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¿Quién tira la primera piedra?

Ante una mujer adúltera acusada por unos hombres prominentes, Nuestro Señor Jesucristo dijo “arroje la primera piedra quien esté libre de culpa”. El castigo era la lapidación. Y se alejaron los acusadores empezando por los más ancianos.


Humanismo y sociedad


 

Este hecho nos ofrece muchas lecciones. Un acto deshonesto merece castigo; quien acusa o castiga también puede ser culpable; la sinceridad de reconocer los propios actos y actuar de manera congruente.

De allí se concluye que no hay los buenos-buenos ni los malos-malos. No es real la clasificación de las personas en dos grupos extremos, la experiencia de la propia vida nos muestra un claro-oscuro. Además, la necesidad de una sanción o de un premio acorde con las malas o buenas obras, son modos de redimir la culpa o de emular el bien.

Junto a estos relieves, hay otro muy superior, la visión de un Ser Supremo que conoce la ley y la aplica de acuerdo a las circunstancias peculiares de cada quien y en el marco de la justicia, aspecto que ningún ser humano, por falta de conocimiento profundo y a la vez detallado, puede llevar a cabo con semejante precisión y acierto.

Lo que Jesús hace con cada persona no quita nada a los demás, por eso, no caben reclamos y sí muchos dones inmerecidos que adeudan gratitud. Impulsa a mejorar la vida al perdonar a la que calificamos de mala mujer. Con una pregunta, lanzada al aire, mueve a los investidos de autoridad a revisar su trayectoria y les lleva a juzgarse antes de juzgar.

Seguramente el perdón a la adúltera repercute en su libertad y ella, exenta de ataduras, seguramente reinicia un nuevo camino. Al aplicar esta media se ha conseguido -de manera amable- la rectificación del modo de vida que buscaba el castigo.

También es muy probable que los jueces, al reencontrarse consigo, hayan experimentado la tranquilidad de recuperar el buen juicio gracias a su postura sincera y misericordiosa para no condenar sabiéndose ellos mismos condenables.

Realmente sólo Dios consigue la mejora de todos sin necesidad de adoptar las medidas impuestas por los seres humanos. No las abroga pero aplica modos superiores y eficacísimos, aunque siempre espera la colaboración humana.

Tener el consuelo de poder acudir a la autoridad divina y pedirle luz para discernir y fortaleza para llevar a cabo los propósitos, no exime de la responsabilidad de asumir el trabajo que a cada uno nos corresponde y de ejecutarlo de la mejor manera.

Por eso, es necesario desarrollar los talentos: todas aquellas cualidades que propician el bien. A la vez, es necesario ahogar las tendencias negativas que asfixian lo bueno y nos degradan. Por lo tanto, la tarea es fortalecer lo bueno y debilitar lo malo. Y no al contrario, que es mucho más fácil.

Al mismo tiempo, conviene ayudar a los demás a emprender un propósito semejante, con un acompañamiento que no elimine su lucha pero sí la aliente y sostenga hasta que prevalezca el esfuerzo y la esperanza.

Cuando alguien está deteriorado por falta de buenos hábitos y de deseos de mejora, es posible que haga una labor contradictoria al adormilar la conciencia de los demás y dejarles convivir alegremente con sus defectos. Muchas veces aprovechan sus debilidades y hacen de ellos consumidores de droga, o clientes o promotores de negocios desaconsejables. Todas estas personas son aliados fáciles para llevar a cabo acciones delictivas. Provocan el deterioro de la sociedad. Desgraciadamente hay negocios que prosperan precisamente a costa de la debilidad humana.

Y sin embargo, a pesar de ver este panorama, es imprescindible evitar la tentación de clasificar en buenos y en malos. Si queremos hacer el bien, conviene agradecer las múltiples oportunidades que han facilitado esta postura e incluso, considerar que aunque hayamos aprovechado algunas, seguramente también hemos desperdiciado otras.

Tampoco es oportuno desconocer que hay muchas personas que carecen de lo mínimo necesario y por eso, son apáticas o cómplices de la delincuencia. Si hubiéramos vivido esas circunstancias tal vez seríamos peores. La responsabilidad social, ante estos casos es considerarnos deudores y por lo tanto, con nuestra ayuda, tratar de compensar sus carencias en la medida de lo posible.

No siempre se puede ayudar a quienes están en circunstancias extremas, pero esto no ha de ser pretexto para dejar de ayudar a quienes están cerca y aparentemente no tienen serios problemas.

Nos necesita quien piensa que no supo elegir su profesión y está a punto de abandonar los estudios. Salvo pocos casos en los que tendrán razón, en los demás, habrá que animarlos hasta que superen la indecisión.

Nos necesita la persona que se siente incapaz de sacar adelante su matrimonio, está ofuscada y eso mismo le hace ser inoportuna. Ayudarla a ser objetiva, a reconocer lo que tiene y a dar a los problemas su justa dimensión, la capacitará para resolver lo que le compete y recuperar el rumbo.

Nos necesita la persona que está a punto de destrozar un hogar. Ha de reconocer que es muy grave el papel de quien se interpone entre dos cónyuges, aunque sea una costumbre generalizada y aunque piense que puede hacer feliz a quien se siente fracasado. Ese no es su lugar.

Nos necesita el funcionario tentado a aprovecharse de su puesto para beneficiar a sus amigos y perjudicar a sus enemigos, a costa de la institución a la que debería servir. Si por algún motivo nos damos cuenta de esa injusticia, no podemos callar y dejar hacer.

Nos necesita la persona acostumbrada a ofrecer dinero a los funcionarios que prestan algún servicio con el fin de conseguir una exención o un beneficio indebido. Hemos de hacerle ver que actúa mal e incita a otros a actuar indebidamente.

Nos necesita quien premia a sus amigos aunque actúen mal y castiga a los extraños aunque actúen bien. Los premios o los castigos no se han de aplicar para beneficio propio sino para ayudar a quienes se les aplican.

Estos y otros muchos problemas se han complicado, porque actualmente el modo de afrontarlos se apoya en falsos argumentos, difíciles de erradicar. Sin embargo, ante cualquier tipo de problema, es recomendable fomentar: la veracidad para recuperar la palabra de honor, la honestidad para respetar la propiedad ajena, la lealtad para asumir los compromisos, la fidelidad para sostener la palabra de honor a lo largo del tiempo.

Para no claudicar en este empeño conviene recordar que lo más costoso vale más. Con ese acicate, no cejar hasta recuperar las buenas costumbres. Y, sobre todo, es un consuelo contar con la ayuda de Dios.

Todo eso lo haremos no para tener derecho a tirar la piedra, sino para que nadie tenga necesidad de tirar alguna.

 

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* Las opiniones expresadas en esta columna son de exclusiva responsabilidad del autor y no constituyen de manera alguna la posición oficial de yoinfluyo.com

 

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