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Las enseñanzas de la corrupción

No cabe duda de que el tema de la corrupción siempre supone una transgresión incómoda, pues frustra compromisos necesarios para realizar un proyecto bueno para un determinado conjunto de personas unidas para alcanzar su plan.


Corrupción


Sin embargo, esa bondad para algunos no lo es para todos; por eso, se puede calificar de corrupción, porque destruye total o parcialmente a quienes están fuera de la finalidad perseguida.

Se califica de corrupto a quien transgrede cualquier tipo de ley, porque la auténtica ley siempre busca el bien de todos. Quien es corrupto se excluye de esa norma, necesariamente tiene que ocultar planes, metas y acciones para intentar librarse de las sanciones previstas para los infractores. Sus planes, metas y acciones solamente le favorecen a él o al equipo.

Paradójicamente es corrupto para sus cómplices aquél que dentro del grupo de corruptos rompe sus promesas.

En definitiva, la corrupción nos enseña, de manera contundente, que el ser humano siempre persigue una finalidad con sus acciones. Esto es sumamente importante, pues desacredita a quienes entienden al ser humano como una criatura inerme que se mueve a expensas de las circunstancias. Por el contrario, quien actúa siempre es responsable porque sabe lo que busca; entonces, si hace daño tiene que retribuir.

Otra enseñanza, de la cual ninguno estamos exentos, consiste en que cuando actuamos, si hacemos daño a alguien, aunque sea en mínima escala, también cooperamos a la corrupción, y hay que reparar.

Desde el punto de vista de la filosofía clásica

La filosofía clásica nos enseña que se denomina “generación” al proceso donde algo o alguien inicia su existencia. Se llama “corrupción” al proceso contrario: cuando algo o alguien deja de ser lo que es.

En este terreno, la corrupción nos enseña que quien está sometido a ella se está destruyendo en primer lugar; en segundo, está destruyendo a otros. De manera que, tarde o temprano, ese mal se revertirá. Por eso, la corrupción siempre ocasiona un gran deterioro y, en primera instancia, lo sufre quien lo ocasiona.

El resultado más drástico de la corrupción es la muerte. Pero también hay acercamientos a la muerte; consisten en diversos tipos de evasiones, de manera que la persona vive una doble o triple vida. Las manifestaciones concretas son muy variadas. Algunas son: la mentira, pues se afirman actos que no se han realizado, para ocultar los que sí se hicieron. Cuando esto se vive por mucho tiempo, la persona termina sin saber distinguir qué hizo y qué inventó. La confusión es tremenda y muchas veces se acude a estupefacientes para lograr cierta tranquilidad, evadiendo la verdad.

Vivir con una persona en este estado es sumamente desgastante porque culpa a los demás de su inquietud, no admite sus errores y los proyecta en los demás. Aparentemente, con esta conducta va a alcanzar la paz, pero se termina peor, muchas veces en el abandono, y siempre en la desconfianza.

La enseñanza a este nivel consiste en reconocer que lo propio de una persona es tratar de armonizar la conducta con el bien personal y social. Lo demás termina mal.

Desde la estructura humana

Las causas de la corrupción son individuales y sociales. Individuales, porque hacemos elecciones inconvenientes. Sociales, porque cuando somos injustos estamos apropiándonos de lo que corresponde a otros; entonces, si el despojado no encuentra el modo adecuado de cubrir sus necesidades, tal vez lo estemos inclinando a optar por medios inadecuados, pues, muchas veces, como le hemos cerrado las puertas, prácticamente no tiene otra opción.

En cualquiera de estas circunstancias, vemos que existen las elecciones, y que éstas pueden ser buenas o malas. Esto es: siempre usamos de nuestra libertad, el ser humano la posee, pero siendo un don tan grande, lo podemos usar para el bien o para el mal. A veces bien y a veces mal. La mayoría de las veces bien o la mayoría de las veces mal.

La lección consiste en darnos cuenta de que nadie está exento del error, ante nosotros está la opción por el bien o por el mal. La elección del bien construye, la elección del mal destruye: corrompe.

Además, nuestra individualidad está compartida; por eso, podemos ayudarnos ayudando a otro a optar por el bien, aunque también podemos perjudicarnos orillando a otros a elegir el bien aparente que termina ocasionando el mal.

El tejido social lo trabajamos todos, de manera que en mayor o menor medida somos responsables de nuestra sociedad. Tanto por una influencia activa como por una pasiva: dejar hacer, dejar pasar…; y cuando el mal ahoga, cuesta más la reconstrucción.

Ninguno estamos al margen de la responsabilidad, pero hay gradualidad en la responsabilidad, y quien asume el papel de dirigente, como lo elige o lo busca libremente, ha de ser consciente de la importancia de una conducta justa, y de que su vida personal está más vinculada con el bien social. Por ese motivo, tiene mucha importancia que cultive las virtudes, especialmente la de la justicia. Y dirigentes son los padres en su familia, los directores en su empresa, los maestros en el aula, los gobernantes en su demarcación…

Desde nuestro lugar, precisamente porque somos relacionales, los dirigidos pueden ayudar a los dirigentes: los hijos a los padres, los empleados a los directivos, los alumnos a los maestros, los ciudadanos a los gobernantes… ¿De qué manera? Evitando la adulación, señalando con fortaleza los errores, advirtiendo las consecuencias trascendentes de sus decisiones. Si no lo hacemos, cuando lo deberíamos de hacer, también es corrupción.

Desde la capacidad de rehacerse

El aprendizaje de todas estas reflexiones podemos concretarlo en la dimensión personal y en la dimensión social.

En lo personal, contamos con experiencias propias y de otros que nos enseñan el modo de retomar el buen camino. Por eso, entendemos que nadie, por bajo que haya caído, está determinado a quedar así. Puede redireccionar su libertad al bien, poco a poco; con elecciones pequeñísimas pero accesibles, vuelve a fortalecerse, porque, en definitiva, la libertad tiene al bien de modo natural, y eso nos ayuda.

En lo social, cuando la libertad personal parece estar muerta, nunca estamos excluidos de la ayuda de otros. De hecho, existen instituciones diseñadas específicamente para ayudar a otros a regenerarse. Basta con que queramos ayudar o dejarnos ayudar. O ser promotores de estos vínculos creando redes de ayuda social.

La enseñanza alentadora está claramente expresada en una idea simple pero profunda: el ser humano no es un rio determinado a seguir su cauce. Porque somos libres, podemos diseñar nuestro propio cauce, y no sólo una vez sino muchas, según nuestras circunstancias.

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* Las opiniones expresadas en esta columna son de exclusiva responsabilidad del autor y no constituyen necesariamente la posición oficial de yoinfluyo.com


 

 

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