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Arrojar la primera piedra

La discriminación, el odio, la exclusión, producen un dolor terrible. Pesado para el que lo soporta e inexcusable para el que lo produce. Debo reconocer que mi vida ha sido más bien de privilegio: muy pocas veces lo he sentido, y espero nunca haberlo causado (y si sí, me disculpo también con dolor y vergüenza). 



Sin embargo, no necesito haberlo vivido para conocerlo: a mi alrededor, entre las personas que amo y que quiero, entre familiares y amigos, conocidos, vecinos, y compañeros, he podido palparlo y sentir su amargura. México es un país de contrastes y de contradicciones: en medio de un pueblo amigable y cálido, existe también una sociedad capaz de discriminar y de excluir a muchos de sus miembros por múltiples razones: su color, su posición socioeconómica, su pensamiento, su preferencia u orientación sexual. 

Por los debates recientes, quiero hablar particularmente de las personas LGBTTTI, que sufren constantemente, día con día, la falta de aceptación, de comprensión, vaya, siquiera de simpatía. Actitudes, hay que reconocerlo,  presentes en muchos de quienes menos debieran tenerlas: los creyentes y representantes de las religiones que, como todas las ramas de cristianismo (católicos, evangélicos, pentecostales, etc.) están basadas en el amor. Yo soy católico, y como católico he visto dentro de mi Iglesia tanto escenas y actitudes esperanzadoras y llenas de amor, como condenas, descalificaciones y prejuicios que se alejan de la prédica de la misericordia. Por eso quiero decirle hoy a todas las personas LGBTTTI, conocidas y desconocidas, que entiendo su dolor y me duelo con ellos por la intolerancia y el odio que evidentemente existe. He leído y escuchado sus historias; entre los más cercanos, las he sentido en lo profundo de mi corazón y me parece que no existe justificación alguna para quienes, sin más razón que su desacuerdo con la vida de los otros, los han agredido con la fuerza, con las palabras o con las actitudes. Con insultos, con cuestionamientos invasivos, con desprecio. 

Quiero decirles esto, y también quiero decirle a todas las personas que, como yo, marcharon el sábado 24 de septiembre en la Ciudad de México que, si no empezamos por reconocer y aceptar el dolor que causan la discriminación y el desprecio, y por comprometernos con combatirlos enérgicamente, marchamos inútil y farisaicamente. 

Y sí, marché por la Familia. Marché no sólo porque estoy convencido de que la Familia es un bien social (y un sujeto constitucional de derechos) que debe mantenerse y protegerse, y de que la adopción no es un derecho de los adultos, y de que los padres tienen el derecho inalienable de educar a sus hijos, y los hijos de ser educados por sus padres. Marché, junto con miles de mexicanos, sí, muchos de ellos creyentes, porque tengo el derecho de hacerlo. Porque tengo el derecho –como toda persona– de expresar mis opiniones y de oponerme a cambios legales que vayan en contra de lo que pienso y creo. 

Esta es la razón por la que las marchas del Frente Nacional por la Familia han convocado a tantas personas, porque ni todos los agravios, ni todo el dolor, le dan a nadie el derecho de pasar sobre los derechos de otros. Porque quienes pensamos diferente a los colectivos LGBTTTI no vamos a permitir que se imponga un pensamiento único que anule nuestras creencias, libertades y convicciones. Porque no vamos a permitir que, escudados en el combate a la discriminación, que es una lucha legítima, se pretenda adoctrinar a los niños en las escuelas enseñándoles e imponiéndoles una ideología, la que sea, que en este caso es la de género. Porque no vamos a permitir que, con la pantalla de una educación sexual –necesaria, aunque preferiría una educación para el amor–, se sexualice a los niños desde preescolar, se les enseñe que pueden elegir su sexo, o que la biología no juega un papel el desarrollo de su identidad; o que se les enseñe que el sexo es sólo placer sin consecuencias, y que si las consecuencias son la vida de un nuevo ser humano, este puede ser destruido y desechado.

Tampoco vamos a permitir que los menores que viven en centros o albergues sean vistos como mercancía, como objetos para saciar los anhelos o deseos de personas adultas, o para servir como banderas de ideologías o luchas sociales. Voy a marchar porque pareciera que, de una lucha real y loable por la inclusión y la igualdad legítima, de derechos se ha transformado en una lucha por imponer una visión del mundo y un modo de vida. Porque –en razón de nuestras convicciones distintas, y muchas veces religiosas– quieren sacarnos del debate público y excluirnos de la toma de decisiones. Voy a marchar porque los derechos se ejercen y porque mi opción política es y siempre será con la Familia al centro. 

Y con todo eso, reitero (al menos a mis hermanos cristianos) que debemos entender y sanar el dolor de quienes sufren y han sufrido por nuestro desprecio. ¿Cuántos hemos caído en la trampa de condenar a nuestros hermanos homosexuales? Quizás hemos leído selectivamente la Primera Carta a los Corintios (1 9:13): No se hagan ilusiones: ni los inmorales, ni los idólatras, ni los adúlteros, ni los afeminados, ni los pervertidos, ni los ladrones, ni los avaros, ni los bebedores, ni los difamadores, ni los usurpadores, heredarán el Reino de Dios. Díganme si alguno de nosotros esta libre alguna de esas culpas, para que sea él y nadie más quien arroje la primera piedra.

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* Las opiniones expresadas en esta columna son de exclusiva responsabilidad del autor y no constituyen necesariamente la posición oficial de yoinfluyo.com


 

 

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