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El “Sí” de Helena

Llovía copiosamente en la Ciudad de México. Refugiados bajo el minúsculo toldo de un local comercial, una docena de personas esperábamos el amaine de la lluvia. Ahí estaba ella, no mayor de 30, esbelta, moderna, hablando por teléfono. Era inevitable no escuchar su conversación: “Ya te dije que necesitamos ponernos de acuerdo, no voy a dejar de trabajar sólo porque tú me lo pides”. En su voz se reflejaba el enojo y la desilusión que las palabras de su interlocutor le producían. Después de una pausa, continuó: “Durante años me quemé las pestañas estudiando, preparándome para sacar el título que hoy me califica para estar en el puesto que tengo dentro de la empresa, y tú quieres que tire todo a la borda; no, eso no lo voy a hacer… Ni loca”. Miradas de aprobación se dirigieron hacia ella por parte de la audiencia que la escuchaba, incluso, hubo quien levantando el dedo pulgar de la mano le mostró su empatía.


El papel de la familia


“…No, esa no es la razón correcta -continuó- por lo único que yo dejaría mi trabajo, y de manera temporal ¡Eh!,  sería por la responsabilidad para educar a nuestros hijos. Porque educar a un hijo es un trabajo de tiempo completo y la presencia de la madre es insustituible, lo mismo que la participación del padre. No quiero que los primeros años de mi hijo los pase sin sentirse amado y protegido, ¡y mira que de eso yo sé mucho!, y tú también lo sabes. Los hijos necesitan un modelo, una guía que les ayude a crecer de manera integral, en lo físico y lo espiritual. Y si la madre no está y el padre tampoco, será un gran lío. En eso me queda muy claro que no hay título ni trabajo alguno que justifique el abandono de un hijo a la buena de Dios… Ya ves cómo está de descompuesta la sociedad; no quiero que nuestros hijos se confundan con eso del género, ni que se mezclen con drogas. Quiero que sea un hombre bien, centrado, responsable de su propia familia y un buen tipo para la sociedad, o una mujer, muy mujer, una buena mujer, que sepa lo que quiere. Que estudie, se prepare, y si lo desea, se case, tenga hijos y los eduque como tú y yo lo haremos con ella. Quiero que nuestros hijos sean felices”.

Los involuntarios escuchas, en silencio, movían sus cabezas en signo de aprobación.

“No, no estoy enojada. Sólo quería que quedara claro ese asunto del trabajo y los hijos antes de casarnos ¿Cuántos? No lo sé, dos o tres, ya veremos, a su tiempo, que nos manda Dios, y qué tan responsables nos portamos. Eso sí, abiertos a la vida... Sí, claro que me parece bien, en diciembre nos casamos, cuando recibamos el aguinaldo…”

La lluvia cedió y nos dimos a la tarea de retomar cada quien nuestros caminos. Aunque no pude evitar hablar con ella y preguntarle su nombre. Helena, Helena con h me respondió sonriente.

En una época como la que vivimos y en circunstancias tan adversas para quienes buscan formar una familia, que una joven y exitosa mujer afirme que sólo el amor y la educación de un hijo lograría sacarla de todo lo que profesionalmente ha logrado, es de alabarse. Habla de una mujer con gran autoestima, que sabe lo que vale, que reconoce la importancia que tiene como pilar de la familia y bastión fundamental de la sociedad. Sin duda que tampoco es una decisión fácil de tomar, ni por la que, desafortunadamente, todas las mujeres pueden optar dadas sus circunstancias personales.

Pero lo cierto es que la mujer que libremente decide ser esposa y madre, quedarse en casa a cuidar a los hijos y la familia, no está renunciando al legado histórico que, como mujer, hoy en día, le permite gozar plenamente de los logros sociales obtenidos para su beneficio y crecimiento; tampoco la condena al ostracismo ni la limita en su preparación intelectual y cívica. Al contrario, es una mujer consciente de sus derechos y prerrogativas, que no tiene miedo a ser quien es, para hacer lo que debe hacer. Está poniendo sus talentos y experiencia al servicio de un bien mayor, como es el cuidado y la educación de la familia, obra verdaderamente sublime que empieza en la cuna y abraza toda la vida del hombre.

Para todo hay un tiempo y un lugar. La mayoría de las mujeres que somos esposas y madres podemos combinar nuestras tareas del hogar con nuestra profesión o empleo, de acuerdo con la edad y necesidad de los hijos, independientemente si el esposo tiene o no suficientes ingresos económicos que nos permitan estar tranquilas en este sentido y no estar presionadas de tener que salir de casa a ganar dinero para contribuir en los gastos familiares.

En lo que quiero hacer énfasis, es en la necesidad de valorar y dignificar la decisión de la mujer que quiere “retomar su lugar en el hogar”, de valorar su presencia en el seno familiar. Es verdad que una mujer inteligente, competitiva, puede emprender un negocio, pelear por un puesto directivo y obtener miles de reconocimientos pero, al final del día, es probable que en todas estas áreas de la vida sea sustituible, pero en donde jamás podrá ser sustituida es en su hogar, con sus hijos, en su familia.

Todavía hay quien piensa que la ama de casa es gente ignorante y poco productiva por el hecho que no genera ingresos económicos para aportar a la familia y por consiguiente esta devaluado el trabajo que hace una mujer en su propio hogar. No hay una idea más estúpida que ésta.

Las madres son nada más y nada menos las que educan a los hombres y a las mujeres que forman parte de la base social más importantes de un país y de ellos depende el rumbo que éste tome; son las que inculcan valores y respeto, son las que consiguen a base de mucho trabajo tener a una familia unida, que en estos tiempos tanta falta nos hace. ¿Te parece poco? ¿Qué otra profesión conoces que sea más importante que ésta?

Si tú eres una mujer que sólo se dedica a su hogar y a educar a sus hijos por la razón que sea, no te sientas menos que las demás mujeres que pueden tener un trabajo y hacerse cargo de su familia, cada una tenemos oportunidades diferentes y vamos labrando nuestra vida según nuestras propias prioridades.

Tener una familia unida es la mejor empresa y ser madre es la mejor profesión que una mujer puede tener, así que  levanta la cara y, cuando te pregunten a que te dedicas, responde con orgullo que tienes una gran empresa llamada familia y la profesión más importante del mundo, la de ser madre.

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* Las opiniones expresadas en esta columna son de exclusiva responsabilidad del autor y no constituyen de manera alguna la posición oficial de yoinfluyo.com


 

 

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