que ha hecho a Dios de su persona lo que le ha permitido sobrevivir a este día para reconocer su grandeza y para enseñar a los otros cómo deben prepararse” (Acto cuarto, escena primera).

Sean estas pinceladas un homenaje al quehacer de personas que han sabido aprovechar sus cualidades, y un estímulo para disfrutar y emular esa herencia.

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* Las opiniones expresadas en esta columna son de exclusiva responsabilidad del autor y no constituyen necesariamente la posición oficial de yoinfluyo.com


 

 

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