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¿Buenos por decreto?

No cabe duda que hemos llegado a un momento crucial: demandamos respeto, honestidad, seguridad; todo ello, en definitiva, no es más que el deseo de convivir con personas confiables, que sean buenas y su conducta también lo sea.


Virtudes humanas


¿Para lograr esa bondad en las relaciones sociales creemos que el problema se resuelve aumentando la vigilancia policial? Me parece que eso no nos convence.

La solución es más profunda, y tanto, que está en las entrañas de cada uno de nosotros. Y, por eso resulta más difícil la solución, pues hemos de asumir la propia responsabilidad ante los hechos que nos ahogan. Darnos cuenta de que, de manera activa o pasiva, somos actores de nuestra sociedad y dejamos en ella los resultados de nuestro modo de proceder: activo o pasivo.

El bien-hacer deja huella, el mal-actuar también deja huella. No es perogrullada: el bien-hacer crea un círculo virtuoso y facilita el siguiente acto bueno. El mal-actuar crea un círculo vicioso y facilita el siguiente acto malo. Así de simple y así de necesario es que revisemos nuestra condición. También cabe la pasividad: ver el bien y no imitarlo, o ver el mal y no impedirlo.

En este punto de la reflexión, es preciso señalar qué es el bien. Todos tendemos al bien, cualquier meta representa para cada uno algo bueno. Incluso, quien se quita la vida –el don más valioso que tenemos–, lo hace porque su vida resulta dolorosa, la considera poco digna o con un pronóstico poco deseable, entonces el bien que aparece es evitar el sufrimiento, y se elige un bien parcial.

Incluso, quienes pertenecen a una mafia, están en ella porque el bien que persiguen es mejorar su posición adquisitiva por medio de enormes y rápidas ganancias. Aunque en ese camino haya problemas, están decididos a sortearlos a como dé lugar, porque la meta es sumamente atractiva y ofrece bondades particulares.

Con estos dos ejemplos nos damos cuenta que perseguimos bienes, pero son bienes que a otros causan daño. A los parientes, amigos o socios del suicida se les ocasiona un daño físico o moral, quedan solos ante un proyecto familiar o laboral que habían emprendido juntos. Quienes no comparten las metas de la mafia son seriamente maltratados en su persona, en su familia o en sus propiedades, porque resultan posibles delatores, y no quieren correr ese riesgo.

En el fondo, los bienes parciales –buenos para mí y malos para otros–, junto con la satisfacción del logro alcanzado, provocan un malestar que se manifiesta en una honda intranquilidad imposible de atacar, persistente y desgastante. Por esta sensación, muchas veces las personas se vuelven hoscas, agresivas, impacientes. Y, como no pueden salir de ese estado de ánimo, se evaden buscando otras sensaciones por medio del alcohol, la droga o el placer sexual. Todo ello agrava su estado y aumenta la agresividad y la impaciencia. Cualquier extraño que se cruce en su camino puede sufrir la violencia, y por supuesto, quienes conviven con ellos acaban alejándose.

Entonces, ¿es utópico el bien para todos? No, no es utópico. El auténtico bien es el que mejora la propia naturaleza. Al hacernos mejores, estaremos en condiciones de ayudar a los demás a ser mejores. Entonces, la propia conciencia no reprueba sino que consigue la paz interior, propia de quien derrama beneficios: hay crecimiento personal y ayuda a los demás, no exteriormente, sino en el núcleo del ser.

Al tener paz interior se está en condiciones de dar paz a los demás. Se pueden propiciar diálogos serenos donde cada quien exprese sus opiniones, se le escuche tratando de entender respetuosamente otros puntos de vista. Así surge un ambiente de confianza y de aprecio mutuo.

Pero, cuando remuerde la conciencia, es difícil el diálogo, porque, como la persona tiene algo que ocultar, su actitud es defensiva, de disimulo. Así, la capacidad de escucha está inhibida y mucho peor es, cuando para protegerse, se busca mostrar culpas ajenas.

En estas circunstancias, intensificar la vigilancia solamente conduce a un momentáneo buen comportamiento, que desaparece cuando cesa la presencia policíaca, por agresión contra ella o por cambio de guardia.

Por lo tanto, la meta consiste en tocar el corazón de las personas para que ellas mismas quieran reencaminar su vida. Esto acarrea un doble dolor: el de reconocer el daño causado y el de combatir los malos hábitos adquiridos. Además, al rectificar el camino, muchas personas dudarán del cambio y se añadirá la pena de la incomprensión y la soledad.

Quienes ayudaron a ese cambio, tienen la grave responsabilidad de acompañar y sostener la perseverancia en el intento, porque las tentaciones son enormes; los hábitos arraigados no desaparecen con el simple deseo, es preciso ejercer el bien durante un muy largo periodo. Aquí los miembros de la familia son piezas clave, urge su presencia, su paciencia y su cariño.

Las medidas sociales también han de propiciar ambientes sanos. Desde los organismos jurídicos, emanar leyes que fomenten la buena conducta y reduzcan las tentaciones. Sólo estas leyes son auténticamente leyes: promueven el bien de todos: de minorías, de mayorías, de distintos sectores de la sociedad, de distintos estratos, de distintas creencias, de distintas posturas.

Ninguno estamos excluidos de rectificar y, para ello, todos necesitamos ayuda. Por lo tanto, resulta criminal la postura de quienes incitan al mal. En concreto, de quienes dan mal ejemplo, y es más reprobable si están al frente de otros; de quienes tiene una mala conducta e incitan a otros a imitarles, con el fin de promocionarse como mayorías; de quienes incitan a la injusticia o a la infidelidad; de quienes deterioran la fama de otros; de quienes meten cizaña y causan divisiones…

Por lo tanto, es necesario buscar ser buenos por convicción, no por decreto ni por estar sometidos a vigilancia. Por eso, aunque los gobiernos han de garantizar el bien externo con medidas coercitivas, tienen mucho más campo de acción al propiciar ambientes sanos: buenos contenidos en los medios de difusión, buenos espectáculos que promuevan la cultura… Y sobre todo, como su mejor aliada es la familia: buenas políticas para que se le facilite su tarea.

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* Las opiniones expresadas en esta columna son de exclusiva responsabilidad del autor y no constituyen de manera alguna la posición oficial de yoinfluyo.com


 

 

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