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La libertad ha muerto, viva la libertad

Después de la consternación de la muerte de un rey, el pueblo no podía quedar a la deriva, el mismo sistema monárquico tenía prevista la sucesión. De allí el grito: “el rey ha muerto, viva el rey”.


La libertad


Con motivo de la fiesta de la Asunción de la Santísima Virgen, Benedicto XVI, el 29 de agosto de 2005, dice: “Ella sabe que, si Dios es grande, también nosotros somos grandes. No oprime nuestra vida, sino que la eleva y la hace grande: precisamente entonces se hace grande con el esplendor de Dios.

El hecho de que nuestros primeros padres pensaran lo contrario fue el núcleo del pecado original. Temían que, si Dios era demasiado grande, quitara algo a su vida. Pensaban que debían apartar a Dios a fin de tener espacio para ellos mismos. Esta ha sido también la gran tentación de la época moderna, de los últimos tres o cuatro siglos. Cada vez más se ha pensado y dicho: "Este Dios no nos deja libertad, nos limita el espacio de nuestra vida con todos sus mandamientos. Por tanto, Dios debe desaparecer; queremos ser autónomos, independientes. Sin este Dios nosotros seremos dioses, y haremos lo que nos plazca".

Y, al leer el texto, me vino la idea de sustituir la palabra rey por libertad. Lo explicaré.

En las palabras del entonces Papa, vemos dos actitudes: la de la Santísima Virgen y la de quienes están dominados por el pecado original.

Ella no encuentra ninguna oposición en el ejercicio pleno de su libertad y en asumir la Voluntad de Dios. Ve con claridad que la grandeza de Dios busca engrandecer a sus criaturas, y ese es un modo de mostrar Su grandeza, de manera que cuando nos propone algo, es precisamente para hacernos crecer. Dios se goza con nuestro adelanto, con nuestro bien.

Además, es tan inmensa la distancia entre nuestras posibilidades y el Ser divino, que la sustitución es imposible. Él no tiene el problema que tenemos nosotros: cuando alguna persona mejora y nos supera, es candidato para suplirnos. Este puede ser uno de los motivos para no impulsar la educación y así eliminar la posibilidad de tener competidores.

La segunda actitud es por la que se ha inclinado el ser humano de nuestros días. Desvinculado de la Madre y del Padre, no admite su origen y su destino, no concibe la libertad como un don gratuito y ve contradicción entre ser libre y secundar la Voluntad de Dios, porque concibe esa Voluntad como opresora y no como promotora del propio desarrollo, porque no concibe a Dios como el Sumo Bien. El concepto de Dios está muy equivocado.

Por eso, el ser humano moderno ha rechazado a Dios, al proyecto de Dios y a todos los recursos que nos ofrece para ayudarnos, como es el caso de sus Mandamientos.

El ser humano ha elegido soñar. Sueña lo que quiere, cuando quiere, donde quiere, y para realizar sus propósitos, produce sus recursos. Se trata de un sueño independiente, donde no cabe Dios. En ese mundo de ensoñación se descarta la realidad hecha por Dios. El soñador es creador y señor autónomo, lo puede todo; si algo sale de su control, lo suprime de un plumazo, y según él, no pasa nada. El concepto de ser humano también está muy equivocado.

Por esta razón, para las personas de estos tiempos con esta postura es tan importante el progreso de la técnica, esos adelantos logrados con “el poder del ser humano”. Se apoyan en los recursos tecnológicos para hacer lo que quieren y como lo quieren. E incluso sostienen el poder de reinventarse. Así se entiende que puedan decir que no son lo que son –hombre o mujer–, sino que son lo que quieren ser –mujer en hombre, hombre en mujer, y una infinita posibilidad de invenciones, según su fantasía–.Tenemos muy equivocado el concepto de libertad.

En el hacer las cosas como Dios quiere –para nuestro bien, no lo olvidemos–, necesitamos plegarnos a los recursos de la naturaleza, y también hacer uso de nuestra creatividad, de nuestros conocimientos, de nuestra capacidad, tal cual es no tal cual la pensamos, tal cual nos la ha dado Dios. En este terreno se ha de asumir algo dado y algo por hacer.

Pero como lo dado sale del propio campo de la creatividad absoluta, el soñador prefiere eliminar a Dios, no admite nada que venga de fuera, nada en donde haya un mínimo asomo de necesidad, todo ha de ser autonomía, todo es autorreferencial –como dice el Papa Francisco–. El soñador no tiene por qué dar gracias a nadie; eso le disgusta, pues sería reconocer que tiene un Creador. No admite ningún contexto, quiere ser y hacer como le dé la gana, toma el papel de creador.

Por eso, la criatura contemporánea no ve en los Mandamientos de Dios unos cauces para facilitarnos el quehacer, sino que los ve como obstáculos, como frenos que impiden el desarrollo infinito propio de los sueños.

La autonomía respecto a Dios ha seguido un proceso paulatino pero sin tregua, incluso compatible con el hecho de creer en Dios, de manera que el creyente no se ha percatado del sucesivo alejamiento del Creador.

Es necesario reaccionar; pero para que la reacción sea positiva, regeneradora y constructiva, primero es preciso salir de los errores y luego construir sobre terreno sólido: en lo que es verdadero, en la realidad. Para eso hace falta desentrañar el por qué y el para qué de las cosas; el por qué y el para qué de nuestros semejantes. La simple presencia de lo que nos rodea tiene un sentido que se ha de respetar y es muy distinto a inventarlo. Cuando se inventa, anulamos el entorno y entronizamos nuestro yo, desautorizamos a lo demás y a los demás.

Salir del error es partir de una sana Teología que nos dice que Dios es el único Ser Supremo, todopoderoso, creador de todo lo que existe y que por amor sostiene en el ser a lo que crea. Por lo tanto, para tener un acercamiento a Dios hay que conocer lo que ha creado. Conocer es aceptar lo que son las cosas y los seres vivos. Conocer no es soñar.

Salir del error es aceptar una sana Antropología que nos dice que el ser humano es también creado por Dios, de Él recibe una naturaleza –corpóreo-espiritual–, una encomienda: cuidar a los otros seres que habitan la Tierra, y un premio: gozar a Dios para toda la eternidad, si se cumple Su encomienda; o recibir un castigo, si no se cumple. Por eso, para que el ser humano se realice, ha de conocerse y conocer lo que Dios le pide y llevarlo a cabo, contando con que la Bondad de Dios le ayuda. Conocerse no es ensoñación.

Salir del error es partir de la sana Teología y la sana Antropología para desentrañar el Don y Misterio de la libertad. Don, porque al ejercitarla podemos elegir el bien; Misterio, porque podemos hacer mal uso de ese don y destruirnos destruyendo. Por lo tanto, Dios en su bondad nos da la libertad para hacer el bien y alcanzar meritoriamente la felicidad de gozarle eternamente.

En resumen, Dios nos quiere y nos quiere felices; y la felicidad es estar con Él, pero espera que libremente correspondamos a Su Bondad, que no la rechacemos, que la sepamos aceptar. Que respetemos lo que ha creado: la realidad manifiesta la mente de Dios. Que agradezcamos y adoptemos sus mandamientos que nos muestran el querer de Dios. San Agustín nos enseña: Dios que nos creó sin nosotros no nos salvará sin nosotros. Esta frase encierra el verdadero sentido del uso de nuestra libertad: la autodeterminación al bien debido.

No cabe matar la libertad que Dios nos da y adoptar la que nosotros nos demos, porque esto es destruir el núcleo más íntimo de cada persona, el santuario donde cada uno, en su dimensión relacional, se encuentra con Dios. San Josemaría Escrivá enseña que la rebeldía más grande del ser humano es no querer ser una bestia, sino querer ser amigo de Dios.

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* Las opiniones expresadas en esta columna son de exclusiva responsabilidad del autor y no constituyen de manera alguna la posición oficial de yoinfluyo.com


 

 

 

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