Es necesario ejercitarnos en el arte de bendecir, de bien decir, de decir a los otros cosas buenas.
El amigo siempre sabe la calle para llegar a donde lo esperamos; es el único que no se perdería aunque tuviera que ir a buscarnos al corazón de un laberinto.
Este año ha sido malo, dice el periódico, porque de los tantos y tantos empleos que era necesario crear, sólo pudimos generar tantos y tantos, que son insuficientes.
No es posible seguir viviendo como vivimos, es decir, tan distanciados los unos de los otros, tan encerrados en nuestros propios dominios y tan atormentados por nuestros propios demonios.
La nuestra es una época de vuelta atrás, de regreso a una manera de ser arcaica que se creía superada, pero que, más o menos continúa permeando los imaginarios y la conducta colectiva.
Decía Epicteto, el sabio estoico, que sólo existen dos tipos de cosas: las que dependen de nosotros y las que no dependen de nosotros.
La Iglesia necesita hombres jubilosos, alegres y de corazón fuerte que caigan en la cuenta de que, a pesar de lo desesperada que pueda ser la situación, nunca se la debe permitir que se ponga seria; y aunque puedan extinguirse las luces, siempre hay esperanza de que vuelvan a encenderse.
En la era de los niños a la carta será muy difícil, si no es que hasta imposible, practicar eso que Romano Guardini llamó en uno de sus libros la aceptación de sí mismo.