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México, Colombia, y el voto pro Familia

El 12 de octubre de este año, el diario español El País publicó en su edición electrónica una nota titulada “El voto evangélico, clave en la victoria del ‘no’ en Colombia”. La nota arguye que una de las estrategias de la derecha representada por el Centro Democrático, partido del ex presidente Álvaro Uribe, fue un acercamiento con los líderes de diversas denominaciones protestantes en Colombia, con quienes ya había tenido coincidencia en el pasado.



De acuerdo a El País, el tema principal que permitió esta unión en contra de los acuerdos de paz (que, a pesar de recibir amplio apoyo internacional, no lograron ser convalidados mediante voto popular en Colombia, lo que generó una retahíla de artículos en contra de los antes muy ensalzados plebiscitos), fue la Familia. Sí, la Familia, es decir, los temas que conciernen a la definición jurídica de las figuras que norman las relaciones familiares, como el matrimonio, la filiación y la patria potestad, así como los límites a los contenidos que el Estado puede introducir en las currículas escolares, sobre todo cuando éstos contravienen el pensamiento de los padres de familia.

El caso de Colombia llama la atención en México porque, más allá de los acuerdos de paz, los temas relacionados con la Familia también se han calentado bastante en nuestro país. Desde la presentación de una serie de medidas por parte del Presidente de la República en favor de una supuesta “inclusión”, hasta las multitudinarias marchas en más de 130 ciudades de México en contra de una injerencia excesiva, cercana al adoctrinamiento, en materia de educación sexual en las escuelas. Marchas que, sumadas, movilizaron a más de millón y medio de personas.

Curiosamente, me enteré de la nota del país por el comentario preocupado que hacía un compañero liberal en su perfil de Facebook. Comentaba: “y en México organizándose y haciendo agenda”. Sin duda, la conformación del Frente Nacional por la Familia y de la Unión Nacional Cristiana por la Familia (organismo abiertamente evangélico), entidades convocantes a las marchas, ponen de manifiesto el descontento de un sector de la población amplio, ignorado durante mucho tiempo, y tradicionalmente poco proclive a la movilización social.

Se trata, efectivamente, de ciudadanos interesados en temas de conciencia, como el matrimonio, los derechos de los niños, de los padres o el derecho a la vida, cuyo comportamiento público (léase político) era más bien invisible de cara a sus ambientes privados: sus iglesias, movimientos, comunidades, escuelas.

Efectivamente, la gran mayoría de los movilizados en México provinieron de estructuras eclesiásticas, tanto evangélicas como católicas, y eso es algo que debería preocuparle más a quienes comparten el sentir de mi compañero, pues pareciera que en México está gestándose una alianza católico-evangélica, o mejor dicho, multiconfesional, para hacer frente a políticas que un amplio sector de la sociedad no ve con buenos ojos.

En realidad, lo que las movilizaciones, tanto en Colombia como en México, han probado, es capacidad de movilización de las estructuras eclesiásticas de diversas denominaciones. En México, esta capacidad, sobre todo de la Iglesia Católica, ha sido fuertemente temida por los gobiernos posteriores a la Revolución y, en temas políticos, no había sido utilizada hace mucho. Tanto que es posible hipotizar que algunos movimientos políticos del gobierno federal previos a las elecciones de este año la tenían por desaparecida o, por lo menos, minimizada.

La gran sorpresa es que ahora, después de resistir numerosos embates de las facciones ultraliberales que han ido ganando espacios políticos a lo largo de los años, esta capacidad movilizadora se ha demostrado firme y revitalizada por dos factores: el primero es un papel mucho menor de la jerarquía (los obispos) y los sacerdotes, quienes sirvieron en muchos casos como canales de convocatoria, pero no como liderazgos, y un papel mucho mayor y más visible de los laicos, lejos de las mordazas constitucionales; y el segundo es la alianza con las diversas iglesias evangélicas (más de 3,000, según la Unión Nacional Cristiana por la Familia), que han colaborado para hacer frente común a los avances de grupos de presión minoritarios fuertemente influyentes sobre la clase política.

Tiene razón mi compañero: en México se ha puesto en movimiento un factor de unidad entre la derecha cristiana (católica y no católica) que ya se ha organizado y movilizado con éxito, y que efectivamente se encuentra ya haciendo, posicionando e impulsando agenda. El reto ahora será lograr lo que se logró en Colombia: convertir esta capacidad de movilización social en una movilización electoral de cara a las elecciones de 2018, con todos los retos y peligros que esto conlleva.

NOTA:

1) http://internacional.elpais.com/internacional/2016/10/12/colombia/1476237985_601462.html, consultado 13 de octubre de 2016, 17:45

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