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El matrimonio vocación cristiana y las dioscidencias

No cabe duda que Dios es el Señor de la historia y que en su relación con los seres humanos aplica la Pedagogía Divina; a nosotros nos toca descubrirla y llenarnos de agradecimiento porque en cada paso está la mano de Dios fuerte y segura, siempre unida a la nuestra.


Familia Natural


La mayoría de las veces a esa ayuda la llamamos buena suerte, coincidencia, o cuando somos más pagados de nosotros mismos la achacamos a nuestra “genialidad”. Pero, también tenemos destellos de sensatez y hemos inventado el vocablo “dioscidencia”, que muestra el reconocimiento de la acción divina en nuestra vida.

En estos días de la segunda quincena del mes de octubre hemos vivido sucesos conocidos a nivel mundial, entretejidos con otros a nivel internacional y siempre acompañados de las propias vivencias y reflexiones. A eso me voy a referir porque en ellos quedará manifiesta la planeación de Dios, intachable. Y dicha planeación siempre cuenta con la actividad humana. Por eso, hay objetivos a corto, mediano y largo plazo -cuando las riendas están en las manos humanas-, y los de plazo sorprendente e impredecible -pues emanan de las manos de Dios-.

Y ahora dos dioscidencias del 18 de octubre. En la Plaza de San Pedro, el Papa Francisco celebra la Santa Misa donde también se canonizan a cuatro nuevos santos, entre ellos el primer matrimonio elevado a los altares: María Azelia Guérin y Luis Martin, de quienes el Papa dijo: “Vivieron el servicio cristiano en la familia, construyendo cada día un ambiente lleno de fe y de amor; y en este clima brotaron las vocaciones de las hijas, entre ellas Santa Teresa del Niño Jesús”.

En el Centro de Conferencias de Bancomer, en Santa Fe, en la Ciudad de México, el mismo 18 de octubre, se terminan los tres intensos días del XIX Congreso Internacional de la Familia, promovido por la International Federation for Family Development (IFFD). Acudieron más de mil ochocientas personas provenientes de familias de América, Asia, África, Europa y Oceanía. En ese ambiente variopinto y de tan diversas culturas se mostró la sorprendente convicción unificadora de fortalecer la familia, fundada en el matrimonio entre un hombre y una mujer.

La ceremonia de Roma cerraba dos semanas del intenso trabajo realizado en el Sínodo de Obispos sobre estudios de la Familia, aún sin concluir porque tenían ante sí la última etapa. En la Ciudad de México, numerosas familias daban un alegre testimonio del esfuerzo por sacar adelante la relación conyugal y la paterno-materno-filial. Pero precisamente en ese ambiente pudieron palpar que su ideal lo viven muchos, y el compartir experiencias supuso un enriquecimiento con el que regresaron a sus lugares de origen. En Roma, analizan el fenómeno de la familia para prestar una ayuda más cercana, en México se muestra en vivo y en concreto el fenómeno de la familia, dispuesta a fructificar la ayuda que le venga de Roma.

De la riquísima Declaración con la que concluye este Congreso, elijo el siguiente párrafo: “Destacamos que, por ser los componentes básicos y esenciales de las sociedades, las familias tienen un papel decisivo en el desarrollo social, y que sobre ellas recae la responsabilidad primordial de la educación y socialización de los menores, así como la de inculcar los valores de ciudadanía y pertenencia a una sociedad, y que son agentes esenciales para la nueva Agenda de Desarrollo Post-2015, de forma que una de las medidas del éxito de los nuevos Objetivos de Desarrollo Sostenible será su capacidad de fortalecer y proteger a las familias”. Esto muestra la potencia que estas palabras, hechas vida, impulsan e iluminan al mundo.

El domingo 25 de octubre concluyen las propuestas que el Sínodo pone a la consideración del Papa Francisco. En la última semana, y con trabajo a contra reloj, indican líneas de acción, entre otras, sobre el hecho de que el acceso al matrimonio supone una vocación, del cuidado de la fidelidad conyugal, de la ayuda que unas familias han de prestar a otras, de que el hogar ha de ser cálido con un ambiente acogedor, que los padres son los primeros responsables de la educación de los hijos, de aumentar la presencia del padre en el hogar, de mejorar la preparación para el matrimonio y de la urgente necesidad de cuidar la institución del noviazgo.

Y las dioscidencias se dan acudiendo al pasado, cuando Dios ha inspirado a predecesores en estos temas. Por ejemplo, la idea de San Juan Pablo II, expresada en la Carta a las familias y en la Familiaris Consortium, donde propone la ayuda de familias a otras familias. Esto es, familias experimentadas pueden orientar a otras que sufren lo que ellas ya resolvieron, o prestarse mutuamente servicios cuando no cuentan con los recursos necesarios.

San Josemaría Escrivá es otro predecesor en estos temas, y al que no sin razón, le dijeron que llegaba con un mensaje de cien años de adelanto. Ahora saldrán documentos oficiales de la Iglesia donde se hablará de un fenómeno pastoral que este santo vio en 1928 y pudo cristalizar a finales de los años cincuenta del siglo pasado, cuando pudo admitir en el Opus Dei a personas con vocación al matrimonio, como Tomás Alvira -que ahora junto con su esposa están en proceso de canonización-, o como Víctor García Hoz o Mariano Navarro Rubio.

Y, en la Navidad de 1970, San Josemaría pronuncia una homilía, más adelante publicada en el libro Amigos de Dios, que titula El matrimonio vocación cristiana, con una introducción y dos subtemas: “Santidad del amor humano” y “Hogares luminosos y alegres”. A continuación se recogen tres párrafos:

“Los casados están llamados a santificar su matrimonio y a santificarse en esa unión; cometerían por eso un grave error, si edificaran su conducta espiritual a espaldas y al margen de su hogar. La vida familiar, las relaciones conyugales, el cuidado y la educación de los hijos, el esfuerzo por sacar económicamente adelante a la familia y por asegurarla y mejorarla, el trato con las otras personas que constituyen la comunidad social, todo eso son situaciones humanas y corrientes que los esposos cristianos deben sobrenaturalizar”.

“Es necesario que los padres encuentren tiempo para estar con sus hijos y hablar con ellos. Los hijos son lo más importante: más importante que los negocios, que el trabajo, que el descanso. En esas conversaciones conviene escucharles con atención, esforzarse por comprenderlos, saber reconocer la parte de verdad -o la verdad entera- que pueda haber en algunas de sus rebeldías. Y al mismo tiempo, ayudarles a encauzar rectamente sus afanes e ilusiones, enseñarles  a considerar las cosas y a razonar; no imponerles una conducta, sino mostrarles los motivos, sobrenaturales y humanos, que la aconsejan”.

“Es muy importante que el sentido vocacional del matrimonio no falte nunca en la catequesis y en la predicación, como en la conciencia de aquellos a quienes Dios quiera en esa camino, ya que están real y verdaderamente llamados a incorporarse en los designios divinos para la salvación de todos los hombres”.

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* Las opiniones expresadas en esta columna son de exclusiva responsabilidad del autor y no constituyen necesariamente la posición oficial de yoinfluyo.com


 

 

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