Creían los antiguos que así como existe un arte de callar, un arte de amar, un arte de escuchar y un arte de leer, así había también un arte de conversar.
Lo diabólico no consiste en lo que ordinariamente creemos, sino en estar siempre desesperados y descontentos.
Yo también estuve un día en ese hermoso mueble de caoba, hace veinte años y cinco meses y, como los demás, tuve también mi semana de gloria, aunque después fui relegado a un anaquel polvoriento…
Hoy se pide a los relojes que sean silenciosos. Entre menos se escuche el molesto latir de su mecanismo, mejor que mejor.
Existen, pues, dos tipos de cosas: las que dependen de nosotros y las que no dependen de nosotros.
Las cosas, ahora –incluso los grandes dolores-, suelen ser bastante breves.
¿Qué tiene Leonia que la hace tan terrible?
Hay quienes piensan que a la oración hay que ir como se va a una fiesta de gala, es decir, vestidos de etiqueta y maquillados para parecer más bellos de lo que en realidad somos.
Aquel día comprendí con entera claridad que la única manera de no afligirnos unos a otros es hacer responsablemente todas las cosas.
Es necesario ejercitarnos en el arte de bendecir, de bien decir, de decir a los otros cosas buenas.
El amigo siempre sabe la calle para llegar a donde lo esperamos; es el único que no se perdería aunque tuviera que ir a buscarnos al corazón de un laberinto.
Este año ha sido malo, dice el periódico, porque de los tantos y tantos empleos que era necesario crear, sólo pudimos generar tantos y tantos, que son insuficientes.
No es posible seguir viviendo como vivimos, es decir, tan distanciados los unos de los otros, tan encerrados en nuestros propios dominios y tan atormentados por nuestros propios demonios.