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El mensaje presidencial

Desde terminado su primer año, el presidente Peña ha concitado solamente consensos en su contra. El proceso electoral que vivimos en estos meses está marcado por la baja calificación y estima que le merece a los mexicanos su ejercicio de gobierno. Podemos decir que el resultado para los ciudadanos ha sido fatal en casi todos los ámbitos. Para colmo le tocó lo que no le había tocado a ningún presidente: un demente furioso y acomplejado en la presidencia de Estados Unidos que detesta a nuestro país.



La llegada de Trump ha sido motivo justificado de reacciones de temor social. Despertar con un loco criminal gobernando el país vecino que, una y otra vez, durante más de un año nos dedica pronunciamientos de odio, nos iguala con lo que han de sentir los habitantes de Corea del Sur. La estrategia del gobierno mexicano con Trump ha sido fallida, pero no parece sencillo tener algo medianamente sensato con el gorila naranja. Salvo la imperdonable imprudencia de invitarlo cuando fue candidato, en lo demás no sé si otro gobierno hubiera acertado en sus movimientos. El presidente norteamericano es impredecible, un hombre colérico y caprichoso que impide los movimientos mínimamente razonables de una estrategia diplomática. Tener problemas con el vecino que es la mayor potencia del mundo debe de ser muy retador, sí, pero no hay manera de medir los desafíos de este señor. No se sabe si hay que cambiar de estrategia cada semana. La desesperación en el gobierno deber ser recurrente en la relación bilateral.

El mensaje del día de ayer del presidente Peña respecto de la situación con el gobierno de Estados Unidos ha sido un gran motivo de satisfacción. Peña encontró el tono al nacionalismo sin hacerlo caer en un reclamo majadero; encontró la manera de decirle a su homólogo que mezcla lo interno con la relación bilateral; para no arrogarse la unidad y que no se diga que jala agua para su molino y el de su candidato, citó a cada uno de los candidatos presidenciales. Algo inédito, acorde a la situación. Y habló también con claridad del orgullo y la dignidad nacional. El presidente dejó claro que lo sucedido afecta la relación bilateral, que los esfuerzos de su gobierno a pesar de haber sido constantes en todos los ámbitos de la relación, no han sido considerados y que la actitud constructiva del gobierno mexicano ha tenido como resultado “actitudes amenazantes” y “faltas de respeto”.

Sin duda es el mejor discurso de Peña Nieto. Dijo lo que los mexicanos necesitábamos oír y lo dijo muy bien. Pero más allá de que sea su mejor pieza, es sin duda el de origen y consecuencias más complejas. Es un discurso digno y valiente que a cualquiera le hubiera gustado decir, pero que nadie hubiera querido vivir el acorralamiento impuesto por la mayor potencia del mundo y entonces tener que pronunciarlo.

La unidad general fue el resultado del mensaje. Hay que decirlo: el presidente Peña estuvo a la altura del que quizás es el reto más difícil en la relación con el gobierno de Estados Unidos en las últimas décadas. Debe darnos gusto.

 

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